27 de mayo de 2006

Curiosidades



Los próximos días 1, 2 y 3 de junio se va a celebrar en la Alcudia (población valenciana cerca de Alzira) el cuarto Festival Agro-Erótico (se puede ver el programa aquí). Yo no he estado nunca, pero debe ser cuando menos curioso. Ya se sabe que el campo puede resultar muy estimulante...

Lo que sigue es un ejemplo de cómo dedicarse a las labores del hogar, con excitantes resultados...

Tapicería de tema erótico. Algo llamativo para el salón, eso sí. Visto en sexoteric blog (muy recomendable, en inglés).

Y por último un anuncio de coches muy original... aunque supongo que falso. Visto en una página francesa, Les fleurs d'Eros.

26 de mayo de 2006

A oscuras

Nota: la imagen que he puesto habría quedado muchísimo mejor en este post. De todas formas la pongo aquí, creo que viene al caso.

Ya era de noche. Estaba a punto de apagar el ordenador de mi oficina y marcharme cuando el vigilante del edificio me llamó por teléfono para decirme que un tal señor S. estaba allí para traerme alguna documentación. Sonreí. Sabía que esa visita no era de trabajo.

Me dirigí hacia el ascensor para recibirle; los pasillos de mi oficina son algo laberínticos si no los conoces. De camino, pasé ante una puerta ligeramente abierta. Nunca me había llamado la atención, simplemente estaba allí, siempre cerrada. Casi siempre. La empujé y eché un vistazo. Estaba a oscuras, pero podía verse una especie de armario de metal cerrado con llave, como de un metro de alto, del que salían unos cables. Algún tipo de centralita o algo así, pensé. Aparte de eso, cajas vacías, formularios viejos, varios trastos en un espacio reducido. Dejé la puerta como estaba y seguí hacia el ascensor. Al salir S. le tomé de la mano y le conduje hacia el trastero. Cerré la puerta y nos quedamos a oscuras.

-Pero mujer, enciende la luz...
-De eso nada, tendrás que arreglarte con las manos...

No se hizo de rogar. Me empujó contra la puerta y me besó ansiosamente, mientras me desabrochaba la blusa y me sacaba los pechos del sujetador sin quitármelo. Yo le quité el cinturón y le bajé los pantalones. Podía notar su erección a través de la falda. Luego dejó de besarme, pero noté su lengua descendiendo por mi cuello, por el pecho, el vientre. Percibí sus manos levantando la falda, sus dedos acariciando sin tocar apenas la cara interna de los muslos. Al llegar a las bragas me acarició sin quitármelas, mucho rato, hasta que no aguanté más. Me hice a un lado, con la idea de bajármelas yo misma. Al extender una mano para sostenerme encontré la parte de arriba del armario metálico.

Se me ocurrió apoyarme sobre el armario, de espaldas. Me levanté la falda hasta la cintura y esperé que él, tanteando, me encontrara, como efectivamente hizo. Puso sus manos, primero en mis nalgas, luego entre ellas, bajando hacia mi sexo. Le sentí a él pegándose a mi cuerpo, pero no me penetró como esperaba. Se restregaba contra mi culo, metía su miembro entre mis muslos, pero nada más. No podía estar más duro ni yo más húmeda. Me di la vuelta y me pegué a él, mi boca contra la suya.

-Y bien, qué esperas...
-Nada, sólo que me lo pidas.
-Fóllame...

Y me senté sobre el armario. Me penetró de golpe y follamos, desde luego, como si no lo hubiéramos hecho en años. Oía repiquetear algún sonido a lo lejos hasta que me di cuenta de que era uno de mis tacones golpeando contra el armario. Sudábamos a mares. Detrás de mí se cayó una caja. Nos corrimos entre gritos. A oscuras.

Me pareció oír el teléfono de mi despacho, encendí la luz, me arreglé la ropa. Me despedí de él con un beso y un guiño.

-Otro día que venga, me enseñas la sala de reuniones...


Ilustración: Barthet
Oyendo ahora esta maravilla:

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22 de mayo de 2006

La primera vez



ara variar un poco, el texto del post de hoy no lo he escrito yo. Me lo encontré de casualidad, navegando por este foro (sí, a veces dedico mis ratos libres a los videojuegos: todos tenemos algún vicio inconfesable). Se trata de un texto con recomendaciones para "la primera vez" y me ha encantado, así que lo reproduzco aquí, con permiso de su autor.

Lo primero es contar con muuuuuuucho tiempo por delante. Por menos de 8 horas, déjalo para mejor ocasión. El sexo es algo muy privado, muy íntimo, es absolutamente necesario estar seguro de que estaréis cómodos, tranquilos, sólos, y sin preocupaciones de que nadie os interrumpa. Apagad los móviles.

Antes de acudir a la cita, báñate durante, al menos, una hora. La bañera, hasta arriba, y bien de jabón: los dedos, arrugadetes. Y límpiate bien a fondo el rabo, pero a fondo, a fondo, a fondo. Este suele ser el momento de la pajilla pre-nochedepasión; es bueno descargar antes, siempre, y sobre todo, a tu edad y en tu situación. De momento, pasa de cortes y recortes de pelo: no es la oportunidad ideal para parecer un actor porno.

El lugar del crimen: poned música non-stop. No por nada, es para que, llegado el momento, la música ahogue vuestros susurros, gemidos y/o alaridos. La idea general del asunto consiste en que ella se encuentre cómoda y confiada, tranquila y segura de lo que hace. Si tiene miedo a que alguien os oiga folletear, no se relajará adecuadamente. La luz: existente, pero escasita. No dudo de que tu novia esté como un queso, pero seguro que tiene sus vergüenzas, sus defectillos, sus pudores y sus complejos. Háblala mucho, tendrás que transmitir una confianza y una seguridad que probablemente no tengas... Debes mostrarte tranquilo y feliz. Hazla sentir la mujer más deseada del mundo. Los lengüetazos y los chupetones están bien, pero antes, suminístrala una buena ración de abrazos y mimos varios. Antes de mostrarte apasionado, muéstrate cariñoso.

Bueno, cuando la cosa llegue a ese punto en el cual sabréis que empieza todo, échale valor y desnúdala tú. Aquí viene el primer jefe final de fase: debes desnudarla muyyyyy lentamente, Y NO APARTAR NI POR UN SÓLO MOMENTO TUS OJOS DE LOS SUYOS. Si eres lo suficientemente delicado, superarás con nota uno de los momentos más problemáticos para ellas: su propio cuerpo. El mensaje que un varón transmite a una mujer mientras la desnuda sin reparar en su cuerpo es muy bueno: te interesa hacer el amor ( o follar, o como lo llames) con ella, no con su cuerpo. Al pudor se le combate con leeeeentiiiiiiiiiiituuuuuuuuuuuuud.

Ya empiltrados, dedícate durante mucho, mucho rato, a acariciar su cuerpo, no sólo con tus manos, sino con todo tu cuerpo. Para eso te bañaste una hora: ahora tienes la piel suave, tierna y caliente, como la de un quinceañero. Durante la primera media hora (nusé, son tiempos orientativos, nada de relojes... mucho rato, es lo que digo), acariciala por todas las partes de su cuerpo por igual, sin prestar especial atención a nada concreto, pero sin esquivarlo. Quiero decir, acaricialo todo, pero no te quedes en zona concreta alguna. Mide y sopesa su grado de excitación: para cuando detengas tus caricias en las áreas más concretas, ella ya estará todo loca por que le prestes atención a su entreingle. Consejo brutal: caricias ascendientes desde la rodilla a la ingle, por la parte interior. Sub-consejo brutal: engáñala con tus caricias: hazle pensar que ya, por fín, la vas a tocar el coño como es debido... pero pasa de largo! Esto, sólo dos veces: a la tercera, se cagará en todo.

Cuando la cosa se haya puesto la hostia de sexual (lo notarás por el abundante caudal de flujo que celebrará tus caricias íntimas), es hora de recorrer su cuerpo con tu boca. Oooooootra vez, tomate tu tiempo, deja que la excitación supla tu inexperiencia, celebra cada terminación nerviosa de su piel... Y bájate al pilón. Despacito, como a lo tonto, recorriendo sus muslos y su vientre... si vas poco a poco hasta el pilón, para cuando llegue el primer lametón al potorro, ya tendrás el 80% hecho. Olvídate de lo que has visto en las pelis porno, que los chochos de verdad no se comen a mordiscos: sé suave, inspírate, disfrútalo como si esas piernas no se fueran a cerrar jamás. Luego, subes un momento y le susurras al oído "cuando creas que es el momento, házmelo saber". Ella entenderá "cuando estés a punto de correrte, avísale". Esto va bien.

Llegado ese momento taaaaaaaan increíble de meterla en adobo, hazlo con mucha, mucha delicadeza y suavidad. Juega con la cabecita de tu cacharro de 16 Cmts alrededor de la vulva. Presiona su clítoris con tu glande (el capullo, para los profanos). Ponte la goma. Vuelve a juguetear al "capullo Vs. clítoris", ve dando ligeros empujoncitos contra su himen... y adentro. Y ahora viene el segundo jefe final de fase. NO TE MUEVAS. Quédate dentro, quieto, calentito, pero NO TE MUEVAS. Háblala, pregúntala cómo está, muéstrate feliz y contento, preocúpate por ella... tercera fase:comienza a moverte... pero a moverte, no a metisacar, mueve tu pelvis contra su pubis, movimientos suaves, pausados... la idea es que se haga a la idea de lo que es tener una polla dentro de su cuerpo. Cuando lo tenga claro, que empiece un suavísimo metisaca, pero suavísimo, suavísimo, porque como dés dos caderazos medio fuertes, te correrás como un conejillo.

No esperes que ella llegue al orgasmazo supremo folleteando. Para eso, en cuanto termines tú con lo tuyo, te sacas la goma y te pones a zampar la merienda el tiempo que haga falta. Luego, duchita, relajo, calentón de nuevo... e interpretar la frase mítica:

"Una vez más, desde el principio".

19 de mayo de 2006

¿Estás ahí?


¿Estás ahí, leyéndome ahora?

Puedo imaginarte sentada delante de la mesa de tu ordenador. Sé que llevas una bata, te has puesto cómoda para estar en casa, sentada descuidadamente en una silla con brazos. Te estás tomando algo, puede que un té. Mientras sostienes la taza, me estás leyendo.

Sé que te gustan las imágenes que ves. Sé que piensas que eres la protagonista de mi historia, o que estás viendo, escondida tras la puerta, lo que están haciendo mis personajes. Puedo ver cómo tus manos, calientes por la taza, se van colando en la abertura de la bata. Cómo se dirigen a tocar un pezón, mientras miran esa foto que tan excitante te parece.

Sé también que has abierto las piernas y las apoyas en los brazos de la silla. Puedo ver muy bien que los labios de tu sexo se abren, se humedecen, palpitan. Que los acaricias con tus dedos calientes como si fueran los pétalos de una flor imaginada. Oigo tu quejido ahogado mientras lees lo que he escrito, que es sólo para ti. Lo que tu placer me inspira.


Imagen: Fields Art

Oyendo ahora:

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15 de mayo de 2006

Sesión golfa


(Gracias a J. por la idea)


unca me han convencido las relaciones que se establecen por la red. Solía pensar que las páginas de contactos, los chats y similares eran algo que no se cree nadie, un simple juego donde uno puede vivir otra vida y los demás lo aceptan como tal.

Sin embargo, también resulta que a veces me puede la curiosidad, y eso fue lo que me ocurrió hace unos meses al pulsar un enlace a una página de anuncios personales.

Estuve navegando por ella bastante rato. Fotos más o menos reveladoras (la mayoría totalmente reveladoras), textos oscilantes entre el telegrama y el relato erótico. Se me ocurrió que sería divertido poner un anuncio, a ver qué pasaba. No incluí fotografía, no indiqué cómo era, ni qué cosas me gustaba hacer, ni pedía contacto personal. Sólo una escueta presentación, ofreciendo fantasear por el messenger. A la mañana siguiente casi ya no me acordaba del asunto.

Unos días después, entré a ver si alguien me había contestado. Me quedé asombrada: tenía el buzón lleno de los más diversos ofrecimientos, la mayoría bastante explícitos. Por supuesto, no contesté a ninguno. Pero allí mismo, casi al final de la lista, una de las respuestas me llamó la atención.

Tampoco llevaba fotografía, sólo un texto cuidadosamente redactado. Era de un hombre más o menos de mi edad y vivía no muy lejos. Algo en su mensaje me atrapó, no sé qué, pero decidí contestarle. Le propuse conectar por messenger a una hora determinada dos noches después.

Y allí estaba a la hora acordada. Se presentó al principio tímido, expectante, casi temeroso de causar mala impresión. Progresivamente fuimos cogiendo confianza, las conversaciones se hicieron más íntimas, por fin decididamente eróticas. Pero seguíamos sin saber nuestros nombres y sin conocer nada de nuestro aspecto físico. Me gustaba así, podía dejar volar la fantasía, imaginármelo de cualquier manera, sin temor a que al verle se desvaneciera el encanto.

Sin embargo, tanta intimidad hizo, de alguna manera, que la tensión se disparara. Los dos sabíamos que estábamos muy cerca, conocíamos al detalle las llaves de nuestro placer, pero temíamos romper el frágil hilo que nos unía. Finalmente decidimos salir de dudas. Nos conoceríamos sin conocernos. Quedaríamos en un cine, nos sentaríamos juntos, sin decirnos nada. Si no nos gustábamos saldríamos de allí como si no nos hubiéramos visto nunca. En caso contrario, él me pondría una mano en la pierna. ¿Y yo?

Al sábado siguiente acudí al multicine de las afueras donde habíamos quedado. Era la última sesión, una película alemana a punto de ser retirada, suponía que habría poco público. No me equivocaba, me dieron la entrada que pedí, casi al extremo de la última fila. Le mandé a él un mensaje por el móvil con el número de butaca, esperé los diez minutos que faltaban para el principio de la película. Pero antes me dirigí al baño: qué narices, pensé, si vamos a jugar hagámoslo bien. Llevaba una falda por la rodilla. Me quité el tanga y entré a la sala.

Ocupé mi asiento buscando a tientas, ya que habían apagado las luces. Pasaron cinco minutos y empecé a ver algunas cabezas en el patio de butacas, aquí y allá, aunque más de las que yo había pensado. De pronto me di cuenta de que no sabía cuál de las dos butacas a mis lados era la de mi compañero. ¿Y si entraba otro espectador y se sentaba en la butaca equivocada? Pasó un cuarto de hora, no venía nadie. Estaba nerviosa como una quinceañera, sentía el sudor frío en las palmas de mis manos, y sobre todo empezaba a temer haber llegado hasta allí en vano. Mandé un nuevo mensaje, ¿dónde te metes?

Y sí, entonces apareció. Procuré no mirar en su dirección, quería jugar limpio. De reojo podía observar su considerable altura, su ropa informal, sentía el olor de su colonia y sobre todo podía percibir sus nervios. Me acomodé en la butaca, procurando relajarme. No hice gesto alguno.

Unos minutos después empecé a notar que se removía en la butaca, sin duda presa de la misma inquietud que yo. No le hice esperar más, a fin de cuentas lo estaba deseando: llevé mi mano a su muslo. Dio un respingo de sorpresa, se suponía que eso era lo que tenía que hacer él, pero pasada la impresión me dejó hacer. Seguí subiendo, con una premeditada lentitud. Mi mano le encontró sin dificultades. La suya empezó a hacer el mismo recorrido sobre mi falda, en sentido inverso. No nos dimos ya más tregua. Mis manos, las suyas, en los sexos húmedos, dispuestos, enfebrecidos. El ambiente se llenó de olor a sexo, de gemidos apagados. Nos encontramos y nos conocimos.

Aunque al salir de la sala seguía sin saber su nombre.

Foto: R.C. Horsch

11 de mayo de 2006

Esperando


A veces se hace tan larga la espera...

7 de mayo de 2006

¿Me dejas que te desnude?



oy que no tenemos prisa,
¿me dejas que te desnude?

No hace falta que hagas nada,
tú sólo siéntate y mira.

Mira cómo paso un dedo por el cuello de tu camisa,
y desabrocho ese botón para poder olerte.

Sigo con los botones hacia abajo,
te doy un beso por cada uno.

No te quito la camisa todavía,
paso los dedos por el centro de tu pecho,
acaricio con la lengua los pezones,
sigo besando hasta llegar a la cintura.

Mis manos suben otra vez por vientre, pecho, hombros,
un poco más, fuera camisa.

Debajo del pantalón, tu sexo espera.
Lo acaricio por encima de la tela.
Sabes cómo me gusta imaginarme lo que hay dentro...

Por este botón, un beso más profundo.
Los labios vuelven a bajar hasta el ombligo.

Despacio, despacio, bajo la cremallera.
Te oigo suspirar, desde muy lejos.

Bajo un poco el pantalón, lo suficiente
para no tener que imaginar ya apenas nada.

Con un dedo repaso tus relieves.
Otro dedo se cuela por el elástico,
lo sigue, lo separa, termina por bajarlo...

Sólo un poco más y estás desnudo.
Yo ya te tengo donde quería, pero aún sigo vestida...
¿cómo continuarías?

6 de mayo de 2006

7 de mayo



Que tengáis feliz día, mamis...

Foto Cyril Torrent

5 de mayo de 2006

El espejo (y 2)

ntré en casa y me dirigí al dormitorio a cambiarme de ropa. Según pasaban los minutos me aumentaba el desasosiego de pensar qué hubiera podido ocurrir de haberme demorado en el piso de abajo, pero ya que no había sucedido nada decidí olvidar el incidente... la parte negativa, por supuesto, del rato pasado con mi vecina seguro que no iba a olvidarme fácilmente.

Ya cambiado y de camino al salón, pasé por la ventana que daba al patio interior. Como es lógico, la mirada se me fue a la ventana de mis vecinos, aunque esperando encontrarla con la persiana bajada (como cuando estaba yo allí). Sin embargo, estaba subida y los visillos descorridos. Se veía bastante bien el interior de la habitación, además de a mi vecina, que se encontraba de pie junto a la cama, con la misma lencería de antes, incluidas las medias. Escondiéndome como pude, observé la escena. Su marido, ya desnudo, se acercaba a ella, con evidentes signos de excitación.

No me considero un voyeur, pero he de reconocer que la situación me resultaba de lo más excitante, y más sabiendo que poco rato antes yo había estado haciendo lo mismo que ahora se disponía a hacer mi vecino. Efectivamente, más que abrazar, agarró a su esposa y se puso a manosearla sin contemplaciones; pero cesó en cuanto ella le dijo algo al oído. Lo vi desaparecer de la escena y entrar nuevamente con algo en la mano. Eran cuerdas.

Ay, pensé, qué le va a hacer este tipo a su mujer. Pero no. Con la boca abierta contemplé (bastante bien entre lo que se veía de la cama y el espejo) cómo mi vecina ataba a su esposo de manos y pies a las patas de la cama. Ya atado, ella se acercó a la ventana, supuse que a bajar la persiana. Tampoco. Mirando directamente hacia mí, tiró un poquito de los visillos, pero yo seguía viendo perfectamente lo que ocurría dentro. Se puso un dedo sobre los labios y me guiñó un ojo.

A continuación, se quitó las bragas y se subió a la cama. Se colocó sobre su marido, mirando hacia los pies de la cama, y se sentó (no se puede definir de otra manera...) directamente sobre su cara, obligándole a lamerla. Debía de hacerlo muy bien, se podían oír los gritos de ella cuando se corrió. De más está decir que yo también me encontraba en un estado casi febril, mirando la escena. Pero lo siguiente me descolocó por completo. La sumisa muñequita de hacía un rato se había convertido en una especie de ángel vengador: se subió sobre su marido con todo su peso, le hizo lamerle los pies, le abofeteó, le dio pellizcos que me dolieron hasta a mí. No me hubiera sorprendido nada verla sacar una fusta. En cambio él parecía encantado, sonreía, jadeaba, tenía una erección digna de un actor porno. Cuando más excitado estaba, ella le dio un último cachete, se puso un albornoz y salió del dormitorio, dejando a su marido aún atado. Un rato después volvió y bajó la persiana...

Ayer sonó el timbre de mi puerta. Era mi vecina. Llevaba una cuerda en la mano.

Tú eliges, me dijo....



Foto: Aaron Hawks

3 de mayo de 2006

Una imagen vale más...

Hace poco he descubierto la obra de un fotógrafo alemán llamado Gunter Hagedorn y me ha gustado tanto que he decidido poner aquí una muestra de sus fotos. Elegancia en estado puro. Que las disfrutéis.











Si os apetece más, aquí tenéis su página.