25 de enero de 2006

Regalo de cumpleaños (1)





Era casi la una de la tarde y todavía no había tenido tiempo de tomarme un descanso. Estaba teniendo un día de lo más ajetreado, y no me encontraba de muy buen humor cuando sonó el teléfono.
-Dígame.
-Feliz cumpleaños.
-Vaya, veo que te has acordado.
-También me he acordado de que esta tarde trabajas, ¿no?
-Sí, hoy me toca, qué remedio...
-¿Te gustaría que nos viéramos a la hora de comer?
-¿Para comer juntos?
-No, he reservado una habitación en el hotel...
Y me dio el nombre de un hotel céntrico, no lejos de mi trabajo. Me sorprendió la idea, no era algo que hiciéramos a menudo, y menos así sin planearlo, pero me pareció un buen regalo de cumpleaños un rato inesperado con mi amante...
A la hora convenida me dirigí al hotel. El recepcionista me miró socarrón mientras esperaba el ascensor: supongo que a todos los que nos permitimos de vez en cuando pasar un rato juntos a escondidas nos parece que llevamos escrito en la frente lo que vamos a hacer o lo que ya hemos hecho. Mientras subía en el ascensor me repasé mentalmente, sonreí porque ese día se me hubiera ocurrido ponerme falda. Aún no hacía frío y no llevaba medias, y por arriba sólo una camiseta fina. Cuantos menos estorbos mejor, cuando no sobra el tiempo...
Llegué al piso y busqué la habitación. Llamé a la puerta, me abrió mi amante. Cogiéndome de la mano me condujo dentro de la habitación.
-Me alegro de que lleves falda.
-Lo sé.
-Ven, siéntate.
Y me hizo sentarme en un sillón que había junto a la cama. Me quitó los zapatos y con las manos, suavemente, me hizo abrir las piernas. Me recosté en el respaldo esperando que siguiera, pero se levantó y apagó la luz.
-¿Qué haces?
-Espera, no te muevas.
La habitación era la típica de los hoteles medios, no muy grande. Las cortinas estaban corridas, no llegaba casi nada del ruido de la calle. Suponiendo que de lo que se trataba era de que no viera nada, cerré los ojos. Al poco noté de nuevo unas manos en mis piernas. Después el calor de un aliento entre ellas. Pero no era mi amante. No olía igual, se movía más suavemente. No quise abrir los ojos. Las manos llegaron hasta mis caderas, subiendo la falda, y me quitaron las bragas.


Imagen: Gabriele Rigon

1 comentario:

Principe de la Lujuria dijo...

Un bello regalo de cumpleaños.... Gran descubrimiento el de tu blog...

Besos Húmedos