23 de febrero de 2006

Hablemos de libros



Foto: Man Ray


ue no todo va a ser sexo, salidillos. Concretamente de los libros de una de las pioneras en lo que se podría llamar literatura feminista, y a la que le debo mi segunda identidad: Anais Nin. Aviso, el post es largo.

Compré mi primer libro de la Nin cuando yo era una adolescente, creo que porque me gustó su nombre (ahí, con un par) y, bueno, también porque era un libro de relatos eróticos, concretamente Delta de Venus. Más adelante hablaremos de él. Anais Nin nació en París en 1903 y vivió sucesivamente en Cuba (de donde era originario su padre), Barcelona, Nueva York, París y otra vez Nueva York, falleciendo en Los Angeles en 1977. Sin duda, su obra más conocida es su Diario, más de 35.000 páginas escritas a lo largo de toda una vida, publicado a partir de 1966 aunque expurgado de buena parte de su contenido erótico en atención al esposo de Anais, tras cuya muerte se comenzaron a publicar las partes censuradas en tres libros: Henry y June, Incesto y Fuego. Era una escritora compulsiva; no me cabe ninguna duda de que, de vivir hoy, Anais tendría un blog.

El otro hito en la vida de Anais que la ha hecho conocida es su relación amorosa y literaria con el famosísimo autor de Trópico de Cáncer, Henry Miller, (véase a la derecha; por cierto, me recuerda mucho al actor del anuncio de la Lotería de Navidad). Ambos se conocieron en 1931 en París, cuando Miller había ido a Europa dispuesto a vivir de la literatura, al principio bastante mal, todo hay que decirlo. En 1932 iniciaron una apasionada relación, que se convirtió en un triángulo al aparecer en escena la esposa de Henry, June. Este es el argumento principal de Henry y June, paralelamente al progresivo descubrimiento del erotismo por parte de una Anais criada en un ambiente típicamente represivo, buen ejemplo de lo cual es este pasaje, que narra una visita a
un prostíbulo junto con su esposo:

"Hugo y yo las contemplamos y nos reímos de sus ocurrencias. No aprendemos nada nuevo. Todo resulta irreal, hasta que les pido que hagan posturas lesbianas.

A la pequeña le encanta, lo prefiere al contacto heterosexual. La corpulenta me revela un secreto lugar del cuerpo de la mujer, una fuente de nuevo placer, que en alguna ocasión había sentido pero nunca de forma definida, el puntito en la abertura de los labios de la mujer, justo lo que el hombre pasa por alto. Allí la más grandota trabaja con la lengua. La pequeña cierra los ojos, gime y tiembla de éxtasis."


No olvidemos que Anais ya tiene en estos momentos veintinueve años.

Tiempo después, ambos escritores regresaron a Norteamérica. Allí, durante una época de especial penuria económica, se dedicaron, junto con otros escritores amigos suyos, a escribir literatura erótica a un dólar la página, por encargo de un coleccionista. De ahí surgieron, en el caso de Anais, los libros Delta de Venus y Pájaros de Fuego; Miller escribió una serie de relatos agrupados posteriormente en el libro Opus Pistorum. La comparación entre ambos no puede ser más significativa: la escritura de Anais es poética y surrealista; la de Miller, directa y casi pornográfica. Es conocida la carta que Anais le escribió al coleccionista, el cual les pedía textos directamente sexuales, sin florituras poéticas; dicha carta es un perfecto resumen, a mi juicio, de cómo entienden el erotismo, en general, las escritoras.

Para terminar, transcribo un pasaje de Henry y June que, curiosamente, no es de Anais sino parte de una carta que le escribió Henry Miller al principio de su relación. Una buena muestra de cómo ser tierno y crudo al mismo tiempo.

«Lo único que puedo decir es que estoy loco por ti. He tratado de escribir una carta y no he podido. Espero con impaciencia el momento de verte. El martes está muy lejos. Y no sólo el martes, ¿cuándo te quedarás a pasar la noche?, ¿cuándo podré tenerte durante un período largo de tiempo? Para mí es un tormento verte tan sólo unas horas y luego entregarte. Cuando te veo, todo cuanto quiero decir se desvanece. El tiempo es precioso y las palabras contingentes. Pero tú me haces feliz porque puedo hablarte. Me gusta tu luminosidad, tus preparativos para el vuelo, tus piernas poderosas, el calor que guardas entre ellas. Sí, Anaïs, quiero desenmascararte. Soy demasiado galante contigo. Quisiera mirarte larga y ardientemente, levantarte el vestido, hacerte mimos, examinarte. ¿Sabes que apenas te he mirado? Estás rodeada aún de una aureola demasiado sagrada. No sé cómo decirte lo que siento. Vivo en una perpetua esperanza. Llegas y el tiempo se esfuma como un sueño. Hasta que te has marchado no me doy perfecta cuenta de tu presencia. Y entonces es demasiado tarde. Me aturdes. Intento imaginarme tu vida en Louveciennes y no puedo. ¿Tu libro? También eso me parece irreal. Sólo cuando vienes y te miro, la imagen se hace clara. Pero te marchas tan de prisa que no sé qué pensar. (...) Me gustan las mujeres, o la vida, demasiado... No sé cuál de las dos cosas. Pero ríe, Anaïs. Me encantaría oírte reír. Eres la única mujer que tiene un sentido de la alegría, una sabia tolerancia; no, es más, parece que me instas a que te traicione. Por eso te amo. Y ¿qué es lo que te lleva a hacer eso, el amor? Es hermoso amar y ser libre al mismo tiempo.

»No sé lo que espero de ti, pero es algo parecido a un milagro. Te voy a exigir todo, hasta lo imposible, porque me animas a ello. Eres realmente fuerte. Me gusta incluso tu engaño, tu traición. Me parece aristocrático. (¿Suena inapropiada la palabra aristocrático en mi boca?)

»Sí, Anaïs, pensaba en cómo traicionarte, mas no puedo. Te deseo. Quiero desnudarte, vulgarizarte un poco... no sé, ay, lo que me digo. Estoy un poco bebido porque tú no te encuentras aquí. Me gustaría dar una palmada y voilá, ¡Anaïs! Quiero que seas mía, usarte, follarte, enseñarte cosas. No, no siento aprecio por ti, ¡no lo permita Dios! Tal vez quiera hasta humillarte un poco, ¿por qué? ¿por qué? ¿Por qué no me arrodillo ante ti y te adoro? No puedo, te amo alegremente. ¿Te gusta eso? Y querida Anaïs, soy tantas cosas. Ves solamente las cosas buenas ahora, o al menos eso es lo que me haces creer. Quiero tenerte al menos un día entero conmigo. Quiero ir a sitios contigo, poseerte. No sabes lo insaciable que soy, ni lo miserable. Además de egoísta.

»Me he portado bien contigo. Pero te advierto, no soy ningún ángel. Pienso principalmente que estoy un poco borracho. Me voy a la cama; resulta demasiado doloroso permanecer despierto. Soy insaciable. Te pediré que hagas lo imposible. No sé lo qué es. Probablemente tú me lo dirás. Eres más rápida que yo. Me encanta tu coño, Anaïs, me vuelve loco. Y tu manera de pronunciar mi nombre. ¡Dios mío, parece irreal! Escucha, estoy muy ebrio. No soporto estar aquí solo. Te necesito. ¿Puedo decírtelo todo? Puedo, ¿verdad? Ven en seguida y fóllame. Descarga conmigo. Rodéame con las piernas. Caliéntame.»

5 comentarios:

galilea dijo...

Uuuummmm como me ha gustado tu post, que interesante la historia y que bonita la carta final.

Me he enganchado a tu blog.

Un besito.

Humbert dijo...

he leido a miller, y ahora leeré en cuanto pueda a anais. disfruto con la literatura y ningún post sobre ella se me hará largo. te sigo.

un placer

Anaïs dijo...

Gali: gracias, lo mismo te digo.
Humbert, me alegro, porque habrá más libros...
Besos

El Lehendakari dijo...

Conozco a Anais Nin principalmente por sus Diarios, aunque he de decir que no los he leído. Creo que he entrado a tu blog simplemente por tu nombre ya que resulta inquietante la historia de Anais; me refiero al pasaje de sus Diarios donde relata la relación sexual con su padre. Imagino que su obra tiene otras muchas cosas interesantes. Un saludo.

aires dijo...

Parecen interesantes los libros de Anais, no he leído ninguno. Muchos besitos