2 de abril de 2006

El cielo y la tierra


abíamos encontrado la iglesia por casualidad, dando un paseo por las calles del barrio antiguo de la ciudad en la que pasábamos unos días. Estaba abierta, por lo que entramos a verla.

Por dentro estaba bastante oscura. Casi todas las luces estaban apagadas, salvo algunas del altar y las velas de las ofrendas. Era un templo común, con los tradicionales cuadros necesitados de una restauración, un altar barroco y varias esculturas de santos en las capillas laterales. Sonaba de fondo un canto gregoriano, sin duda algún disco puesto para ambientar las visitas. No había nadie, al menos a la vista.

Ya le habíamos dado la vuelta a la iglesia cuando me fijé en la bóveda de crucero. Debajo había varias ventanas con vidrieras que la rodeaban, y al entrar el sol por ellas (bastante alto a esas horas) se creó un efecto curioso de ingravidez, en contraste con la oscuridad de las capillas. Estaba mirando la bóveda cuando sentí que mi compañero se acercaba por detrás.

-¿Qué miras?
-El efecto de la luz.
-Y este efecto, ¿qué te parece?

Se había pegado a mí y había metido las manos por debajo de mi camiseta. Mientras me las pasaba por el estómago e iba subiendo hacia el pecho pude notar claramente su erección.

Miré a mi alrededor y le señalé una zona más oscura detrás de una columna en una de las capillas laterales. Allí me puso contra la pared mientras me subía la camiseta hasta casi sacarla. Notaba contra la piel el frío de las piedras, lo que me hizo endurecer los pezones hasta casi doler. Al mismo tiempo, sentía en las mejillas el calor de su respiración cada vez más acelerada; me mordisqueaba las orejas y me susurraba dulces obscenidades. Después bajó sus manos hasta tirar del elástico de mis pantalones; él se los había desabrochado ya y puso entre mis nalgas su saeta, con la punta encendida en fuego, moviéndose contra mí, que me notaba cada vez más mojada y deseosa de que me llegara a las entrañas.

Como la posición, siendo muy excitante, no resultaba muy cómoda, mi compañero me indicó que me apoyara en un altar que había allí mismo, de espaldas a él. Así ofrecida, terminó de bajarme los pantalones, y me masturbó con los dedos empapados en mis propios flujos, hasta dejarme abrasada y llevarme a un gran arrobamiento... Sin muchas ceremonias, supongo que pensando en si entraba alguien, me penetró de golpe, tanto que incluso me dolió; me hizo quejar un poco, pero era tan grande su suavidad que no deseaba que se quitara el dolor... Allí, sobre el altar, entre el olor a cera y la humedad de siglos, tuvimos un orgasmo que otros llamarían éxtasis, nos quedamos arrebatados entre la tierra y el cielo...


Imagen: Doug Lester

6 comentarios:

El Lehendakari dijo...

Qué relato más sensual, qué escena más morbosa... ¿No se os antojó el confesionario? Estás hecha una pecadora ;-) Un besote.

IGGIX dijo...

Ambiente perfecto...

Mar dijo...

Morbo, pasión, excitación... Buena mezcla para que el lugar sea solo algo ajeno, aúnque en ciertos momentos acompañe para avivar todo eso, muy bueno.
Besos

Groutxo dijo...

Excelente relato... no puedo decir mas.

Un besote.

Humbert dijo...

Notaba contra la piel el frío de las piedras, lo que me hizo endurecer los pezones hasta casi doler. eso siento yo, pero en otra parte del cuerpo...excelente.

un placer.

Anaïs dijo...

Lehendakari, mira, ya se me podía haber ocurrido, jaja...

Iggix, sobre todo en ciertos templos...

Mar, el lugar es ajeno a veces y otras lo es casi todo...

Groutxo, hombre, bienvenido por aquí. Gracias por tu comentario.

Humbert, ciertas durezas siempre son agradables...

Besos a todos