19 de julio de 2006

Un juego nuevo

"Hoy quiero que probemos alguna cosa nueva..."
"¿Lo que yo quiera?"
"Sí, te dejo que elijas tú".

Esa conversación había tenido lugar por la mañana. Ahora los dos iban subidos en el coche de él, en silencio.

Condujo un buen rato, dio unas cuantas vueltas por un barrio que ella desconocía y aparcó. Entraron en un edificio de viviendas muy grande, viejo y destartalado. Un pasillo oscuro llevaba al ascensor. A mitad del pasillo él la tomó del brazo, la hizo detenerse y pegarse a la pared. Se acercó a ella tanto como pudo y, sacando una tela de no se sabe dónde, le vendó los ojos.

De esa forma la condujo al ascensor. En el cubículo ella percibió que él estaba a sus espaldas. Un par de veces le rozó el cuello con los labios, poco más que lo suficiente para notar su aliento, pero evadiéndola al acercarse. Subieron varios pisos, quizá seis o siete. Al pararse continuaron por lo que también parecía un largo pasillo. Se oía algún ruido ocasional a los lados, olía a comida. Finalmente se detuvieron, se abrió una puerta, entraron a una habitación que se adivinaba grande por el eco de sus pisadas.

Ella quedó de pie, sin ninguna pista de qué tenía que hacer. Se decía a sí misma que no había nada que temer, pero no podía evitar cierta inquietud. Él no había dicho una palabra desde que habían dejado el coche, ni lo hizo ahora. Pasaron unos instantes que se hicieron eternos, aunque puede que sólo fueran unos segundos. Finalmente ella sintió las manos de él posándose en sus hombros como tantas veces lo habían hecho antes, dirigiéndose lentamente a su escote, abriéndole la blusa con exasperante lentitud hasta quitársela, lo que ella agradeció porque hacía mucho calor en la habitación, o quizá no, pero de todas formas estaba sudando.

Después volvió a notar las mismas manos en sus caderas, bajando hasta el borde de la falda y levantándolo hasta sacársela por la cabeza. Luego se acercó un poco más para quitarle el sujetador con delicadeza, se oyó su ligero sonido al caer al suelo. Finalmente sintió su presencia ante ella: intentó tocarlo, pero él no lo permitió. En lugar de eso se agachó, le quitó un zapato, después otro, por fin las bragas.

Un momento de ausencia. Ella no tenía ni idea de qué hacer, y se sentía vulnerable, pero también muy excitada, y sabía que él lo sabía y que la miraba. Su mano volvió a indicarle el camino, ahora dieron unos pasos hasta que sintió a su espalda algo frío que no identificó de momento, pero que al pegarse más reconoció como una reja de hierro. Un beso suave en la mano, el brazo estirado hasta ponerlo en cruz, y una tela atándolo a la reja. Igual la otra mano.

Nueva pausa. Un contacto en un pie. Esperaba otra atadura, pero no fue eso lo que ocurrió: le estaba poniendo una media. Según subía, podía percibir también los labios de él siguiendo el camino por el que las manos se deslizaban, milímetro a milímetro. Ya con ambas medias, un ligero movimiento para levantarle un pie: lo sintió deslizarse dentro de un zapato alto y estrecho. Uno tras otro. Ahora sí, le ató ambos tobillos a la reja con la misma tela de las manos, dejándole las piernas abiertas.

Pudo oír ruidos de tela y supo que él se estaba desvistiendo, a no mucha distancia. Hubiera querido al menos quitarse la venda y verlo, pero había prometido dejarle hacer, de manera que esperó. No demasiado. La tomó de la cintura y suavemente la hizo arquear el cuerpo para apartarlo de la reja, pero fue para ponerle una nueva prenda: algo duro, que abarcaba del talle a las caderas, que se iba cerrando poco a poco hasta dejarla casi sin respiración... ahora que la tenía tan acelerada.

Sabía que él estaba en el otro lado de la reja, aunque casi sin contacto con ella. Pero poco a poco se fue acercando, podía sentir el pecho de él contra su espalda, las manos posadas en su cintura y el sexo entre sus nalgas. Eso hizo que se sintiera más húmeda y se pegara más a la reja. De pronto, nada.

Pasaron algunos minutos. Ni un sonido. Ya empezaba a rebullirse inquieta cuando dio un respingo: los labios de él en el hueco de su cuello. Bajando por el escote, la axila. Un ligero contacto de la lengua paseándose por el pecho hacia un pezón. y de repente la calidez convirtiéndose en frío y dureza: le estaba pasando un hielo por los senos, el cuello, los labios. Al tiempo que rodeaba con el hielo un pezón tenía el otro dentro de su boca. Ella se sentía morir de gusto, de impaciencia, de nervios. Entonces le quitó la venda de los ojos.

4 comentarios:

Zârck. dijo...

Me atraen los juegos en los que todos los participantes ganan...
Saludos desde el Jardín.

Maria Lasciva dijo...

mmmmuy excitante...
besos

Perseo dijo...

Esto de dejarte hacer sin saber qué te hacen es muy excitante...

Perseo

Pablo dijo...

me ha encantado tu blog

te pongo en mis enlaces!