31 de agosto de 2006

¿Quieres que te cuente...


... la fantasía que he tenido hoy contigo?

Habíamos quedado para comer en un restaurante cerca de mi trabajo, me había arreglado con esmero para ti, te esperaba nerviosa por si no podías venir, por si algo fallaba, qué se yo. Pero al fin llegaste, besos en las mejillas, qué guapa estás, qué tal el viaje. En el restaurante hablábamos de asuntos triviales, pero podíamos notar nuestro deseo como una corriente subterránea, el brillo de tus ojos al mirar mi escote, el cada vez más frecuente y menos casual roce de nuestras piernas. No perdimos el tiempo después del café: me propusiste ir contigo a un sitio más tranquilo, afortunadamente cerca de allí...

Fuimos cogidos de la mano, casi sin hablar, yo me sentía y te sentía a ti reventando de excitación, y una vez llegados a tu habitación y cerrada la puerta, no perdimos el tiempo con ceremonias: me manoseaste con ansia por encima de la ropa, me quitaste las bragas de un tirón, nos besamos furiosamente, nos mordimos. Me llevaste de la mano hasta la cama, para tumbarme en ella, te bajaste la cremallera de los pantalones, me penetraste. Así vestidos. Me hiciste gemir, me hiciste derretirme por dentro. Como tú sabes.

Pero no te quedaste ahí. Me diste la vuelta y me pediste que me pusiera a cuatro patas. No podía verte, pero te notaba saboreando las humedades que me habías provocado. Atormentando mi clítoris con tu lengua. Subiendo y bajando por los muslos, los labios vaginales, el ano. Acariciando, lamiendo, mordisqueando. Sintiendo tus dedos abriéndose camino por mis huecos. Y de pronto otra vez tu sexo llenando el mío y tu boca susurrándome al oído, ven, preciosa, córrete conmigo.

Y lo mejor es que aún nos quedaba toda la tarde por delante.

29 de agosto de 2006

De vacaciones con Paul


Bueno, no es que me haya ido de vacaciones con nadie llamado Paul (aunque con éste en particular no me importaría demasiado, jeje). Lo que sí me he llevado conmigo (y he devorado) ha sido dos libros de Paul Auster, flamante premio Príncipe de Asturias de las Artes, a quien he de reconocer que no tenía entre mis autores más leídos. Creo que eso cambiará desde ahora: El palacio de la Luna y La música del azar (más la primera, diría yo; os dejo un fragmento más abajo) son de esas obras que te hacen enamorarte de una forma de escribir.

De otro lado, pues sí, estoy de vuelta en mi escondite, pasando calor de nuevo y muy agradecida por los comentarios que me habéis dejado en mi última entrada. Muchos besos desde aquí a todos vosotros.

En varias ocasiones tuvimos citas amorosas en apartamentos vacíos. Kitty era la que se encar­gaba de organizar estos encuentros, hablando con amigos de amigos de amigos para pedirles que nos permitieran usar un dormitorio durante unas horas. Había algo frustrante en todo aquello, pero al mismo tiempo era emocionante, una fuente de excitación que añadía un elemento de peligro e incertidumbre a nuestra pasión. Corrimos riesgos que fácilmente podrían habernos llevado a situaciones de lo más embarazosas. Una vez, por ejemplo, paramos un ascensor entre dos pisos y, mientras los furiosos vecinos gritaban y daban golpes protestando por el retra­so, le bajé a Kitty los vaqueros y las bragas y le provoque un orgasmo con la lengua. Otra vez lo hicimos en el suelo de un cuarto de baño durante una fiesta, echando el pestillo y haciendo caso omiso a la gente que formaba cola fuera, esperando su turno para usar el retrete. Era un misticismo erótico, una religión secreta restringida a sólo dos miembros. Durante toda esa primera etapa de nuestra relación, nos bastaba con mirarnos para excitar­nos. No bien tenía a Kitty cerca de mí, empezaba a pensar en hacer el amor con ella. Me resultaba imposible mantener las manos apartadas de ella y cuanto más conocía su cuerpo, más deseaba tocarlo. Un día, llegamos incluso a hacer el amor en el vestuario de la escuela, después de uno de sus ensayos de baile, cuando se fueron las demás chicas. Ella iba a participar en una función al mes siguiente y yo trataba de ir a sus ensayos nocturnos siempre que podía. Ver a Kitty bailar era casi tan maravilloso como abrazarla y yo seguía las evoluciones de su cuerpo por el escenario con una especie de delirante concentración.

Foto: Konrad Gos

20 de agosto de 2006


Bueno, pues después del calor que he pasado este verano en la ciudad, os abandono una semanita para irme a un lugar más fresquito, concretamente a los Pirineos. Aunque si alguien me ve por allí probablemente lleve más ropa que la señorita de la foto.

Besos a todos y os encuentro a la vuelta.


Foto: Peter Bajzek

15 de agosto de 2006

Madrugada


CASIDA DE LA ALTA MADRUGADA

Cuando te acuerdes de mi cuerpo
y no puedas dormir
y te levantes medio desnuda
y camines a tientas por tus habitaciones
borracha de estupor y de rabia

en algún lugar de la Tierra
yo andaré insomne por algún pasillo
careciendo de ti toda la noche
oyéndote ulular muy lejos y escribiendo
estos versos degenerados.


Félix Grande

La ilustración de arriba es obra de una artista lituana que me encanta, Natalie Shau. Si queréis ver alguna cosa suya más podéis hacerlo aquí.

13 de agosto de 2006

El sofá


quella tarde había empezado siendo una de tantas: los amigos reunidos en un bar del casco antiguo, charla, copas, un rato agradable. Sin embargo, por una cosa o por otra todo el mundo se había tenido que ir antes de hora, y finalmente nos quedamos solos J y yo en el bar.

-Bueno, pues será cosa de irse a casa, te acompaño...

Nos pusimos las chaquetas y salimos a la calle, caminando tranquilamente. Él vivía algo más cerca del bar. Al pasar por una calle próxima a su casa, me dijo:


-Ah, por cierto, me acabo de comprar un sofá nuevo, y algunas cosillas para el piso. A ti te gusta la decoración, si quieres podríamos subir a verlo...


-Vale, por qué no, aún no es tarde...


Dicho y hecho, nos dirigimos a su portal. En el corto trayecto del ascensor no dijimos nada, notaba que me miraba algo más intensamente que de costumbre, y que estaba más cerca de mí de lo que requería el espacio. Le sonreí. Sabía lo que estaba pensando.


Llegamos a su piso, abrió la puerta, entramos, cogiéndome por los brazos me arrinconó contra la puerta y me besó hasta quedarnos sin aire, un beso húmedo, salvaje. Su mano intentaba subir por entre mis piernas, la detuve.


-Espérame en el salón.


Ahora sonrió él, y se dirigió obediente al salón. Yo ya conocía la casa, y me encaminé a su dormitorio. Sobre la cama estaba una de sus camisas, extendida. Me desnudé por completo y me la puse.


Regresé al salón, donde él ya me esperaba, sentado en el sofá; se había quitado la chaqueta y los zapatos. Me puse ante él, a la distancia justa para no tocarle. Me desabroché la camisa con toda la lentitud de que fui capaz, botón a botón, hasta dejarla caer al suelo.


Él me miraba con ojos de deseo. Podía apreciar su respiración agitada y su excitación creciente. Me agaché hasta quedar levemente por encima de su cabeza y acerqué un dedo a su frente, desde donde lo fui bajando por la nariz, los labios, la barbilla, el cuello. Tropecé con un botón de su camisa, lo desabroché con una mano. Otro, otro, y otro más.


Yo no le miraba, pero podía sentir sus leves gemidos cuando mis dedos rozaban su torso, y su mirada detenida sobre mis pechos.


Ya desabrochada la camisa, el siguiente paso requería acercarse más: me puse a horcajadas sobre él, le saqué la camisa, desabroché el cinturón y lo saqué lentamente de sus presillas, mirándole con picardía. Deslicé un dedo travieso entre el pantalón y su cintura. Desabroché el botón del pantalón, cogí la cremallera con la punta de los dedos, la bajé tan despacio como pude con un interminable risssss.


Me levanté de nuevo, y tomando a la vez el pantalón y el calzoncillo le quité ambos. Con las manos le hice abrir las piernas y me arrodillé entre ellas. Desde las rodillas mis manos bajaron hasta tocarle los pies, las pantorrillas, la cara interna de los muslos, la cara exterior hasta llegar al culo. El vientre.


Un dedo se acerca al sexo. Lo recorre explorándolo, sintiendo sus ligeros movimientos como si tuviera vida propia. Rodea la punta y vuelve a bajar. Acaricio los testículos y se los beso. Ahora es toda la mano la que toca, investiga, siente el calor, la suavidad, la dureza. Rodea el glande para aprenderse su textura y su forma y lo siente húmedo. Los labios se aproximan para besarlo, la lengua lo recorre para humedecerlo, se desliza suavamente en mi mano y entra dócil en mi boca ávida. Entra y sale, los dientes rozan un poquito la punta.


Los gemidos habían ido subiendo de tono, nos cubría el sudor, no habíamos dicho aún nada, pero los dos sabíamos que le deseaba dentro. Acerqué un puf que había por allí, le hice subir las piernas y me puse otra vez sobre él, pero ahora dándole la espalda, con las manos en sus rodillas. Su sexo estaba tan duro y yo tan húmeda que entró en mí casi sin más que acercarnos. Me quedé quieta un momento, disfrutando de la sensación de tenerle dentro, y empezando luego a moverme despacio, despacio, cada vez más rápido, sintiendo sus dedos clavados en mis pechos, en mis caderas, en mi culo, sintiéndonos jadear y gritar, sintiéndole correrse en mi interior.

Agotada, me tumbé sobre el sofá, mientras él se levantaba y salía del salón, para volver al poco rato llevando en la mano un pañuelo que yo tenía puesto ese día, uno de seda, alargado, que me había regalado precisamente él en mi último cumpleaños. Me lo quedé mirando sorprendida.

-No te preocupes -me dijo sonriente-. Si se estropea, te regalo otro...

Se acercó de nuevo al sofá, se sentó ante mí en el puf y con delicadeza me abrió las piernas y se inclinó para acariciar mi sexo, primero con los dedos, después con su lengua, explorando, recorriendo, tomando posesión de cada recoveco, y provocándome un respingo al sentir que lentamente, pero con decisión, me introducía el pañuelo en la vagina, algo más de la mitad; y después, ayudándose de mis flujos, recorría con sus dedos el camino que llevaba al ano, y suavemente y muy despacio metía el resto del pañuelo por allí; siguió lamiendo mi sexo, estimulándolo con labios, lengua, dedos, atento al temblor que anunciaba mi orgasmo, para sacarme el pañuelo a la vez y provocarme la más deliciosa corrida que recordaba yo en mucho tiempo.

Al recuperarme, pude verle sentado en el sofá, a mis pies, mirándome y acariciándome las piernas. Sólo entonces me di cuenta de que efectivamente el sofá era nuevo. Nuevo, pero ya bien estrenado...


Foto: Jean Paul Four

11 de agosto de 2006

Campo de juego




A veces, me gusta jugar...


8 de agosto de 2006

Voces en la noche


voces en la noche
que susurran su deseo en mi oído
que gimen y suspiran en la hora más oscura
me cuentan su placer y escuchan el mío


Foto: Robert Whitman

6 de agosto de 2006


LABIOS BELLOS, ÁMBAR SUAVE

Con sólo verte una vez te otorgué un nombre,
para ti levanté una bella historia humana.
Una casa entre árboles y amor a media noche,
un deseo y un libro, las rosas del placer
y la desidia. Imaginé tu cuerpo
tan dulce en el estío, bañado entre las
viñas, un beso fugitivo y aquel -"Espera,
no te vayas aún, aún es temprano".
Te llegué a ver totalmente a mi lado.
El aire oreaba tu cabello, y fue sólo
pasar, apenas un minuto y ya dejarte.
Todo un amor, jazmín de un solo instante.

Mas es grato saber que nos tuvo un deseo,
y que no hubo futuro ni presente ni pasado.


Luis Antonio de Villena



Foto: Alex Ingram

3 de agosto de 2006

Donde quiera que estés


Dondequiera que estés,
te gustará saber
que por flaca que fuese la vereda
no malvendí tu pañuelo de seda
por un trozo de pan
y que jamás,
por más cansado que
estuviese, abandoné
tu recuerdo a la orilla del camino
y por fría que fuera mi noche triste,
no eché al fuego ni uno solo
de los besos que me diste.

Por ti,
por ti brilló mi sol un día
y cuando pienso en ti brilla de nuevo
sin que lo empañe la melancolía
de los fugaces amores eternos.

Dondequiera que estés
te gustará saber
que te pude olvidar y no he querido,
y por fría que sea mi noche triste
no echo al fuego ni uno solo
de los besos que me diste.

Dondequiera que estés....
si te acuerdas de mí.

En esta especie de manía que me ha dado últimamente por rescatar canciones de Joan Manuel Serrat, traigo hoy una cuya letra es una de las que más me gustan, quizá porque habla de los amores perdidos, esos que por derecho propio ocupan un huequito en nuestra vida, aunque sea sólo por el tiempo que nos mantuvieron ilusionados.

En particular me acuerdo ahora del que podría llamar mi primer amor, o por mejor decir mi primer amante, puesto que fue la persona que me inició (hace tanto ya...) en estas cositas tan agradables del sexo. Cierto que en una situación no muy romántica (el asiento de atrás de un Renault 5 no da para muchas acrobacias, lo puedo jurar) y que después las cosas no siguieron por muy buen camino, pero sí me dejó algo marcado: el gusto por la lentitud, por la exploración minuciosa, por las caricias perdidas por cualquier rincón de la piel. Las prisas pueden tener su gracia y el riesgo sin duda excita, pero para mí sexo significa tiempo por delante y ganas de recorrer cada centímetro del cuerpo del amante.

Donde quiera que estés, abrazos, Toni.



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1 de agosto de 2006

Hoteles



ay muchos hoteles en el mundo.
Hay hoteles caros y baratos, fríos y acogedores.

Hay hoteles que son como una casa y hoteles
que parecen salidos de una película de miedo.

Hay hoteles donde pasar tardes inolvidables
y otros donde pasar noches que deben ser olvidadas.

¿Y tú?
¿Cuándo estaré en un hotel contigo?