15 de mayo de 2006

Sesión golfa


(Gracias a J. por la idea)


unca me han convencido las relaciones que se establecen por la red. Solía pensar que las páginas de contactos, los chats y similares eran algo que no se cree nadie, un simple juego donde uno puede vivir otra vida y los demás lo aceptan como tal.

Sin embargo, también resulta que a veces me puede la curiosidad, y eso fue lo que me ocurrió hace unos meses al pulsar un enlace a una página de anuncios personales.

Estuve navegando por ella bastante rato. Fotos más o menos reveladoras (la mayoría totalmente reveladoras), textos oscilantes entre el telegrama y el relato erótico. Se me ocurrió que sería divertido poner un anuncio, a ver qué pasaba. No incluí fotografía, no indiqué cómo era, ni qué cosas me gustaba hacer, ni pedía contacto personal. Sólo una escueta presentación, ofreciendo fantasear por el messenger. A la mañana siguiente casi ya no me acordaba del asunto.

Unos días después, entré a ver si alguien me había contestado. Me quedé asombrada: tenía el buzón lleno de los más diversos ofrecimientos, la mayoría bastante explícitos. Por supuesto, no contesté a ninguno. Pero allí mismo, casi al final de la lista, una de las respuestas me llamó la atención.

Tampoco llevaba fotografía, sólo un texto cuidadosamente redactado. Era de un hombre más o menos de mi edad y vivía no muy lejos. Algo en su mensaje me atrapó, no sé qué, pero decidí contestarle. Le propuse conectar por messenger a una hora determinada dos noches después.

Y allí estaba a la hora acordada. Se presentó al principio tímido, expectante, casi temeroso de causar mala impresión. Progresivamente fuimos cogiendo confianza, las conversaciones se hicieron más íntimas, por fin decididamente eróticas. Pero seguíamos sin saber nuestros nombres y sin conocer nada de nuestro aspecto físico. Me gustaba así, podía dejar volar la fantasía, imaginármelo de cualquier manera, sin temor a que al verle se desvaneciera el encanto.

Sin embargo, tanta intimidad hizo, de alguna manera, que la tensión se disparara. Los dos sabíamos que estábamos muy cerca, conocíamos al detalle las llaves de nuestro placer, pero temíamos romper el frágil hilo que nos unía. Finalmente decidimos salir de dudas. Nos conoceríamos sin conocernos. Quedaríamos en un cine, nos sentaríamos juntos, sin decirnos nada. Si no nos gustábamos saldríamos de allí como si no nos hubiéramos visto nunca. En caso contrario, él me pondría una mano en la pierna. ¿Y yo?

Al sábado siguiente acudí al multicine de las afueras donde habíamos quedado. Era la última sesión, una película alemana a punto de ser retirada, suponía que habría poco público. No me equivocaba, me dieron la entrada que pedí, casi al extremo de la última fila. Le mandé a él un mensaje por el móvil con el número de butaca, esperé los diez minutos que faltaban para el principio de la película. Pero antes me dirigí al baño: qué narices, pensé, si vamos a jugar hagámoslo bien. Llevaba una falda por la rodilla. Me quité el tanga y entré a la sala.

Ocupé mi asiento buscando a tientas, ya que habían apagado las luces. Pasaron cinco minutos y empecé a ver algunas cabezas en el patio de butacas, aquí y allá, aunque más de las que yo había pensado. De pronto me di cuenta de que no sabía cuál de las dos butacas a mis lados era la de mi compañero. ¿Y si entraba otro espectador y se sentaba en la butaca equivocada? Pasó un cuarto de hora, no venía nadie. Estaba nerviosa como una quinceañera, sentía el sudor frío en las palmas de mis manos, y sobre todo empezaba a temer haber llegado hasta allí en vano. Mandé un nuevo mensaje, ¿dónde te metes?

Y sí, entonces apareció. Procuré no mirar en su dirección, quería jugar limpio. De reojo podía observar su considerable altura, su ropa informal, sentía el olor de su colonia y sobre todo podía percibir sus nervios. Me acomodé en la butaca, procurando relajarme. No hice gesto alguno.

Unos minutos después empecé a notar que se removía en la butaca, sin duda presa de la misma inquietud que yo. No le hice esperar más, a fin de cuentas lo estaba deseando: llevé mi mano a su muslo. Dio un respingo de sorpresa, se suponía que eso era lo que tenía que hacer él, pero pasada la impresión me dejó hacer. Seguí subiendo, con una premeditada lentitud. Mi mano le encontró sin dificultades. La suya empezó a hacer el mismo recorrido sobre mi falda, en sentido inverso. No nos dimos ya más tregua. Mis manos, las suyas, en los sexos húmedos, dispuestos, enfebrecidos. El ambiente se llenó de olor a sexo, de gemidos apagados. Nos encontramos y nos conocimos.

Aunque al salir de la sala seguía sin saber su nombre.

Foto: R.C. Horsch

5 comentarios:

arnand37 dijo...

mmmm... no sabías su nombre, pero conocías otras cosas de el.
Me encantaría encontrar ese cine oscuro y buscarte por la fila 6 asiento 9.
Besox

Groutxo dijo...

que bueno....

Placeres dijo...

excelente cita a ciegas!!!.. asi le llamamos por aca.
Si fantasia o realidad, pero me gusto la idea para el proximo encuentro de ese tipo, no los acostumbro pero no esta nada de mal.
Humedo blog!!, rica!!
Besos y muchos...
Placeres!!!

Humbert dijo...

siempre me sorprendes.

un placer

Onán dijo...

Buenas tardes, Anais!

Que nombre tan original para una mujer normal, con una vida normal.

Aqui, un hombre normal y de Levante que vagando de blog en blog ha venido a tu espacio y a este post de la sesión golfa (cuanto tiempo que no voy a una sesión golfa) y te deja un saludito.

Por cierto, que no sabes como me gustaria echarle el guante al 'Delta de Venus' de tu tocaya Anais, mmmmmm... que recuerdos de mi adolescencia me vienen, de cuando lo leia 'a escondidas' y con una sola mano. Es uno de los libros más eróticos que he leido (junto con 'Pajaro de Fuego' de la misma autora). Lo que pasa es que el libro desapareció, es decir se lo llevaria alguno de mis hermanos y ahora esta descatalogado, asi es que no lo encuentro.

Ha sido un placer, Anais.

Espero seguir visitándote.