11 de marzo de 2006

Más de libros

la vista del éxito obtenido por mi post sobre Anais Nin (¡nada menos que 4 comentarios, señores!) rindo hoy nueva visita al mundo literario. Esta vez, para hablar de un libro del autor ruso, nacionalizado americano, Vladimir Nabokov: Ada o el ardor.

Aunque Nabokov es conocido sobre todo por Lolita, yo, personalmente, prefiero esta novela, a la que tomé un especial cariño porque la leí por primera vez gracias al préstamo de un chico del que yo estaba enamoradísima como sólo se puede estar cuando tienes diecinueve años. (También me prestó El amante de Lady Chatterley; ¿estaría intentando pervertirme?).

Vladimir Nabokov (a la derecha) nació en Rusia en 1899, en una familia rica que lo perdió todo a raíz de la revolución de 1919. Emigrado a Alemania y Francia, consiguió cierta notoriedad por su trabajo literario; finalmente se estableció en Estados Unidos y se dedicó a la enseñanza universitaria, que simultaneó con la redacción de sus novelas en inglés: a pesar de no ser su lengua materna, siempre la consideró la primera para sus escritos. Falleció en 1977 en Suiza. Además de a la literatura, se dedicó con pasión a la entomología y al ajedrez.

Ambas cosas están presentes en la novela de la que hablo, junto con los elementos tradicionales del universo Nabokov: los juegos de palabras, la sensualidad, la nostalgia del hogar perdido, la ironía. La obra, muy resumidamente (qué remedio: son más de cuatrocientas páginas de letra pequeña) trata sobre la pasión de toda una vida entre Van y Ada Veen, supuestamente primos, en realidad hermanos, que se inicia cuando ambos tienen respectivamente catorce y doce años. Vaya, se podría pensar, ya tenemos aquí al viejo Vladimir, siempre con sus nínfulas. Es cierto, las niñas "precoces" también parecen formar parte esencial del universo Nabokov del que hablaba antes. Sin embargo, no parece que en su vida personal el autor tuviera este tipo de inclinaciones.

Y bien, ¿qué es lo que hace para mí especial esta novela? Pues, básicamente, que es literatura en estado puro. Nabokov es un mago de las palabras, las retuerce a su gusto para llevar al lector donde él quiere. Ada o el ardor resulta a veces densa, otras veces toma el aspecto de un folletín decimonónico. Pero siempre es un placer sumergirse en su lectura. Para mi gusto, pertenece a ese tipo de novelas en las que lo importante no es tanto lo que se cuenta sino cómo lo hace. Los ratos de absoluta evasión que produce su lectura. Y en homenaje a los que este libro me ha dado durante muchos años, transcribo uno de los pasajes que más me gustan. Espero que a vosotros también.

Durante la "fase de los besos" de sus amorcillos (quince días de largos besuqueos húmedos y pegajosos, nada recomendables para su salud de adolescentes), parecía que entre sus cuerpos sedientos se interponía una pantalla de extraña pudibundez; era, no obstante, inevitable que ciertos contactos y contracontactos atravesasen aquella pantalla, como lejanas vibraciones de gritos de socorro. Concienzudamente, incansablemente, delicadamente, Van pasaba y repasaba sus labios sobre los labios de Ada, atacando, a contrapelo, su terciopelo ardiente, de arriba abajo, de izquierda a derecha, hacia dentro, hacia fuera, hacia la vida y hacia la muerte, y encontraba un sabor deleitable en el contraste entre la caricia alada del idilio visible y la congestión brutal de la carne escondida.

Y la imaginación les pedía nuevos besos. -Querría -dijo él en cierta ocasión- probar el interior de tu boca. ¡Dios, cómo me gustaría ser un Gulliver minúsculo para poder explorar esa cueva!

-Puedo prestarte mi lengua -dijo la niña. Dicho y hecho.

Una gran fresa hervida, todavía muy caliente. Van la degustaba, se la tragaba todo lo dentro que ella se dejaba tragar, y luego, abrazando estrechamente a Ada, le lamía el paladar. Ambas barbillas se llenaban de saliva. "Pañuelo", pidió la chica, y sin más preámbulo metió la mano en el bolsillo del pantalón de Van; pero la retiró al instante, y dijo a su compañero que le pasase el pañuelo él mismo. Huelgan comentarios.


Foto: Michele Clement

5 comentarios:

Zârck. dijo...

Llevo un tiempo visitando tu blog y no voy a calificarlo para evitar caer en tópicos. Sólo decirte que seguiré viniendo.
Por cierto, estás invitada a pasearte por mi Jardín.
Saludos.

Humbert dijo...

¿libros?siempre que quieras.
¿nabokov?siempre que quieras.
y yo encantado.

un placer.

El Lehendakari dijo...

Diré, no sin vergüenza, que no he leído a Nabokov, aunque por supuesto le conozco, quién no! Me fío de tu criterio y no dudo que la obra que comentas es buena. A veces pasa que se destaca una obra de un autor pero a cualquier lector suyo puede gustarle más otra en concreto, me pasa a mí por ejemplo con García Márquez ;-) Y muy interesante que mezcles asuntos diversos en el blog, una cosa no quita la otra. Un beso.

Anaïs dijo...

Zarck, gracias por tu comentario. Hermoso jardín, por cierto.

Humbert, un placer para mí también, como siempre.

Lehendakari, para gustos se hicieron los colores, ya lo sabes...

Besos

Lector Compulsivo dijo...

La mejor cita de las que tengo de Ada o el Ardor, es esta:

»Tales imágenes no nos dicen nada de la textura del tiempo de que forman parte, salvo, quizás, en un caso, que resulta difícil de establecer. La coloración de un objeto surgido en el recuerdo (u otra cualquiera de sus características visuales), ¿difiere de una fecha a otra? El tono de color de un objeto, ¿me permitiría determinar si el objeto en cuestión se sitúa antes o después en la estratigrafía del mi Pasado? ¿Existe algún uranio mental cuya descomposición pudiera utilizarse para medir la edad de un recuerdo?«

Hay otras más sensuales, pero esta creo que define plenamente el caracter ingenioso, ilustrado y profundo de Nabokov, expresado en un tono de absoluta jovialidad. También merece señalarse su referencia a la sexualidad de Proust.

Y bueno, algo más picante, para animar a los menos interesados por cuestiones trascendentes...

El haberse presentado a la chica como un libertino de dieciséis años, en vez de cómo un virginal chiquillo de catorce, hizo que el encuentro resultara muy embarazoso para nuestro calavera. Trató de paliar su inexperiencia mediante una acción expeditiva, y no logró otra cosa que derramar en el felpudo de la entrada lo que la chica le hubiera ayudado de buena gana a introducir de puertas a dentro. (37)

Dos jóvenes que se pasean juntos se parecen lo más posible a esos rosales trepadores que tienden a enlazarse. Y la espina está siempre cerca del capullo. (145)

Es posible que la fuerza anestésica de la vida atenúe el inolvidable suplicio que podía resultar de la puerta que se abre. (354)

Y maldijo a la naturaleza por haber plantado un árbol nudoso reventando de saliva vil en la entrepierna de los varones. (393)

La velocidad lisa, el silbido de su sable, la gloria aquilina de la velocidad domada, el grito de alegría de una curva. (438)