26 de febrero de 2006

Soñar


sta noche he soñado contigo.
Pero no sabía que soñaba, era tan real, sentía sobre mi cuerpo tu aliento...
Subías con tu boca por mi vientre
buscando mis pechos, y ellos te respondían endureciéndose,
creciendo mientras los vestías de saliva...
bajando después otra vez, buscando el vértice,
ese monte que mantengo suave para ti...
hacia las puertas del placer, volviéndome loca con tus labios,
haciéndome morir de pura vida
y derramándote después sobre mi cuerpo...
te he soñado, sí... ¿y tú, con qué soñabas?


Imagen: Luis Royo

23 de febrero de 2006

Hablemos de libros



Foto: Man Ray


ue no todo va a ser sexo, salidillos. Concretamente de los libros de una de las pioneras en lo que se podría llamar literatura feminista, y a la que le debo mi segunda identidad: Anais Nin. Aviso, el post es largo.

Compré mi primer libro de la Nin cuando yo era una adolescente, creo que porque me gustó su nombre (ahí, con un par) y, bueno, también porque era un libro de relatos eróticos, concretamente Delta de Venus. Más adelante hablaremos de él. Anais Nin nació en París en 1903 y vivió sucesivamente en Cuba (de donde era originario su padre), Barcelona, Nueva York, París y otra vez Nueva York, falleciendo en Los Angeles en 1977. Sin duda, su obra más conocida es su Diario, más de 35.000 páginas escritas a lo largo de toda una vida, publicado a partir de 1966 aunque expurgado de buena parte de su contenido erótico en atención al esposo de Anais, tras cuya muerte se comenzaron a publicar las partes censuradas en tres libros: Henry y June, Incesto y Fuego. Era una escritora compulsiva; no me cabe ninguna duda de que, de vivir hoy, Anais tendría un blog.

El otro hito en la vida de Anais que la ha hecho conocida es su relación amorosa y literaria con el famosísimo autor de Trópico de Cáncer, Henry Miller, (véase a la derecha; por cierto, me recuerda mucho al actor del anuncio de la Lotería de Navidad). Ambos se conocieron en 1931 en París, cuando Miller había ido a Europa dispuesto a vivir de la literatura, al principio bastante mal, todo hay que decirlo. En 1932 iniciaron una apasionada relación, que se convirtió en un triángulo al aparecer en escena la esposa de Henry, June. Este es el argumento principal de Henry y June, paralelamente al progresivo descubrimiento del erotismo por parte de una Anais criada en un ambiente típicamente represivo, buen ejemplo de lo cual es este pasaje, que narra una visita a
un prostíbulo junto con su esposo:

"Hugo y yo las contemplamos y nos reímos de sus ocurrencias. No aprendemos nada nuevo. Todo resulta irreal, hasta que les pido que hagan posturas lesbianas.

A la pequeña le encanta, lo prefiere al contacto heterosexual. La corpulenta me revela un secreto lugar del cuerpo de la mujer, una fuente de nuevo placer, que en alguna ocasión había sentido pero nunca de forma definida, el puntito en la abertura de los labios de la mujer, justo lo que el hombre pasa por alto. Allí la más grandota trabaja con la lengua. La pequeña cierra los ojos, gime y tiembla de éxtasis."


No olvidemos que Anais ya tiene en estos momentos veintinueve años.

Tiempo después, ambos escritores regresaron a Norteamérica. Allí, durante una época de especial penuria económica, se dedicaron, junto con otros escritores amigos suyos, a escribir literatura erótica a un dólar la página, por encargo de un coleccionista. De ahí surgieron, en el caso de Anais, los libros Delta de Venus y Pájaros de Fuego; Miller escribió una serie de relatos agrupados posteriormente en el libro Opus Pistorum. La comparación entre ambos no puede ser más significativa: la escritura de Anais es poética y surrealista; la de Miller, directa y casi pornográfica. Es conocida la carta que Anais le escribió al coleccionista, el cual les pedía textos directamente sexuales, sin florituras poéticas; dicha carta es un perfecto resumen, a mi juicio, de cómo entienden el erotismo, en general, las escritoras.

Para terminar, transcribo un pasaje de Henry y June que, curiosamente, no es de Anais sino parte de una carta que le escribió Henry Miller al principio de su relación. Una buena muestra de cómo ser tierno y crudo al mismo tiempo.

«Lo único que puedo decir es que estoy loco por ti. He tratado de escribir una carta y no he podido. Espero con impaciencia el momento de verte. El martes está muy lejos. Y no sólo el martes, ¿cuándo te quedarás a pasar la noche?, ¿cuándo podré tenerte durante un período largo de tiempo? Para mí es un tormento verte tan sólo unas horas y luego entregarte. Cuando te veo, todo cuanto quiero decir se desvanece. El tiempo es precioso y las palabras contingentes. Pero tú me haces feliz porque puedo hablarte. Me gusta tu luminosidad, tus preparativos para el vuelo, tus piernas poderosas, el calor que guardas entre ellas. Sí, Anaïs, quiero desenmascararte. Soy demasiado galante contigo. Quisiera mirarte larga y ardientemente, levantarte el vestido, hacerte mimos, examinarte. ¿Sabes que apenas te he mirado? Estás rodeada aún de una aureola demasiado sagrada. No sé cómo decirte lo que siento. Vivo en una perpetua esperanza. Llegas y el tiempo se esfuma como un sueño. Hasta que te has marchado no me doy perfecta cuenta de tu presencia. Y entonces es demasiado tarde. Me aturdes. Intento imaginarme tu vida en Louveciennes y no puedo. ¿Tu libro? También eso me parece irreal. Sólo cuando vienes y te miro, la imagen se hace clara. Pero te marchas tan de prisa que no sé qué pensar. (...) Me gustan las mujeres, o la vida, demasiado... No sé cuál de las dos cosas. Pero ríe, Anaïs. Me encantaría oírte reír. Eres la única mujer que tiene un sentido de la alegría, una sabia tolerancia; no, es más, parece que me instas a que te traicione. Por eso te amo. Y ¿qué es lo que te lleva a hacer eso, el amor? Es hermoso amar y ser libre al mismo tiempo.

»No sé lo que espero de ti, pero es algo parecido a un milagro. Te voy a exigir todo, hasta lo imposible, porque me animas a ello. Eres realmente fuerte. Me gusta incluso tu engaño, tu traición. Me parece aristocrático. (¿Suena inapropiada la palabra aristocrático en mi boca?)

»Sí, Anaïs, pensaba en cómo traicionarte, mas no puedo. Te deseo. Quiero desnudarte, vulgarizarte un poco... no sé, ay, lo que me digo. Estoy un poco bebido porque tú no te encuentras aquí. Me gustaría dar una palmada y voilá, ¡Anaïs! Quiero que seas mía, usarte, follarte, enseñarte cosas. No, no siento aprecio por ti, ¡no lo permita Dios! Tal vez quiera hasta humillarte un poco, ¿por qué? ¿por qué? ¿Por qué no me arrodillo ante ti y te adoro? No puedo, te amo alegremente. ¿Te gusta eso? Y querida Anaïs, soy tantas cosas. Ves solamente las cosas buenas ahora, o al menos eso es lo que me haces creer. Quiero tenerte al menos un día entero conmigo. Quiero ir a sitios contigo, poseerte. No sabes lo insaciable que soy, ni lo miserable. Además de egoísta.

»Me he portado bien contigo. Pero te advierto, no soy ningún ángel. Pienso principalmente que estoy un poco borracho. Me voy a la cama; resulta demasiado doloroso permanecer despierto. Soy insaciable. Te pediré que hagas lo imposible. No sé lo qué es. Probablemente tú me lo dirás. Eres más rápida que yo. Me encanta tu coño, Anaïs, me vuelve loco. Y tu manera de pronunciar mi nombre. ¡Dios mío, parece irreal! Escucha, estoy muy ebrio. No soporto estar aquí solo. Te necesito. ¿Puedo decírtelo todo? Puedo, ¿verdad? Ven en seguida y fóllame. Descarga conmigo. Rodéame con las piernas. Caliéntame.»

21 de febrero de 2006

Dime lo que quieres...

20 de febrero de 2006

Morbo



í, soy una morbosa, qué le vamos a hacer. Pero, veamos un momento. ¿Qué es el morbo? Según la RAE, el morbo tiene las siguientes definiciones: "1. Enfermedad. 2. Interés malsano por personas o cosas. 3. Atracción hacia acontecimientos desagradables. " La enfermedad la descartamos, yo estoy sanísima. La atracción hacia acontecimientos desagradables, como les pasa a los que cuando se cruzan con un accidente con muertos en la carretera no pueden apartar la vista, es común, pero no me parece que tenga nada que ver con el sexo.
Nos queda el interés malsano. ¿Y qué es malsano? Nuevamente la RAE nos auxilia diciéndonos que es algo "1. Dañoso a la salud. 2. Moralmente dañoso". Ah, ahí quería yo llegar. El morboso es el que se interesa por cosas que moralmente no están bien. Se podría decir, pecaminosas. Y aquí el campo se amplía todo lo que el observador quiera. Porque a alguien muy reprimido le puede parecer morboso notar un inocente pezón bajo la tela de un bañador en la playa; pero igualmente, a alguien muy desinhibido ese mismo pezón le parecería lo más natural del mundo (y seguramente aún le parecería más natural si no llevara el bañador encima).
La definición de morboso, pues, creo que está muy relacionada con el concepto de los tabúes. Para unos los tabúes cubren un amplio espectro (sobre todo de la sexualidad, claro está), para otros casi no existen. Si buscamos información en Internet, enseguida nos aparecerá un amplio repertorio de páginas repletas de sangre y filias varias. Pero mi concepto es más sencillo: me da morbo todo eso que haría escandalizar a mis vecinos si lo supieran de mí.
Porque tengo un amante y me gusta tenerlo. Porque disfruto practicando sexo donde no se debe, incluidos lugares religiosos. Porque me encanta utilizar la oficina de mi jefe para hacer gorrinadas, solitarias o compartidas (aunque no con mi jefe). Porque sé que dar el pecho a una criatura es una experiencia de lo más erótica. Porque me gusta imaginar lo que tienen bajo el pantalón los hombres que me atraen. Porque disfruto leyendo historias de sado, de incesto, de tantas otras cosas aunque nada de todo eso me excite en la vida real y seguramente no lo practique nunca. Porque no descarto formar parte de un trío, porque, porque soy una morbosa... ¿Y qué?
Imagen: Lars Ihring

19 de febrero de 2006

Deseo



na voz en mi oído,
tu aliento en mi pelo.
Cualquier cosa basta para encender el deseo.
Me envuelven sus oleadas,
me invaden mente y cuerpo.
Por un instante no hay más
que mis manos en tu sexo.
Pero yo estaba sola
cuando me llevaste al cielo.

17 de febrero de 2006

Amor propio



uizá una de las primeras actividades eróticas con las que el ser humano se encuentra en la vida es ésta. Sí, lo habéis adivinado gracias a mi finísima metáfora: me refiero a la masturbación. Eso mismo que ninguna mujer reconoce que hace. Bueno, tampoco es plan de ir contándolo en el autobús. Pero el goce solitario tiene un cierto aire de actividad secundaria que se practica cuando no se tiene nada mejor a mano (a mano, qué ingeniosa soy, Dios mío).
En cambio, hay que reivindicarlo como una parte igualmente placentera que el sexo compartido en una relación a dos bandas. Y también se puede compartir, por qué no. Ver a un hombre delante de mí y al alcance de mis manos, pero concentrado en darse placer, como sólo él sabe hacerlo por bien que lo haga yo, resulta de lo más excitante. Y a la inversa me gustaría que los hombres lo vieran de la misma forma, pero a la mayoría parece resultarles casi ofensivo: "¿Para qué me tienes aquí a mí?" "¿Es que no te basta conmigo?". Como si una cosa quitara la otra... quizá después yo tenga más ganas que antes...
En cuanto a la técnica, pues no será por ayuda, sinceramente. "Darle al manubrio" o "hacerse un dedito" revelan poca imaginación, como mínimo. Cualquier visita a un sex shop o la lectura de un libro, incluso páginas web, al respecto nos revelarán trucos que ni se nos habían pasado por la cabeza. Por no hablar de todos los lugares donde puede practicarse: el más raro, en mi caso, ha sido en mi coche... yo conduciendo, por autovía, a 120 por hora. El sexo arriesgado no es sólo hacerlo sin condón, está claro.
Aunque, juguetes y técnicas aparte, lo habitual es acudir a los propios dedos para este menester. Incluso así puede hacerse de muchas formas. Cambiando de mano, de posición, etcétera. Mi favorita, no se me pregunte por qué, es boca abajo. Sí, con el brazo bajo el cuerpo. Y, si la temperatura lo permite, completamente desnuda sobre una cama... a ser posible de matrimonio, y sola. La compañía puede venir luego...
Imagen: Ana Simonja

16 de febrero de 2006

Mira...


...cómo me tienes...


Imagen: Frank Bodenschatz

14 de febrero de 2006

Haciendo ejercicio



Con la primavera a la vista y los turrones de la navidad todavía aposentados en las caderas, parece que el primer mes del año resulta propicio para apuntarse a un gimnasio. Yo lo he hecho varias veces en mi vida, pero raramente consigo asistir más de unos pocos meses. Me aburre soberanamente, qué le vamos a hacer. Los gimnasios en sí oscilan entre una especie de sala de aparatos de tortura y un lugar para aprender a mejorar tu desempeño erótico (perdón, quería decir aeróbico).
Sin embargo, también resultan propicios para la observación morbosa. De acuerdo, no en todos se pueden encontrar ejemplares como el reproducido arriba. Pero sí suelen abundar en tipos cubiertos de sudor, vestidos sus pectorales malamente por la camiseta más escotada que encuentran y lanzando eróticos gemidos cada vez que levantan una mancuerna. No estaría mal hacer alguna vez como que me equivoco de vestuario y meterme en el de hombres, seguro que andan todos por ahí en bolas comparando su tamaño con el del vecino, así como el que no quiere la cosa.
A la inversa, supongo que a los chicos les pone pensar en esa especie de harén despendolado que debe ser un vestuario femenino. Un montón de mujeres envueltas en el vaho de las duchas paseándose como su mamá las trajo, todas delgadas, fibrosas, sin celulitis.
Pues no, qué se le va a hacer. En general es mucho más prosaico. Sin embargo, una, que tiene las hormonas un tanto desatadas, no puede evitar que se le vaya la vista a los cuerpos ajenos. Más de una vez me he puesto a imaginar que me quedo sola en el vestuario, a punto de ducharme, y en eso entra tranquilamente una jovenzuela de las que no necesitan liposucciones ni sujetador y se pone a desvestirse, toda sudada, y resulta que está toda depilada y lleva un tatuaje sobre la nalga derecha. Demasiado para mí.
Por supuesto, en mi fantasía, la muchacha me sigue a las duchas y se mete en la misma en la que yo había entrado.
-Huy, perdón, no te había visto.
-Es igual, cabemos las dos.
-Bueno, pues deja que te ayude a enjabonarte.
Y quién no se dejaría enjabonar por semejante auxiliar, de modo que la moza se aprovecha de que estoy inmovilizada contra los azulejos para frotarme la espalda, el culo, las piernas, y volver a subir para darme la vuelta y seguir hacia arriba mientras aprovecha para darme mordisquitos en un pezón como la que no quiere la cosa.
-¿Ahora te ayudo yo?
-Deja, es igual, ya me las apaño.
Y dicho y hecho, en vez de enjabonarse se refriega por todo mi cuerpo, y cada vez estamos las dos más espumosas y resbaladizas... aunque no sólo de jabón...
... y en eso entran las alumnas de la clase de natación para niños...
... es lo malo de las fantasías, no resisten bien los ambientes ruidosos.
Y para que nadie se sienta discriminado, también hoy hay chica. Que disfrutéis, incluso en el gimnasio.

Imagen: Byron P. McCartney

13 de febrero de 2006

Sabores



ruébame, muerde, recorre,
pellizca, lame, acaricia,
chupa, manosea, encuéntrame,
saboréame,
no te dejes nada, cómeme toda.

12 de febrero de 2006

Te espero

e estoy esperando, ya desnuda en la cama...
Me he apoyado en la cabecera, estoy sentada, viendo cómo te mueves por la habitación. Me sonríes y vienes hacia la cama.
Pones tus manos en mis piernas y me las separas, muy despacio... ¿qué has pensado hoy para mí?
Ahora acercas tu cabeza a mi regazo... quieres excitarme con tu lentitud, pero yo ya estoy excitada, las sábanas debajo de mi cuerpo ya están mojadas...
Ven, ven hacia mí, no dejes que siga esperando...
Imagen: Angela Blank

10 de febrero de 2006

A veces...

... me puede la lujuria...

¿Nos dejamos llevar?


Imagen: Bernd Mayr

7 de febrero de 2006

Inventario de lugares propicios al amor


demás de ser un conocido poema de Ángel González, el título del post de hoy recuerda una de las grandes preocupaciones de las parejas ilícitas. Y es que cuando uno piensa en infidelidades parece que lo primero que viene a la cabeza es un señor madurito, bien situado, que aprovecha sus continuos viajes de trabajo para montárselo con una jovencita escultural que vive en un apartamento con jacuzzi. Pues no: en el mundo de las parejas clandestinas también hay lugar para dependientes del Corte Inglés, pongo por caso, y para mujeres de mediana edad que asisten a reuniones de la Asociación de Padres. Sí, también hay mujeres infieles. De verdad.
Y claro, para ese tipo de amantes el SITIO, así en mayúsculas, es una parte inseparable de su relación. Para una pareja normal, cambiar de lugar es un incentivo para salir del aburrimiento. Lo sabe cualquiera que lea el Cosmopolitan. Para los amantes es una necesidad, no siempre fácil de satisfacer. Sin profundizar demasiado, se podría hacer una lista como ésta:
- Los hoteles. Seguramente son lo primero que a uno se le ocurre. Suelen ser discretos y cómodos y siempre tienen lo que hace falta: una cama y u
n cuarto de baño. Además si te encuentras a algún conocido por el pasillo lo más seguro es que vaya a lo mismo que tú. Incluso hay hoteles especiales para estos casos. Inconvenientes: se miden en euros.
- La propia casa. Probablemente lo más cómodo. Lo malo es que suele haber niños, esposas, cuñados o todo eso pululando por allí. Y si no están, hay que tener cuidado si vuelven. El "cariño, esto no es lo que parece" no suele servir de mucho cuando te pillan en posición horizontal debajo de un representante del sexo opuesto (o del mismo... no hay que discriminar).
- El coche. Quién no ha experimentado sus primeros orgasmos en uno... Pero curiosamente, aunque con los años uno suele comprarse un coche más cómodo, dan menos ganas de usarlo para desahogos. En fin, los sitios oscuros y discretos siempre están bien para una urgencia. Cuidado con los agentes del orden, eso sí.
- El lugar de trabajo. Difícil. Es una buena opción sólo si
se dispone de llave y se está seguro de que no va a aparecer el jefe de repente. Si es un sitio con vista desde la calle quizá sólo se puedan usar los servicios. Es sorprendente lo que se puede hacer en un baño con un poco de imaginación.
- Los sitios públicos. Arriesgados, pero dan mucho morbo. Normalmente se puede hacer poco más que darse un magreo... pero qué bien sabe. Una falda amplia sin nada debajo puede dar mucho juego...
¿Se os ocurren más? Se admiten sugerencias.


3 de febrero de 2006

Razones

A menudo me he preguntado a lo largo de estos diez años qué es lo que me lleva a mantener una relación imposible.
Y no se me ocurren más que razones para no mantenerla.
Porque no me gusta saber que hago daño.
Porque no quiero estar pendiente de llamadas que a lo mejor no llegan.
Porque hay palabras que no pueden pronunciarse y que me queman por dentro.
Y sin embargo, cada vez que pones tu cabeza sobre mi pecho,
o que estrechas mi cintura con tus manos,
me acuerdo de por qué empezó todo esto.
Y se vienen abajo las razones y todo lo de ahí fuera.


Imagen: Ana Simonja

2 de febrero de 2006

Soledad




EN LA DOLIENTE SOLEDAD DEL DOMINGO...

Aquí estoy,
desnuda,
sobre las sábanas solitarias
de esta cama donde te deseo.
Veo mi cuerpo,
liso y rosado en el espejo,
mi cuerpo
que fue ávido territorio de tus besos;
este cuerpo lleno de recuerdos
de tu desbordada pasión
sobre el que peleaste sudorosas batallas
en largas noches de quejidos y risas
y ruidos de mis cuevas interiores.
Veo mis pechos
que acomodabas sonriendo
en la palma de tu mano,
que apretabas como pájaros pequeños
en tus jaulas de cinco barrotes,
mientras una flor se me encendía
y paraba su dura corola
contra tu carne dulce.
Veo mis piernas,
largas y lentas conocedoras de tus caricias,
que giraban rápidas y nerviosas sobre sus goznes
para abrirte el sendero de la perdición
hacia mi mismo centro,
y la suave vegetación del monte
donde urdiste sordos combates
coronados de gozo,
anunciados por descargas de fusilerías
y truenos primitivos.
Me veo y no me estoy viendo,
es un espejo de vos el que se extiende doliente
sobre esta soledad de domingo,
un espejo rosado,
un molde hueco buscando su otro hemisferio.
Llueve copiosamente
sobre mi cara
y sólo pienso en tu lejano amor
mientras cobijo
con todas mis fuerzas,
la esperanza.

Gioconda Belli


Imagen: Ana Simonja