24 de abril de 2006

Una historia del metro


Esta historia tenía una segunda parte, que por desgracia y por motivos ajenos a mí se ha perdido. Desde aquí un recuerdo para la persona que la escribió.


omaba aquella línea de metro todos los días para ir a trabajar y luego volver a casa, desde mi oficina en el centro. Solía viajar bastante gente, pero casi siempre coincidíamos los mismos. A algunos ya les saludaba o cruzaba con ellos algún comentario banal; uno de los que no cruzaba palabra conmigo era un chico alto, que subía en la estación siguiente a la mía y normalmente iba leyendo algún libro; yo me bajaba antes que él.

Un día poco antes de Navidad, cuando subí al vagón, éste iba especialmente lleno. Me situé donde pude, sujetándome a una barra; resultó que había ido a parar al lado del chico del libro. En las dos estaciones siguientes el vagón acabó de llenarse del todo y nadie parecía bajar, con lo cual moverse resultaba bastante complicado. Al mirar a mi lado ya no vi al chico, no le di mayor importancia.

Pese a ser invierno, iba aumentando el calor en el vagón, y no resultaba muy cómodo viajar dentro de aquella especie de marea. Aun así, estaba abstraída mirando el limitado panorama de las ventanillas, cuando algo me sobresaltó. Una mano se posaba en mi cintura.

Al principio pensé que alguien se había apoyado para no caerse. Sin embargo, la mano seguía allí, y no sólo eso sino que se atrevió a traspasar el límite de mi chaqueta y encontrar mi blusa. Pensé fugazmente en armar un espectáculo al osado pasajero, pero algo en la manera en que tocaba me hizo callarme.

Mi silencio le concedió el permiso para continuar. Ahora la mano iba hacia delante y, desabrochando un botón de la blusa, serpenteaba por mi cintura. Me acarició el talle, subió hacia el sujetador y se coló por debajo.

Tenía cada vez más calor y notaba que me estaba poniendo colorada: a pesar de la aglomeración, alguien podía darse cuenta. El rubor casi se hizo desmayo cuando pude notar cómo otra mano ascendía por la abertura de mi falda y llegaba hasta mi sexo, donde la dejó quieta. Aún me daba más vergüenza notar que estaba completamente mojada. Y saber con seguridad, aunque no podía verlo, que era el chico del libro el que así me estaba tocando.


Foto: Didier Carre

2 comentarios:

Eu dijo...

Mui elegant tu blog...

arnand37 dijo...

Excitante... siempre excitante.