29 de agosto de 2006

De vacaciones con Paul


Bueno, no es que me haya ido de vacaciones con nadie llamado Paul (aunque con éste en particular no me importaría demasiado, jeje). Lo que sí me he llevado conmigo (y he devorado) ha sido dos libros de Paul Auster, flamante premio Príncipe de Asturias de las Artes, a quien he de reconocer que no tenía entre mis autores más leídos. Creo que eso cambiará desde ahora: El palacio de la Luna y La música del azar (más la primera, diría yo; os dejo un fragmento más abajo) son de esas obras que te hacen enamorarte de una forma de escribir.

De otro lado, pues sí, estoy de vuelta en mi escondite, pasando calor de nuevo y muy agradecida por los comentarios que me habéis dejado en mi última entrada. Muchos besos desde aquí a todos vosotros.

En varias ocasiones tuvimos citas amorosas en apartamentos vacíos. Kitty era la que se encar­gaba de organizar estos encuentros, hablando con amigos de amigos de amigos para pedirles que nos permitieran usar un dormitorio durante unas horas. Había algo frustrante en todo aquello, pero al mismo tiempo era emocionante, una fuente de excitación que añadía un elemento de peligro e incertidumbre a nuestra pasión. Corrimos riesgos que fácilmente podrían habernos llevado a situaciones de lo más embarazosas. Una vez, por ejemplo, paramos un ascensor entre dos pisos y, mientras los furiosos vecinos gritaban y daban golpes protestando por el retra­so, le bajé a Kitty los vaqueros y las bragas y le provoque un orgasmo con la lengua. Otra vez lo hicimos en el suelo de un cuarto de baño durante una fiesta, echando el pestillo y haciendo caso omiso a la gente que formaba cola fuera, esperando su turno para usar el retrete. Era un misticismo erótico, una religión secreta restringida a sólo dos miembros. Durante toda esa primera etapa de nuestra relación, nos bastaba con mirarnos para excitar­nos. No bien tenía a Kitty cerca de mí, empezaba a pensar en hacer el amor con ella. Me resultaba imposible mantener las manos apartadas de ella y cuanto más conocía su cuerpo, más deseaba tocarlo. Un día, llegamos incluso a hacer el amor en el vestuario de la escuela, después de uno de sus ensayos de baile, cuando se fueron las demás chicas. Ella iba a participar en una función al mes siguiente y yo trataba de ir a sus ensayos nocturnos siempre que podía. Ver a Kitty bailar era casi tan maravilloso como abrazarla y yo seguía las evoluciones de su cuerpo por el escenario con una especie de delirante concentración.

Foto: Konrad Gos

2 comentarios:

Juanjo dijo...

Yo también fui de vacaciones con Paul... Cómo es que no nos hemos encontrado? Quizás porque yo escogí Brooklyn Follies...

Un beso, preciosa...

Juanjo.

arnand37 dijo...

Es delicioso tenerte de vuelta y poder leerte...
Besos, encanto