29 de abril de 2006

El espejo (1)


-¡Espera, por favor, no cierres!

La voz me llegó justo cuando iba a cerrar la puerta del ascensor para subir a mi casa. La abrí de nuevo para ayudar a mi vecina del piso de abajo a entrar varias bolsas del supermercado, llenas a rebosar, de hecho me sorprendió que pudiera con ellas.

Mi vecina es una mujer bastante normal, nada llamativa (aunque en alguna ocasión anterior en que habíamos coincidido en el ascensor no había podido evitar imaginarme lo que había bajo su blusa...). Está casada con un hombre algo malencarado, tanto que procuro evitarlo todo lo que puedo y siempre he creído que no debía tratar demasiado bien a su esposa. Este día ella iba vestida discretamente, como de costumbre. Las bolsas casi llenaban el ascensor, de manera que en el reducido espacio que quedaba estábamos de pie uno frente a otro. Puesto que soy más alto, podía adivinar, más que ver, el espacio entre sus pechos. Afortunadamente el ascensor llegó pronto a su piso y se abrió la puerta.

Por supuesto, la ayudé a entrar las bolsas. Quedaron dos para el final, que cogió ella. Entró en el piso y, para mi sorpresa, cerró la puerta con el pie, ya que tenía las manos ocupadas. La postura forzada hizo que se le levantase un poco la falda y pudiera ver, muy brevemente, que llevaba medias de las que se sujetan solas. No sé si será muy normal que las mujeres se pongan esa clase de medias para ir a la compra, pero no pude evitar imaginarme que el resto de la lencería iba a juego. Ese pensamiento me provocó una erección que intenté disimular volviéndome a mirar un cuadro. Ella se acercó a mí, aún acalorada:

-Qué amable has sido, ¿quieres tomar algo? Tenemos de todo...

Farfullé algo parecido a "lo que quieras" y me sentí aliviado cuando ella se dirigó a la cocina. Al rato volvió con un vaso en la mano.

-No conoces la casa, ¿verdad? Ven, te la enseño...

No es que me interesara mucho la casa, pero la seguí. Me enseñó la terraza, llena de flores que supuse debía cuidar ella. Se notaba que era una casa sin niños, estaba todo ordenado e impoluto. Pasamos por delante del dormitorio, que daba a un patio interior, igual que el mío. Naturalmente la persiana de ese dormitorio solía estar bajada, pero cuando alguna vez la subían durante el día podía ver desde mi casa que había un espejo de cuerpo entero a un lado de la cama. Pensar en mi vecina delante de ese espejo me reavivó la erección. Ella, al parecer sin notar nada, iba ante mí. Me pregunté si valía la pena intentarlo. Estábamos solos. Quizá sí. Le puse una mano en el culo.

Al principio sólo se quedó quieta. Luego se volvió, estaba colorada.

-Bueno, no te he enseñado el dormitorio...

Efectivamente, se dirigió allí y entró. Se quedó de pie ante la cama, sin decir nada, sólo mirándome. Yo la tomé de la mano y la puse ante el espejo, de espaldas a mí. Me pegué a su cuerpo todo lo que pude, percibí un leve sobresalto cuando notó mi erección contra su culo. Le aparté el pelo para besarle el cuello mientras mis manos la recorrían entera sobre la ropa. Sopesé sus pechos, que eran al tacto como los imaginaba en la mente. Subí su falda y vi que sus bragas también eran como las había imaginado, negras y finas. Y también estaban húmedas. Ella no hacía nada, simplemente se dejaba.

Le quité la ropa aún allí, delante del espejo. Camisa, falda, lencería. Ahora estaba desnuda, más desnuda todavía porque llevaba aquellas medias que oprimían levemente la carne de su muslo. Yo seguía detrás de ella, casi no se me veía en el espejo. Metí una mano entre sus piernas, la puse sobre su pubis para que pudiera verla. Volví atrás a su sexo, que ardía contra mi mano.

La hice tumbarse y me desnudé rápidamente. Ella seguía sin decir nada, obedecía pasiva a todas mis indicaciones. Normalmente no me gustan las mujeres que no actúan, pero me excitaba mucho tenerla allí, dócil como una muñeca. La hice ponerse a cuatro patas, a horcajadas sobre mi cuerpo, apoyarse en la pared frente al espejo para penetrarla desde atrás. Acabé haciéndola arrodillarse ante mí.

Desde algún lugar, llegaron las campanadas de un reloj de pared. Entonces le entraron las prisas, "por favor, vete, que mi marido debe estar a punto de llegar". Me vestí apresuradamente, salí y subí a mi piso.

Mientras cerraba la puerta, oí salir del ascensor a alguien. Supuse que sería su marido.

Foto: Gunther Hagedorn

4 comentarios:

Desnudaaa dijo...

EXELENTES TUS HISTORIAS!!!!... la verdad cada palabra, cada foto, hacen q me traslade! GRACIAS!
t visitaré seguido

Arnand37 dijo...

Encantador... Espero leer la 2ª parte

Adrian dijo...

Como siempre....tu. Besos

EróticaMente dijo...

Vaya, tenía que llegar el marido...