29 de marzo de 2006

Dibujar

uisiera dibujar tu nombre en mi cintura
para llevarlo siempre como un tatuaje.

Querría dibujar tu silueta en las sábanas
cuando estoy sola y la cama es grande.

Quiero que dibujes mi cuerpo con caricias
y que te sirvan de tinta nuestras humedades.


Foto: D. Bryan Nelson

27 de marzo de 2006

Amaneciendo


stá amaneciendo, y la primera luz gris se cuela por los lados de las cortinas. Todavía no se distinguen los colores de la habitación.

Aún duermes sobre tu costado, de espaldas a mí. Hace rato que estoy despierta, me vuelvo hacia tu lado y te miro. Te tengo lo bastante cerca para sentir tu calor, el calor de la persona que lleva rato entre las sábanas. Percibo el ligero movimiento de tu respiración. Ahora que empieza a entrar la luz del día, observo tu cuerpo abandonado al sueño.

Intentando no despertarte, me acerco más, lo suficiente para no tocarte todavía. Me sonrío al ver lo relajado que estás, después de lo agitada que ha sido la noche. Alargo una mano, acaricio tu brazo con un dedo.

Subo hacia el hombro y bajo por la línea de la espalda. Quito la sábana que te cubre todavía las caderas; no hace frío aquí dentro, aunque en la calle llueva.

Sigo acariciándote la espalda. Muy despacio, sólo con un dedo, no quiero que te despiertes. Al poco rato murmuras algo en sueños y te mueves, quedando boca arriba; pues ya que así te ofreces, acaricio tu pecho, trazando caminos con el dedo entre el vello. Me desvío hacia el costado, continúo hacia la pierna, ahora con todos los dedos, sólo las puntas, sólo rozándote. Tu respiración sigue tranquila, pero algo me dice que ya no estás dormido.

Me atrevo a acariciarte un poco más intensamente, pues. Ahora con toda la mano recorro tus muslos y tu vientre, evitando a propósito tu sexo ya no tan dormido. Sigues con los ojos cerrados, una sonrisa casi invisible te delata... Me coloco sobre ti con las manos en la almohada, son mis pechos los que te acarician ahora. Tu cuerpo ha despertado ya del todo...



Foto: Sergey Rizhkov

26 de marzo de 2006

Volver

No soy una habitual del cine de Almodóvar; aun reconociendo su originalidad, siempre me ha resultado un poco ajeno su gusto por el esperpento. Sin embargo, he de recomendar vivamente su última película, en la que, rindiendo un homenaje a los melodramas americanos de los años cincuenta, consigue una historia divertida, emocionante y a ratos surrealista. Por no hablar de sus intérpretes, todas en estado de gracia, que dan vida a esta historia de madres e hijas, de ciudad y pueblo, de vientos y besos.

Para no perdérsela.

24 de marzo de 2006

Carpe diem

provecha los días, me dijiste entonces.
¿Lo recuerdas?
Y lo sigo intentando cada mañana.
No siempre resulta fácil.
Perdona si a veces no tomo lo que me da la vida.


Foto: Ira Bordo

23 de marzo de 2006

Dos, tres, cuatro...

Image Hosted by ImageShack.us



"-¿Tú te divorciaste de tu mujer, Joe?

-No, ella se divorció de mí.
-Y qué es lo que fue mal?
-Las orgías sexuales.
-¿Las orgías sexuales?
-Sí, ya sabes, una orgía es el lugar más solitario del mundo. Esas orgías... Me sentía desesperado... Esas pollas deslizándose dentro y fuera... Perdóname...
-No pasa nada.
-Bueno, esas pollas deslizándose dentro y fuera, piernas enredadas, los dedos trabajando, hurgando por todos lados, bocas, todo el mundo babeando, y sudando, y una ciega determinación a hacerlo... como sea.
-No sé mucho acerca de esas cosas, Joe -dijo Edna.
-Yo creo que, sin amor, el sexo no es nada. Las cosas sólo pueden tener un significado cuando existe algún sentimiento entre los participantes.
-¿Quieres decir que a cada uno le debe gustar el otro?
-Eso ayuda bastante.
-¿Supón que ambos se casen. Supón que tienen que seguir juntos, por cuestiones económicas, niños, cualquier cosa?
-Las orgías no arreglarán nada.
-¿Y entonces qué?
-Bueno, no sé. Tal vez el swap.
-¿El swap?
-Sí, ya sabes, cuando dos parejas se conocen muy bien y entonces hacen intercambio de componentes. Los sentimientos, al fin y al cabo, tienen una oportunidad. Por ejemplo, digamos que a mí siempre me ha gustado la mujer de Mike. Me viene gustando desde hace meses. La he visto pasear por la habitación. Me gustan sus movimientos, llaman mi atención. Me imagino, ya sabes, lo que va con esos movimientos. La he visto furiosa, la he visto borracha, la he visto sobria. Y entonces, el swap. Estás en la cama con ella, y por fin la estás conociendo. Existe la posibilidad de que sea algo real. Por supuesto, Mike se está tirando a tu mujer en la otra habitación. Muy bien, buena suerte, Mike, piensas, y espero que seas tan buen amante como yo.
-¿Y funciona bien?
-Bueno, no sé... Los swaps pueden traer problemas... a la larga. Tiene que estar todo muy hablado... bien hablado y con tiempo. Y aún así puede haber gente que no sepa bastante, no importa cuánto se haya hablado...
-¿Tú sabes bastante, Joe?
-Bueno, estos swaps... Creo que pueden ser buenos para algunos... Tal vez para muchos. Pero me temo que conmigo no funcionan. Soy bastante mojigato."

Charles Bukowski, Se busca una mujer

Pues visto así no parece muy atrayente lo de los intercambios... ¿Qué opináis vosotros?

Imagen: Ludovic Goubet

21 de marzo de 2006

Con tiempo


Hace unos días, en los comentarios a uno de mis post se mencionaban las prisas, el "aquí te pillo aquí te mato"...

Qué no daría yo por tener tiempo de sobra.

Tener, por ejemplo, toda una tarde por delante. Mejor si llueve.


Tiempo para comer sin prisas, tiempo para un brindis. Para tomarnos unas fresas cogiéndolas cada uno de la boca del otro.

Tiempo para desnudarse despacio y sentir cómo la piel se eriza y cómo las manos acarician espacios poco transitados...

Tiempo para jugar y recrearse mirando... tiempo para anticipar el placer, tiempo para sosegarlo y dejarlo libre cuando desee.

Para volver a empezar después... o sólo para disfrutarse en calma.

Tiempo, qué no daría yo por tener tiempo...

Foto: Gabriele Rigon

18 de marzo de 2006

En el coche


Estoy en el trabajo, a mediodía, mirando la calle, aburrida. De pronto suena el teléfono.

-Hola Anais... Esta tarde estaré libre, ¿quieres que nos veamos?

-Claro, ¿cómo no?

-Pero hay un inconveniente... no tengo sitio... ¿se te ocurre algo?

-Mmm... oye, ¿por qué no usamos tu coche? Ya hace tiempo que lo tienes y aún no lo hemos estrenado.

-Vaya, vaya... está bien. Te recojo a las siete.

De pronto el aburrimiento se ha vuelto nerviosismo... Por la tarde regreso a mi casa, me cambio y salgo nuevamente, se supone que de compras. Me he puesto otra ropa, algo que facilite los movimientos: una falda y un suéter abotonado delante. Debajo, un conjunto de sujetador y tanga, la mínima expresión, ambos de encaje. Unas medias de las que se sostienen solas. Andando por la calle, mis muslos rozan uno con otro, la lana del suéter me produce un agradable picorcillo. Ya estoy excitada cuando él me recoge.

Nos dirigimos a una zona de la ciudad donde hay muchos edificios en obras. Voy sentada delante, con las piernas abiertas, tapadas por la falda. En los semáforos, él aprovecha para explorar bajo la tela, buscando bajo el tanga, que ya está mojado. Lo aparta y acaricia los labios que sabe que le esperan. Qué largo se me hace el trayecto...

Aparcamos el coche en una calle apartada y poco iluminada, aunque de cuando en cuando pasan otros vehículos y alguna que otra persona. Pasamos al asiento de atrás. No puedo evitar reírme, me recuerda mucho mis primeros escarceos de la adolescencia. Cada vez que alguien se acerca agachamos la cabeza.

Empezamos a besarnos. Nuestras bocas se buscan con avaricia, las lenguas se encuentran ansiosamente. A veces creo que me gustaría poder bebérmelo. Sus manos bajan hacia el suéter, lo desabrochan. Un pecho ya surge por el ligero encaje. Termina de sacarlo. Traza círculos con la lengua alrededor del pezón y lo mordisquea, grande y duro ya como una fruta. Hace lo mismo con el otro pecho, "no le vaya a tener celos...".

Me tiendo tanto como puedo sobre el asiento. La falda se ha quedado enrollada en mis caderas y él aprovecha para quitarme el tanga y acariciar con los labios los sitios por donde antes pasaron los dedos. Mientras, siguen pasando los coches de cuando en cuando, aunque a mí la verdad es que ya no me importa demasiado. Estoy en otro lugar, me estoy corriendo...

Cuando me recupero vuelvo a sentarme, él se pone a mi lado. Se ha quitado los pantalones, me invita a acariciarle. Mis manos y mi lengua inician el camino que tan bien ya conocen. Rodean suavemente los testículos, suben con decisión por el tronco, se recrean en el glande. Húmedo ya y dispuesto a la batalla.

-Quiero penetrarte...

Pues ya somos dos... Me subo sobre él, me sitúo lo más cómodamente posible (los asientos de un coche no dan para muchas acrobacias). Me encanta notarlo tan dentro, cara a cara, mis pechos a escasos centímetros de su boca... Mientras nos movemos toma mis nalgas, las separa, noto esa presión en el ano tan deliciosa... Unos momentos más, la calle ha vuelto a borrarse...

A veces está muy bien recordar la adolescencia...

Foto: Jindrich Vanek

16 de marzo de 2006

Mírame


írame ahora que me tienes a tu alcance.

Mírame desde tu orilla, sin tocarme todavía.

Mírame cuando me quito la ropa que me sobra.

Mira mis manos cuando te guían por donde quiero que me recorran.

Mira cómo el sudor me empapa mientras sube la temperatura.

Mira cuánto te estoy deseando...

Mírame...

y ven...


Imagen: Paul Smith

11 de marzo de 2006

Más de libros

la vista del éxito obtenido por mi post sobre Anais Nin (¡nada menos que 4 comentarios, señores!) rindo hoy nueva visita al mundo literario. Esta vez, para hablar de un libro del autor ruso, nacionalizado americano, Vladimir Nabokov: Ada o el ardor.

Aunque Nabokov es conocido sobre todo por Lolita, yo, personalmente, prefiero esta novela, a la que tomé un especial cariño porque la leí por primera vez gracias al préstamo de un chico del que yo estaba enamoradísima como sólo se puede estar cuando tienes diecinueve años. (También me prestó El amante de Lady Chatterley; ¿estaría intentando pervertirme?).

Vladimir Nabokov (a la derecha) nació en Rusia en 1899, en una familia rica que lo perdió todo a raíz de la revolución de 1919. Emigrado a Alemania y Francia, consiguió cierta notoriedad por su trabajo literario; finalmente se estableció en Estados Unidos y se dedicó a la enseñanza universitaria, que simultaneó con la redacción de sus novelas en inglés: a pesar de no ser su lengua materna, siempre la consideró la primera para sus escritos. Falleció en 1977 en Suiza. Además de a la literatura, se dedicó con pasión a la entomología y al ajedrez.

Ambas cosas están presentes en la novela de la que hablo, junto con los elementos tradicionales del universo Nabokov: los juegos de palabras, la sensualidad, la nostalgia del hogar perdido, la ironía. La obra, muy resumidamente (qué remedio: son más de cuatrocientas páginas de letra pequeña) trata sobre la pasión de toda una vida entre Van y Ada Veen, supuestamente primos, en realidad hermanos, que se inicia cuando ambos tienen respectivamente catorce y doce años. Vaya, se podría pensar, ya tenemos aquí al viejo Vladimir, siempre con sus nínfulas. Es cierto, las niñas "precoces" también parecen formar parte esencial del universo Nabokov del que hablaba antes. Sin embargo, no parece que en su vida personal el autor tuviera este tipo de inclinaciones.

Y bien, ¿qué es lo que hace para mí especial esta novela? Pues, básicamente, que es literatura en estado puro. Nabokov es un mago de las palabras, las retuerce a su gusto para llevar al lector donde él quiere. Ada o el ardor resulta a veces densa, otras veces toma el aspecto de un folletín decimonónico. Pero siempre es un placer sumergirse en su lectura. Para mi gusto, pertenece a ese tipo de novelas en las que lo importante no es tanto lo que se cuenta sino cómo lo hace. Los ratos de absoluta evasión que produce su lectura. Y en homenaje a los que este libro me ha dado durante muchos años, transcribo uno de los pasajes que más me gustan. Espero que a vosotros también.

Durante la "fase de los besos" de sus amorcillos (quince días de largos besuqueos húmedos y pegajosos, nada recomendables para su salud de adolescentes), parecía que entre sus cuerpos sedientos se interponía una pantalla de extraña pudibundez; era, no obstante, inevitable que ciertos contactos y contracontactos atravesasen aquella pantalla, como lejanas vibraciones de gritos de socorro. Concienzudamente, incansablemente, delicadamente, Van pasaba y repasaba sus labios sobre los labios de Ada, atacando, a contrapelo, su terciopelo ardiente, de arriba abajo, de izquierda a derecha, hacia dentro, hacia fuera, hacia la vida y hacia la muerte, y encontraba un sabor deleitable en el contraste entre la caricia alada del idilio visible y la congestión brutal de la carne escondida.

Y la imaginación les pedía nuevos besos. -Querría -dijo él en cierta ocasión- probar el interior de tu boca. ¡Dios, cómo me gustaría ser un Gulliver minúsculo para poder explorar esa cueva!

-Puedo prestarte mi lengua -dijo la niña. Dicho y hecho.

Una gran fresa hervida, todavía muy caliente. Van la degustaba, se la tragaba todo lo dentro que ella se dejaba tragar, y luego, abrazando estrechamente a Ada, le lamía el paladar. Ambas barbillas se llenaban de saliva. "Pañuelo", pidió la chica, y sin más preámbulo metió la mano en el bolsillo del pantalón de Van; pero la retiró al instante, y dijo a su compañero que le pasase el pañuelo él mismo. Huelgan comentarios.


Foto: Michele Clement

10 de marzo de 2006

Volviendo a casa



oy, cuando he salido del trabajo, me he ido a casa andando.
De camino, he pasado cerca del trabajo de mi amante. Hacía mucho que no le veía, de manera que se me ha ocurrido ir a visitarle.
Llamo a la puerta y sale a abrirme.
-Hola, ¿qué haces aquí? Estoy solo, iba a marcharme dentro de un momento.
-Nada, sólo quería verte un rato.
-Vale, pasa y siéntate un poco.
Me siento frente a su mesa, mientras recoge unos papeles. Nos miramos, me sonríe, le digo:
-Me muero de ganas de darte un beso.
-Pero aquí no podemos, se ve todo desde la calle...
Se levanta, me toma de la mano y me conduce hacia una puerta. Da a un pasillo que lleva a los lavabos. Cierra la puerta y me empuja contra la pared. Me besa, me manosea los pechos, mete las manos bajo mi falda.
-¿Quieres hacerlo aquí?
-No, ven...
Y me conduce hasta el baño de caballeros. Allí nos desnudamos, me hace apoyarme de espaldas a él en el inodoro, y sin más ceremonia me introduce los dedos. Tres o cuatro movimientos bastan para hacerme notar mi corrida bajando por mis piernas. Se ha formado un charco en el suelo.
-Sí que tenías ganas... Ahora me toca a mí...
Se sienta sobre la taza. Me arrodillo ante él y tomo su sexo en mi boca. Lamo, succiono, está al borde del placer ante mis ojos. Pero no quiero eso. Me subo sobre él, apoyando los pies en el inodoro. Me abrazo a su cuello. No podemos estar más cerca, nos movemos los dos a la vez, somos uno solo, en tan incómoda postura. En tan placentera situación.
Eyacula en mi interior, vuelvo a correrme... Y ahora tenemos que irnos, ya es tarde...
Al menos sé que mañana verá con otros ojos el lavabo de caballeros...


Foto: Alex Ingram

7 de marzo de 2006

Primavera

Ya se nota el olor a primavera.
Ahora yo querría estar en otro lado.
Me gustaría volver al sur de mi infancia
y volver a andar descalza por su arena.
Me gustaría ver el mar desde mi ventana
cuando despertáramos
después de habernos amado como fieras.
Me gustaría que me dieras lo que no me ha dado nadie.

¿Quieres venir conmigo?

Más que amigas (y 2)


otaba la temperatura subiendo por momentos... las manos de ella recorriendo todos los rincones que acababa de desvelar... y de pronto me levanté, me puse a horcajadas sobre ella y le dije:

-No hagas nada, déjame a mí.

Sorprendida, relajó el cuerpo y cerró los ojos. La observé con detenimiento. Había visto mujeres desnudas antes, por supuesto, pero nunca había tenido ocasión de mirar tan de cerca y sin prisas. Con la yema de los dedos, seguí el perfil de su cara, bajé por su cuello para notar sus latidos, seguí por un brazo hasta encontrar su mano y enlazarla con la mía, la llevé hasta mi pecho.

Volví a su cuerpo. Ahora con toda la mano, tan despacio como pude, recorrí el camino entre sus senos. Noté su cintura y su vientre que se movían al ritmo de una respiración agitada. Bajé por sus piernas y me perdí en la suavidad de sus muslos. Allí en el centro brillaba la humedad, como las perlas.

Mis manos siguieron su viaje. Subieron de nuevo hacia el vientre y bajaron hasta los labios que esperaban su visita. Me demoré por fuera, dejando que mis dedos pasearan por todos sus rincones. Acerqué mi cara para verlo mejor, mientras oía su respiración agitada, que parecía venir de muy lejos.


Aventuré mis dedos al interior de su sexo. Era una sensación extraña, sentirme en el interior de otra mujer como otras veces dentro de mí misma, suave como terciopelo, acompasando mis movimientos al ritmo de sus gemidos. No tardó mucho en correrse, se quedó relajada, exhausta. Saqué mis dedos, los lamí, subí hasta su boca y la besé.

-Gracias, amiga...


Imagen: Luis Royo

6 de marzo de 2006

Sonríe


ue tengas un día lleno de sonrisas...

Imagen: Angela Blank

3 de marzo de 2006

Más que amigas (1)

os habíamos conocido poco tiempo atrás, y nos habíamos hecho amigas casi sin darnos cuenta, tras largas conversaciones ante mesas de café, conversaciones sobre libros, sobre hombres, sobre la vida. Me caía muy bien, era guapa, sabía lo que quería, me inspiraba confianza. Un día que la persona con la que ella vivía estaba de viaje decidimos salir a cenar juntas y luego a tomar algo por ahí.

Pasé por su trabajo a recogerla, y al subir al coche propuso ir antes a su casa para arreglarse un poco antes de ir a cenar. Así lo hicimos y la acompañé al piso. Me quedé curioseando los libros de una estantería mientras se arreglaba, pero al poco me llamó.

-Oye, ven, así hablamos mientras me visto.

Entré en su dormitorio y me senté en una butaquita. Se había quitado la ropa de ir a trabajar y ahora sólo llevaba las bragas. Era la primera vez que la veía así y me chocó un poco, pero no pude evitar quedarme mirándola, tenía un bonito cuerpo. De espaldas a mí, agachada ante los cajones de una cómoda, me estaba diciendo algo, pero no la escuchaba. Se volvió al ver que no obtenía respuesta.

-¿Qué pasa...?

Creo que mis ojos debieron decírselo todo. Se sentó en la cama.

-Ven aquí.

Obedecí.

-¿Te gusta lo que ves?

Asentí.

-A mí también me gustaría verte...

Y por qué no, pensé. Tenía a unos centímetros de mí su piel que percibía cálida, ligeramente erizada, no sé si de placer anticipado. Levantándome apenas, me saqué el vestido que llevaba. Los pezones se marcaban nítidamente bajo el sujetador y ya empezaba a sentirme húmeda. Me moría por besarla.

Pero ella se adelantó. Me tomó la cara con las manos y me introdujo la lengua en la boca, la recorrió sin prisas, sabia y lenta. Me hizo tumbarme en la cama y me quitó toda la ropa que me quedaba.

Imagen: Marc Odley

2 de marzo de 2006

¿Vamos de compras?


(Nota: no dispongo del nombre del autor de esta imagen, pero creo que os gustará verla en su contexto. De nada)


í, justo, de ese tipo de compras que estáis pensando. No hace mucho tiempo pusieron en mi ciudad una sucursal de esta cadena inglesa que se anuncia como un sex shop especializado en mujeres: pues allá tengo que ir yo, pensé, y ni corta ni perezosa le hice una visita.

Lo más llamativo de la tienda en cuestión es que no tiene el aspecto exterior un poco vergonzante de los sex shop de toda la vida. Efectivamente, es muy femenina: color rosa y brillos por todas partes. Toda la tienda se puede ver desde fuera, aunque la parte de sex shop se encuentra arriba. La parte de abajo la ocupa la lencería, que desde luego es preciosa... y tan cara como se puede imaginar. Entre la lencería ya podemos ver algunos cacharritos y cremas, pero al llegar arriba es cuando nos encontramos con bonitos juguetes como éste (creo que me voy a pedir uno para mi cumpleaños) o con cositas más bizarras como éstas, aunque desde luego todo de muy buen gusto y tal. También hay kits de regalo como éste, del que conviene avisar a tu pareja que no sirve para hacer bricolaje. Ahora bien, la estrella de la tienda es este aparatito, el cual, si te cansas de él (mmm... ¿y por qué te ibas a cansar?), se puede aprovechar como regalo de Navidad para la tía Ofelia, que seguramente lo colocará tan feliz en una vitrina del salón... o no, fíate tú de las tías solteras. A mí no me convence, sobre todo porque cuesta más de doscientos euros. Por un poco más me compro un hombre.

Bien, sí, pues la tienda está muy bien, pero el caso es que se me ha abierto la curiosidad... Vamos a ir un poco de compras por Internet. Ah, la red, el paraíso de las compras... sobre todo de las relacionadas con el sexo, por aquello del anonimato (o la ilusión del mismo...). Si buscamos en Google las palabras "sex shop" nos salen más de cuatro millones de resultados, todo un éxito, sí señor. Aunque no todas son lo que parecen. Por supuesto, también hay sitios especializados, por ejemplo, éste sólo vende... una silla erótica? Pero bueno, ¿qué ha pasado con la cama?

En cuanto a los productos, el único límite es la imaginación. Ejemplos, a cientos. Desde la cápsula vibradora que funciona mientras recibes llamadas por el móvil (esta no vale, a mí me llaman muy poco), el estimulador para el clítoris en forma de osito (¿a quién se le ocurren estas cosas?) o el equipo que te permite clonar tu pene favorito y convertirlo en un juguetito (¿que no? vean, vean...) o los dildos de cristal que más bien parecen material de laboratorio... En fin, un mundo de objetos sólo para el placer. O la vanidad: también hay joyería erótica (¿y eso no es incómodo?), incluso para hombres... no sé yo, muy preciado tiene que estar un hombre de su instrumento para encima adornarlo con pedrería...

Bueno, ¿y por fuera? ¿no disponemos de algún tipo de ropa que resulte especialmente apropiado para las veladas íntimas? Pues si se me pregunta, diría que hay un estilo que siempre me ha gustado, que nunca me atreveré a llevar (por lo menos para ir al trabajo...) y que me parece de lo más sensual: el gótico (no el arquitectónico, claro). ¿Que no? ¿Demasiado tapado? Bueno, aparte de lo vistoso, pocos estilos realzan así las formas femeninas. Investigad un poco y decidme dónde terminaría una invitación a cenar con una chica vestida con este modelito... y no es el más descocado.

Pues esto es todo... ¿qué? ¿que si me compré algo de la tienda? Emm... sí, un objeto de silicona... que espero estrenar dentro de poco... seguiremos informando.

Un halago

iempre he tenido presente una frase que oí ya hace mucho tiempo, creo que atribuyéndola a Coco Chanel, pero lo cierto es que he sido incapaz de confirmar ese extremo (ni siquiera en la red). Como quiera que sea, la frase reza:

"No hay mejor halago que el deseo".

Hace un tiempo no la entendía demasiado bien. Ahora mismo la tengo muy presente, me siento deseada, me siento muy deseada.

Y creo que nunca podrán decirme nada tan bonito como lo que ese deseo dice sin necesidad de palabras.

Imagen: Michael Schultes

1 de marzo de 2006


Madre mía, cómo me pone este hombre...