30 de septiembre de 2006

Más cambios...

Probablemente los que entráis con alguna frecuencia en el blog habréis visto que desde ayer aparecía lleno de símbolos extraños y que faltaban cosas. Eso se debe a mi manía de andar siempre cambiándolo todo: Blogger me ofreció la oportunidad de pasarme a su nuevo sistema de edición y así lo hice, sin caer en la cuenta de que no admite acentos ni signos tan raros como nuestra castiza eñe. Espero haberlo arreglado ya, aunque no he conseguido que reaparezca mi foto del perfil. Si alguien sabe cómo hacerlo, le agradecería que me lo dijera. Mientras, me voy a estrenar en la moda de poner videos en los blogs con éste, un clásico de Queen. Una inyección de buenos ánimos.


29 de septiembre de 2006


Ayer las imágenes, hoy me presta sus palabras. Otra vez gracias.


Te veo desde el umbral, tendida.

Y cuando creía que hace unas horas

la vida se te había escapado entre los labios,

me doy cuenta que me la entregaste con las manos.

27 de septiembre de 2006

Flores





Aún queda lejos la primavera...
Pero en el aire hay un aroma de pétalos
de oculta suavidad cubierta de rocío
esperando la lluvia...
...esperando florecer bajo tus manos.

(gracias al jardinero por el ramillete)

25 de septiembre de 2006

Cien


oy, por primera y última vez, voy a escribir para ti.
Aunque nunca me has leído, aunque nunca leerás estas palabras.
Por todo lo bueno que me has dado.
Por regalarme los tesoros más valiosos.
Aunque ahora veas que mis huellas se alejan en la arena
y quizá nunca puedas alcanzarme.
Ojalá que la vida sea dulce contigo.
Suerte.


Foto: Pascal Renoux

Esta no es la noche que tendría que haber sido.
Esta noche quería que me dieras tu deseo, quería dártelo todo.
Pero no he sabido decírtelo.
A veces las palabras no hacen lo que queremos...

21 de septiembre de 2006

Son de mar


Hoy, un fragmento del libro Son de mar, del autor valenciano Manuel Vicent. Puede que a veces la literatura nos refleje mejor que los espejos.

Los gritos de placer que Martina emitía llegaban hasta la calle. Los jilgueros y canarios colgados dentro de las jaulas en las ventanas callaron, un endero de ultramarinos se preguntaba qué gente habría allí arriba y hubo un grupo de gente que se quedó en la acera dispuesto a aplaudir la grandeza y calidad de aquel orgasmo que fue súbito y sin que mediaran previas palabras de amor o de deseo.
-¿Qué pasa ahí arriba?
-No es nada -contestó un peatón avezado-. Sólo es una mujer que está muy contenta estrenando el mundo.
Martina no se reconoció a sí misma en la profundidad de aquel placer, ni en aquellos gemidos, ni en la experiencia del amante que tenía en sus brazos, ni en el sudor que expelía. Toda la energía erótica acumulada durante diez años con tantas noches de soledad, las lágrimas reprimidas, aquella melancolía potenciada por la muerte acababa de saltar de su cuerpo quebrándolo por la cintura. Puede que haya mujeres que por miedo a perder su seguridad se sometan a un hombre. Martina encontró su fuerza para someter a Ulises sólo en el placer que le proporcionaba su posesión y a partir de ese momento su poder no hizo sino crecer hasta apoderarse de aquel cuerpo por completo como una de las serpientes de Laocoonte.

Foto: Frank Bodenschatz

19 de septiembre de 2006

En horario de trabajo


Viernes en la oficina. Hoy el jefe no ha venido. Algunos de mis compañeros parecen haber desaparecido sin dejar rastro. Estoy sola en el despacho, de vez en cuando se oyen pasos por el pasillo, pero pasan de largo. El trabajo del día ya hecho. El ordenador encendido, yo navegando de aquí allá por internet, sin fijarme demasiado en nada. Por pura rutina abro el messenger. Nadie conectado.

La mañana sigue sin mayor novedad. Me dejan algún papel en la mesa, suena alguna llamada buscando a otra persona. A las doce ya me está entrando sueño. Un cuadrado en la pantalla del ordenador llama mi atención: "X acaba de iniciar sesión".

Me enderezo en el asiento. Esas cinco palabras han sido suficientes para que me empiece a sentir excitada. Unos segundos después se abre una ventana de conversación. Un saludo, un rato de charla amable. De pronto y sin que tenga ninguna relación con lo que estamos hablando, X me pregunta cómo voy vestida. Sonrío, sé que llevo puesto lo que le gusta. Una falda ancha. Me pide que me la suba hasta las caderas. Lo hago.

Ahora, me pide que me quite las bragas. Miro alrededor, aunque sé que no hay nadie. La mesa cubre la visión de la mayor parte de mis piernas. Cojo las bragas y las dejo en un cajón de la mesa.

Aunque sabe perfectamente que sí, me pregunta si estoy excitada. Me pide que le describa cómo. Le cuento que mis pezones están duros bajo la tela de la blusa, que la parte interior de mis muslos se ha humedecido. Que he empezado a excitarme al verle conectado. Que lo estoy más porque me lo pregunta. Eso le gusta. Me dice que me va a seguir excitando hasta que llegue al orgasmo. Allí mismo en mi mesa de despacho.

Me acomodo lo mejor que puedo en la silla, quito las manos del teclado y las llevo bajo la falda. Acerco los dedos de la mano izquierda hasta los labios de mi sexo. Húmedos e hinchados. Los separo. La otra mano busca el clítoris, lo encuentra casi con un sobresalto. Lo acaricia lentamente, siguiendo la cadencia de las letras en la pantalla.

Cada línea que aparece hace aumentar la velocidad de mis dedos. Estoy acalorada, entreabiertos y húmedos los labios, sin poder evitar que se me escape algún gemido. Las piernas separadas, las manos acariciando, el cuerpo arqueado. Finalmente echo la cabeza hacia atrás, la pantalla se nubla por un momento, me vencen mis jadeos. Me quedo desfallecida, incapaz de moverme sobre la silla. Las líneas se han detenido. Mis manos vuelven al teclado.

"Anais dice:
Maravilloso...."

18 de septiembre de 2006

Así...

16 de septiembre de 2006

Cambios, cambios...


No, no os asustéis, no os habéis equivocado de blog... simplemente me apetecía un cambio de imagen y aquí lo tenéis, después de pelearme toda la tarde con el código de la página. ¿Por qué cambiar? Quién sabe, puede que para darle un aspecto más otoñal, o para celebrar que hoy he tenido la visita número quince mil, o que queda poco para los cien post... quizá para estar en consonancia con los cambios que estoy experimentando últimamente en mi vida, cambios importantes y que unos meses atrás nunca me habría esperado... No lo sé, pero bueno, aquí está, espero que os guste y seguiros viendo por mi escondite... que yo prometo seguir dando la lata mientras pueda.

13 de septiembre de 2006

Hambre



Tengo hambre de ti.
Hambre de tu cuerpo, de tu sexo, de tus labios.
Hambre de mirarte a los ojos sin engaños.
Hambre de sentirme desnuda bajo tus manos.

Hambre de devorarnos,
de vernos,
de pensarnos.

Y para saciar mi hambre
te daré mi cuerpo
te entregaré mi boca
te acogeré muy dentro
a escondidas
tras las puertas de mi cuarto.

10 de septiembre de 2006

La puerta 15


levaba una semana viviendo en mi nuevo apartamento cuando me crucé por primera vez con mi vecino de la puerta de al lado. Coincidió que salíamos los dos a la vez de nuestros pisos, cruzamos las miradas, esbozamos sonrisas de compromiso. Él bajó la escalera detrás de mí. Al llegar a la puerta de la calle, se adelantó para abrírmela.

-Hasta luego, vecina -me dijo mientras pasaba por su lado.

A partir de entonces me lo encontré con alguna frecuencia, siempre en el rellano o en la escalera. Me sonreía, cruzábamos algún saludo o algún comentario sobre el tiempo. Parecía algo más joven que yo, solía llevar vaqueros y camisas sueltas y lucía un flequillo siempre despeinado que le daba cierto aire travieso.

Las ventanas de mi salón, si es que se puede llamar así a la habitación que hacía de cuarto de estar, comedor y estudio todo-en-uno, daban a un patio interior, afortunadamente bastante luminoso, por el cual me enteré, al poco de llegar al piso, de toda la vida y milagros del resto del vecindario, merced a los comadreos que podía oír perfectamente incluso con las ventanas cerradas. Las de mi vecino, supuse, serían las que quedaban al lado de las mías, formando un ángulo recto, pero solían estar cerradas y con las persianas echadas. Sin embargo, al cabo de unos días empecé a verlas abiertas de vez en cuando, normalmente a altas horas de la noche, cuando yo aprovechaba para estudiar o leer gracias a la disminución de los ruidos que llegaban a mi salón. Unas cortinas oscuras, sin embargo, me velaban la visión del interior de su casa, pero no pasó mucho tiempo sin que mi vecino se dejara ver ocasionalmente a través de la abertura entre ellas, siempre fugazmente, echando una mirada al patio para desaparecer en segundos. Alguna vez me vio y me hizo con la mano un gesto de saludo.

Así pasó un mes o mes y medio, mientras llegaba el verano a la ciudad, un verano pesado y caluroso como hacía tiempo que no se recordaba, sin una brizna de aire que despejara las noches o hiciera las mañanas más llevaderas. Buena parte de las horas que pasaba en casa lo hacía metida en la ducha, en un combate inútil por librarme del sudor, que convertía cualquier esfuerzo en un mundo. Una de las tardes más insoportables, me encontraba en el salón, vestida sólo con una camiseta larga, intentando decidir si me daba otra ducha o lo dejaba correr. Estaba de pie, en el centro de la habitación. Levanté la mirada hacia una de las ventanas, la única con las cortinas abiertas en ese momento. Desde ella sólo se veía la ventana de mi vecino. Abierta también. Él asomado a ella. Aún no sé por qué lo hice, pero sin pensármelo, como en un trance, tomé la camiseta por el faldón, la levanté, me la quité. Nos miramos. Cerré los ojos. Al abrirlos él ya no estaba.

No le vi en varios días, ni en la escalera ni por la ventana. Me quedaba una sensación de vergüenza por haber cedido a aquel impulso inexplicable, pero no había podido evitarlo. Justo una semana después de aquello, mientras volvía a casa tras un día especialmente largo y cansado, me lo encontré de nuevo. Pero no nos cruzamos, sino que me estaba esperando, en lo alto del tramo de escaleras que llevaba a nuestra planta. Al verme me tendió la mano, sin decir palabra. Abrió su puerta y me hizo pasar a su casa.

Para mi sorpresa, fue como si aquel espacio se encontrara fuera del calendario que regía para el resto del mundo. Las cortinas cerradas, además de filtrar la luz, teñían el aire de una tonalidad azulada, dejando ver los contornos de la habitación a través de una fresca penumbra. Se oía, como si llegara de otra estancia, el sonido de una música que no supe identificar. Nos sentamos en el centro de la habitación, sobre cojines en el suelo, uno frente a otro. Puso su mano en mi mejilla y me olvidé del calor, del cansancio y de la extraña sensación de estar allí frente a frente con un casi desconocido para el que días antes me había quedado desnuda.

La mano con la que me tocaba la mejilla empezó a acariciarme, dibujando mis contornos, como para aprenderse con el tacto lo que casi no se veía en la oscuridad, se entrelazó en mi pelo, rodeó mis orejas, siguió el perfil de mis labios hasta que los entreabrí y acercó los suyos para besarme despacio, primero tanteando con la lengua, luego más atrevido, cálido, húmedo, en tanto percibía sus manos perdiéndose debajo de mi falda, arremangándola y subiéndola hasta que con un movimiento me sacó el vestido.

Me hizo tumbarme en los cojines, otra vez desnuda ante sus ojos. No se quitó la ropa ni se dio prisa. Me recorrió entera con su lengua, despacio pero sin pausa, el pecho jadeante, el vientre tembloroso, las piernas, los brazos. El sexo húmedo, abierto y ansioso. La espalda interminablemente, las nalgas y el ano. En algún momento y sin que me diera cuenta se quedó desnudo, delgado, hermoso, expectante. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y me puse sobre él, dejándome caer con toda la lentitud del mundo para clavarme en su sexo erecto, mientras me sujetaba por las caderas, sin dejar de mirarnos un instante y oyendo sólo nuestros propios jadeos y la música lejana. Dónde estaban los ruidos del patio, quién lo sabe.

Cuando salí de allí y volví al calor agobiante de mi casa ya era noche cerrada. Las ventanas volvían a estar cerradas y no las vi abrirse en los días sucesivos, ni me encontré más a mi vecino en la escalera. Terminaba ya agosto y me pregunté qué habría sido de él, quizá estuviera de vacaciones, pensé con una punzada de rabia porque no se hubiera, al menos, despedido. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, aquella tarde no habíamos hablado prácticamente, y ni en la puerta ni en el buzón constaba rótulo alguno. Un día, armándome de valor, decidí preguntarle a la portera, como quien no quiere la cosa, si sabía algo del inquilino de la puerta 15. La portera, una mujer muy amable aunque algo socarrona, se me quedó mirando, al parecer intentando decidir si le gastaba una broma.

-¿La puerta 15, dices?

-Sí, ya sabe, un chico moreno, con flequillo, siempre lleva vaqueros...

-Me da que te confundes, guapa...

-No, seguro que no... es que me dejaron el otro día una carta en el buzón por error, y quería dársela.

Aunque parecía a punto de echarse a reír, la portera se lo pensó mejor, cogió unas llaves de la portería y me invitó a seguirla. Subimos hasta mi piso, abrió la puerta contigua a la mía y con un gesto me invitó a mirar dentro.

Sin entender muy bien de qué iba aquello, me asomé al piso. Los muebles que yo había visto seguían en su sitio, pero tapados por fundas blancas, o más bien grises, puesto que estaban cubiertas de la misma capa de polvo que el resto de la habitación. El papel de las paredes estaba descolorido y en algunos sitios hecho jirones, no había rastro de los cojines ni las cortinas, y el ambiente no podía ser más opresivo.

-¿Lo ves? Hace diez años que aquí no vive nadie. Y no me suena que en la escalera haya ningún chico como el que me has dicho.

Murmuré una disculpa aturullada y me metí en mi piso. No he vuelto a ver su ventana abierta, ni me he cruzado con el chico del flequillo, pero a veces cuando paso por la puerta 15 aún juraría que oigo esa música desconocida.


Foto: Aleksandr Shahabalov

7 de septiembre de 2006

Decisiones difíciles



Necesarias a veces...
pero siempre dolorosas.

Fotos: Hans Peter Muff

6 de septiembre de 2006

Como hablar... (Amaral)

Si volviera a nacer y empezara de nuevo
volvería a buscarte en mi nave del tiempo
Es el destino quien nos lleva y nos guía
nos separa y nos une a través de la vida

Nos dijimos adiós, pasaron los años
volvimos a vernos una noche de sábado
otro país, otra ciudad, otra vida
pero la misma mirada felina.

A veces te mataría
y otras en cambio te quiero comer
ojillos de aguamarina

Como hablar,
si cada parte de mi mente es tuya
y si no encuentro la palabra exacta
Como hablar

Como decirte
que me has ganado poquito a poco
tú que llegaste por casualidad
Como hablar

Como un pajaro de fuego que se muere en tus manos
un trozo de hielo deshecho en los labios
la radio sigue sonando
la guerra ha acabado

Pero las hogueras no se han apagado aún

Como hablar
si cada parte de mi mente es tuya
y si no encuentro la palabra exacta
Como hablar

Como decirte
que me has ganado poquito a poco
tú que llegaste por casualidad
Como hablar

A veces te mataría
y otras en cambio te quiero comer
Me estás quitando la vida

Como hablar
si cada parte de mi mente es tuya
y si no encuentro la palabra exacta
Como hablar

Como decirte
que me has ganado poquito a poco
tú que llegaste por casualidad...


3 de septiembre de 2006

Me gustaría...





veces me gustaría ser la princesa de tu historia.

Que me acariciaras el pelo mientras me apoyo en tu pecho.

Que me miraras dormir mientras te sueño.

Que secaras mis lágrimas diciéndome que no pasa nada.

Que entre tú y yo no estuviera escrita la palabra "lejos".

A veces, sólo a veces, me gustaría ser la princesa de tu cuento.