14 de febrero de 2006

Haciendo ejercicio



Con la primavera a la vista y los turrones de la navidad todavía aposentados en las caderas, parece que el primer mes del año resulta propicio para apuntarse a un gimnasio. Yo lo he hecho varias veces en mi vida, pero raramente consigo asistir más de unos pocos meses. Me aburre soberanamente, qué le vamos a hacer. Los gimnasios en sí oscilan entre una especie de sala de aparatos de tortura y un lugar para aprender a mejorar tu desempeño erótico (perdón, quería decir aeróbico).
Sin embargo, también resultan propicios para la observación morbosa. De acuerdo, no en todos se pueden encontrar ejemplares como el reproducido arriba. Pero sí suelen abundar en tipos cubiertos de sudor, vestidos sus pectorales malamente por la camiseta más escotada que encuentran y lanzando eróticos gemidos cada vez que levantan una mancuerna. No estaría mal hacer alguna vez como que me equivoco de vestuario y meterme en el de hombres, seguro que andan todos por ahí en bolas comparando su tamaño con el del vecino, así como el que no quiere la cosa.
A la inversa, supongo que a los chicos les pone pensar en esa especie de harén despendolado que debe ser un vestuario femenino. Un montón de mujeres envueltas en el vaho de las duchas paseándose como su mamá las trajo, todas delgadas, fibrosas, sin celulitis.
Pues no, qué se le va a hacer. En general es mucho más prosaico. Sin embargo, una, que tiene las hormonas un tanto desatadas, no puede evitar que se le vaya la vista a los cuerpos ajenos. Más de una vez me he puesto a imaginar que me quedo sola en el vestuario, a punto de ducharme, y en eso entra tranquilamente una jovenzuela de las que no necesitan liposucciones ni sujetador y se pone a desvestirse, toda sudada, y resulta que está toda depilada y lleva un tatuaje sobre la nalga derecha. Demasiado para mí.
Por supuesto, en mi fantasía, la muchacha me sigue a las duchas y se mete en la misma en la que yo había entrado.
-Huy, perdón, no te había visto.
-Es igual, cabemos las dos.
-Bueno, pues deja que te ayude a enjabonarte.
Y quién no se dejaría enjabonar por semejante auxiliar, de modo que la moza se aprovecha de que estoy inmovilizada contra los azulejos para frotarme la espalda, el culo, las piernas, y volver a subir para darme la vuelta y seguir hacia arriba mientras aprovecha para darme mordisquitos en un pezón como la que no quiere la cosa.
-¿Ahora te ayudo yo?
-Deja, es igual, ya me las apaño.
Y dicho y hecho, en vez de enjabonarse se refriega por todo mi cuerpo, y cada vez estamos las dos más espumosas y resbaladizas... aunque no sólo de jabón...
... y en eso entran las alumnas de la clase de natación para niños...
... es lo malo de las fantasías, no resisten bien los ambientes ruidosos.
Y para que nadie se sienta discriminado, también hoy hay chica. Que disfrutéis, incluso en el gimnasio.

Imagen: Byron P. McCartney

1 comentario:

Principe de la Lujuria dijo...

Jejeje, qué mal despertar... aunque quién sabe: se cierra la puerta y el morbo de lo prohibido ;-)

Besos Húmedos