10 de septiembre de 2006

La puerta 15


levaba una semana viviendo en mi nuevo apartamento cuando me crucé por primera vez con mi vecino de la puerta de al lado. Coincidió que salíamos los dos a la vez de nuestros pisos, cruzamos las miradas, esbozamos sonrisas de compromiso. Él bajó la escalera detrás de mí. Al llegar a la puerta de la calle, se adelantó para abrírmela.

-Hasta luego, vecina -me dijo mientras pasaba por su lado.

A partir de entonces me lo encontré con alguna frecuencia, siempre en el rellano o en la escalera. Me sonreía, cruzábamos algún saludo o algún comentario sobre el tiempo. Parecía algo más joven que yo, solía llevar vaqueros y camisas sueltas y lucía un flequillo siempre despeinado que le daba cierto aire travieso.

Las ventanas de mi salón, si es que se puede llamar así a la habitación que hacía de cuarto de estar, comedor y estudio todo-en-uno, daban a un patio interior, afortunadamente bastante luminoso, por el cual me enteré, al poco de llegar al piso, de toda la vida y milagros del resto del vecindario, merced a los comadreos que podía oír perfectamente incluso con las ventanas cerradas. Las de mi vecino, supuse, serían las que quedaban al lado de las mías, formando un ángulo recto, pero solían estar cerradas y con las persianas echadas. Sin embargo, al cabo de unos días empecé a verlas abiertas de vez en cuando, normalmente a altas horas de la noche, cuando yo aprovechaba para estudiar o leer gracias a la disminución de los ruidos que llegaban a mi salón. Unas cortinas oscuras, sin embargo, me velaban la visión del interior de su casa, pero no pasó mucho tiempo sin que mi vecino se dejara ver ocasionalmente a través de la abertura entre ellas, siempre fugazmente, echando una mirada al patio para desaparecer en segundos. Alguna vez me vio y me hizo con la mano un gesto de saludo.

Así pasó un mes o mes y medio, mientras llegaba el verano a la ciudad, un verano pesado y caluroso como hacía tiempo que no se recordaba, sin una brizna de aire que despejara las noches o hiciera las mañanas más llevaderas. Buena parte de las horas que pasaba en casa lo hacía metida en la ducha, en un combate inútil por librarme del sudor, que convertía cualquier esfuerzo en un mundo. Una de las tardes más insoportables, me encontraba en el salón, vestida sólo con una camiseta larga, intentando decidir si me daba otra ducha o lo dejaba correr. Estaba de pie, en el centro de la habitación. Levanté la mirada hacia una de las ventanas, la única con las cortinas abiertas en ese momento. Desde ella sólo se veía la ventana de mi vecino. Abierta también. Él asomado a ella. Aún no sé por qué lo hice, pero sin pensármelo, como en un trance, tomé la camiseta por el faldón, la levanté, me la quité. Nos miramos. Cerré los ojos. Al abrirlos él ya no estaba.

No le vi en varios días, ni en la escalera ni por la ventana. Me quedaba una sensación de vergüenza por haber cedido a aquel impulso inexplicable, pero no había podido evitarlo. Justo una semana después de aquello, mientras volvía a casa tras un día especialmente largo y cansado, me lo encontré de nuevo. Pero no nos cruzamos, sino que me estaba esperando, en lo alto del tramo de escaleras que llevaba a nuestra planta. Al verme me tendió la mano, sin decir palabra. Abrió su puerta y me hizo pasar a su casa.

Para mi sorpresa, fue como si aquel espacio se encontrara fuera del calendario que regía para el resto del mundo. Las cortinas cerradas, además de filtrar la luz, teñían el aire de una tonalidad azulada, dejando ver los contornos de la habitación a través de una fresca penumbra. Se oía, como si llegara de otra estancia, el sonido de una música que no supe identificar. Nos sentamos en el centro de la habitación, sobre cojines en el suelo, uno frente a otro. Puso su mano en mi mejilla y me olvidé del calor, del cansancio y de la extraña sensación de estar allí frente a frente con un casi desconocido para el que días antes me había quedado desnuda.

La mano con la que me tocaba la mejilla empezó a acariciarme, dibujando mis contornos, como para aprenderse con el tacto lo que casi no se veía en la oscuridad, se entrelazó en mi pelo, rodeó mis orejas, siguió el perfil de mis labios hasta que los entreabrí y acercó los suyos para besarme despacio, primero tanteando con la lengua, luego más atrevido, cálido, húmedo, en tanto percibía sus manos perdiéndose debajo de mi falda, arremangándola y subiéndola hasta que con un movimiento me sacó el vestido.

Me hizo tumbarme en los cojines, otra vez desnuda ante sus ojos. No se quitó la ropa ni se dio prisa. Me recorrió entera con su lengua, despacio pero sin pausa, el pecho jadeante, el vientre tembloroso, las piernas, los brazos. El sexo húmedo, abierto y ansioso. La espalda interminablemente, las nalgas y el ano. En algún momento y sin que me diera cuenta se quedó desnudo, delgado, hermoso, expectante. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y me puse sobre él, dejándome caer con toda la lentitud del mundo para clavarme en su sexo erecto, mientras me sujetaba por las caderas, sin dejar de mirarnos un instante y oyendo sólo nuestros propios jadeos y la música lejana. Dónde estaban los ruidos del patio, quién lo sabe.

Cuando salí de allí y volví al calor agobiante de mi casa ya era noche cerrada. Las ventanas volvían a estar cerradas y no las vi abrirse en los días sucesivos, ni me encontré más a mi vecino en la escalera. Terminaba ya agosto y me pregunté qué habría sido de él, quizá estuviera de vacaciones, pensé con una punzada de rabia porque no se hubiera, al menos, despedido. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, aquella tarde no habíamos hablado prácticamente, y ni en la puerta ni en el buzón constaba rótulo alguno. Un día, armándome de valor, decidí preguntarle a la portera, como quien no quiere la cosa, si sabía algo del inquilino de la puerta 15. La portera, una mujer muy amable aunque algo socarrona, se me quedó mirando, al parecer intentando decidir si le gastaba una broma.

-¿La puerta 15, dices?

-Sí, ya sabe, un chico moreno, con flequillo, siempre lleva vaqueros...

-Me da que te confundes, guapa...

-No, seguro que no... es que me dejaron el otro día una carta en el buzón por error, y quería dársela.

Aunque parecía a punto de echarse a reír, la portera se lo pensó mejor, cogió unas llaves de la portería y me invitó a seguirla. Subimos hasta mi piso, abrió la puerta contigua a la mía y con un gesto me invitó a mirar dentro.

Sin entender muy bien de qué iba aquello, me asomé al piso. Los muebles que yo había visto seguían en su sitio, pero tapados por fundas blancas, o más bien grises, puesto que estaban cubiertas de la misma capa de polvo que el resto de la habitación. El papel de las paredes estaba descolorido y en algunos sitios hecho jirones, no había rastro de los cojines ni las cortinas, y el ambiente no podía ser más opresivo.

-¿Lo ves? Hace diez años que aquí no vive nadie. Y no me suena que en la escalera haya ningún chico como el que me has dicho.

Murmuré una disculpa aturullada y me metí en mi piso. No he vuelto a ver su ventana abierta, ni me he cruzado con el chico del flequillo, pero a veces cuando paso por la puerta 15 aún juraría que oigo esa música desconocida.


Foto: Aleksandr Shahabalov

17 comentarios:

Humbert dijo...

fántastico.
un verdadero placer.

Maria Lasciva dijo...

Qué buen cuento! El final me ha dejado con los pelos de punta!
beso

Denuedo dijo...

Preciosa entrada, me ha encantado. Qué sería de nosotros sin la imaginación. La foto preciosa también. Encantado de descubrirte.

Adrian dijo...

Vuelve a preguntar a la portera, pero esta vez con los ojos cerrados, y los sueños abiertos. ¿Me quieres de vecino?

Marilu dijo...

genial me ha gustado mucho

Carlos dijo...

Me ha encantado. Una bella historia. Como siempre, ha sido un placer leerte. Un beso.

mojada dijo...

hey! que lindo relato y que bien contado! besos.

El Señor de la Mansión dijo...

¡Funcionó! Soñé con traerte a mi Mansión. soñé que soñabas conmigo, rodeada de cojines. Soñé, y fuiste soñada.

Juanjo dijo...

Tan solo decirte que me ha parecido perfecto.

crissalidaw dijo...

Precioso, sensual...muy agradable...todo un sueño.

Tinúviel dijo...

Simplemente maravilloso, nunca me canso de leerte (y releerte)

Erotismo dijo...

que acojono!
los fantasmas también tienen sus momentos de gloria.

elena dijo...

wow, que buen escrito, el final no me lo esperaba... besos.

El Señor de la Mansión dijo...

Jóooder, y yo que me mosqueaba cuando me llamaban fantasma.
¡Sí, sí! ¡oídme todos! Escuchadme!¡Soy un fantasmaaaaa!...

... ¿cuela?

tremendamentesolo dijo...

Sencillamente genial.

Valeria dijo...

soñar despierta, fantástica sensación.

Mar de Isaac dijo...

El amante perfecto entre la bruma de lo urbano, descocertada la imagen fugaz y abrasante de los gemidos.

Fantastico escrito.


Pronto vuelvo...