23 de abril de 2006

Blanca y radiante



úsica de órgano, campanas, banquete en el hotel más caro, brindis, que se besen, tarta de seis pisos. Todos los ingredientes que cabe esperar en una boda de altos vuelos. Los invitados ya bailando al ritmo de la orquesta, el novio en mangas de camisa rodeado de sus amigos, la novia algo aturdida entre las suyas.

Deseando despejarse por un momento, la recién casada se excusó diciendo que iba al baño. En realidad, se dirigió a la habitación que iba a ocupar aquella noche, cuando terminara la fiesta. Le dolía la cabeza, los pies, la espalda. Ya no estaba nerviosa como por la mañana, pero la pregunta de si había hecho lo correcto seguía dando vueltas en su mente. Bueno, pensó, ya no hay remedio. Se dirigió a la ventana buscando un poco de aire fresco. En ese momento la sorprendieron unos discretos toques en la puerta.

Al abrir se encontró a escasos centímetros de quien menos podía esperar encontrarse. Era un primo del novio, con el que no tenían una relación muy estrecha, más bien solían verse sólo en bodas y acontecimientos similares. Una vez, en una ocasión de aquellas, hacía un par de años, el coche de su ahora esposo había tenido un problema y el primo se ofreció a llevarla a casa. Una vez en el portal la había besado, probablemente el mejor beso de su vida. Prácticamente no se habían dirigido más la palabra.

Sin embargo, aunque a ella no le gustaba recordar el asunto, no podía evitar un ramalazo de rabia cada vez que veía al primo de su novio aparecer del brazo de una nueva amiga. Hoy no había sido una excepción. Pero ahora estaba solo, allí en el umbral, llevando una rosa en la mano. Una rosa del ramo de la novia.

-Perdona que te moleste. Se te ha caído del ramo. Es una flor preciosa, me daba pena dejarla en el suelo.

Ella se apartó para dejarle pasar. Él entró en la habitación. Se miraron en silencio. Ella notaba claramente el golpeteo del corazón en su pecho, el sudor frío y la humedad que ya llenaba su sexo. Él la empujó contra la pared, tirando de los hombros del vestido le dejó los pechos al aire, los lamió y mordió sin delicadezas. Le levantó la falda sin que parecieran demasiado inconveniente las enaguas y encajes, le quitó las bragas, se abrió la cremallera del pantalón, la penetró allí mismo, de pie. Sin una palabra.

Al acabar, la tomó en brazos y la dejó sobre la cama. Metiéndose en el bolsillo las bragas de la novia, depositó la rosa sobre su pubis.

-No te pongas otras.

Salió y cerró la puerta. Ella tuvo la certeza de que no sería la última orden que le diera.

Imagen: Lochai

2 comentarios:

galilea dijo...

A ti tambien te gusta que te den ciertas "ordenes"?

Te pone?

Bonito encuentro.

Un beso.

Adrian dijo...

Me gusta. Me excita... El traje de novia.... Encajes. Las órdenes estan bien siempre que los dos (o más). Estén de acuerdo