30 de octubre de 2006

A saltos


Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio les encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa.

¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

Estos llamativos párrafos, tan eróticos a su manera, forman el capítulo 68 de la novela seguramente más conocida de Julio Cortázar, Rayuela. Esta obra, como su nombre indica, se ha de leer (al menos su segunda parte, desde el capítulo 57) "a saltos". Un proyecto en Internet, el Rayuel-o-matic Digital, ha puesto los capítulos en el orden previsto por el autor. Se puede consultar aquí.

Soñando...


de día
llenas mis pensamientos

de noche
ocupas mis sueños

Foto: Jean Jacques Dicker

26 de octubre de 2006

Que sí, lo sé...



... que hace poco que cambié la plantilla, que ya han sido varias veces desde que tengo el blog... pero los cambios no dejaban de ser variaciones sobre el formato original, que nunca me gustó demasiado. Hoy estreno nueva imagen, nuevos aires... pasad y mirad, estáis invitados.

Foto: Azra Halilovic

24 de octubre de 2006

Prohibido

El post de hoy tiene una pequeña historia... al principio pensaba poner tan sólo el video que va al final, pero esta mañana, visitando este blog (muy recomendable) me he encontrado con un poema de Jaime Gil de Biedma que no me resisto a transcribir.

ALBADA

Despiértate. La cama está más fría
y las sábanas sucias en el suelo.
Por los montantes de la galería
llega el amanecer,
con su color de abrigo de entretiempo
y liga de mujer.

Despiértate pensando vagamente
que el portero de noche os ha llamado.
Y escucha en el silencio: sucediéndose
hacia lo lejos, se oyen enronquecer
los tranvías que llevan al trabajo.
Es el amanecer.

Irán amontonándose las flores
cortadas, en los puestos de las Ramblas,
y silbarán los pájaros -cabrones-
desde los plátanos, mientras que ven volver
la negra humanidad que va a la cama
después de amanecer.

Acuérdate del cuarto en que has dormido.
Entierra la cabeza en las almohadas,
sintiendo aún la irritación y el frío
que da el amanecer
junto al cuerpo que tanto nos gustaba
en la noche de ayer,

y piensa en que debieses levantarte.
Piensa en la casa todavía oscura
donde entrarás para cambiar de traje,
y en la oficina, con sueño que vencer,
y en muchas otras cosas que se anuncian
desde el amanecer.

Aunque a tu lado escuches el susurro
de otra respiración. Aunque tú busques
el poco de calor entre sus muslos
medio dormido, que empieza a estremecer.
Aunque el amor no deje de ser dulce
hecho al amanecer.

Junto al cuerpo que anoche me gustaba
tanto desnudo, déjame que encienda
la luz para besarte cara a cara,
en el amanecer.
Porque conozco el día que me espera
y no por el placer.

Y, salvando todas las distancias, también de amores prohibidos trata el video que dejo a continuación, un antiguo tema de OBK con el que siempre me emociono como la primera vez. Espero que os guste.



22 de octubre de 2006

Homenaje



Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,

mi alma no se contenta con haberla perdido.
Pablo Neruda

abían pasado ya cinco días de mis vacaciones en la isla y estaban empezando a hacérseme tan monótonas como prometedoras parecían al principio. Aquella mañana no me apetecía bajar a la playa, de manera que me puse unas bermudas y una camiseta y me fui a dar un paseo por el puerto. Cuando ya me daba la vuelta para irme al hotel, la vi.

Estaba sola en una terraza, bajo una sombrilla, tomándose un helado. Miraba hacia el mar con aire ausente y de vez en cuando parecía acordarse de lo que estaba haciendo y tomaba una nueva cucharada. Concentré mi mirada en sus manos, de cuyo contacto había podido disfrutar en unas pocas ocasiones robadas. Cuando ya estaba a punto de acabar, me acerqué a ella por detrás y le tapé los ojos.

-Soy yo, ¿estás sola? –le susurré al oído.

Sin decir nada, asintió.

-Ahora no, ahora estás conmigo...

La sentí estremecerse bajo mis dedos. Se levantó, nos cogimos de la mano.

-Pero vámonos de aquí –le dije. Al venir había visto, a poca distancia de allí, que una de las lanchas del puerto se alquilaba por días. Una lancha pequeña, perfecta para dos. Hablé con el dueño y en un momento estábamos subidos en ella, en dirección a un lugar que yo conocía de haber estado allí en alguna ocasión.

Mientras yo llevaba el barquito, ella se puso de pie detrás de mí. Me abrazó por la cintura, su cuerpo contra el mío. Sus manos explorando bajo mi camiseta y acariciando mi pecho. Sus labios besándome en el cuello. Mi excitación aumentaba por momentos, el volumen que crecía bajo las bermudas lo mostraba claramente; ella no se privó de medir con su mano la intensidad de mi deseo, y yo, aunque no podía verla, la adivinaba sonriendo pícara, como siempre que me tocaba de aquella forma que tanto nos complacía a los dos.

Al cabo de un rato llegamos a una pequeña isla rodeada de rocas. Sin embargo, por uno de sus lados, casi invisible, se abría un paso por donde conduje la lancha, hasta llegar al interior de una cueva con una pequeña playita. Allí mismo, en la barca, comenzamos a besarnos, con la ansiedad de los que viven su deseo a distancia. Le abrí la blusa para besarle los pechos, le lamí los pezones, deliciosa fruta en mis labios. Recorrí con la punta de los dedos su piel cálida desde el cuello hasta el vientre, sintiéndola temblar con mi contacto.

Nos desnudamos allí mismo, sin prisas. Cogiéndola de la mano la invité a bajar de la barca, y nos tendimos en la arena, con medio cuerpo dentro del agua. Hacía algo de frío en la cueva, pero ninguno lo notábamos, salvo en la piel erizada, porque ambos ardíamos por dentro. Nos acariciamos hasta asegurarnos de que cada centímetro de nuestros cuerpos seguía siendo el mismo, nos besamos hasta dolernos los labios, nos susurramos al oído aquellas palabras que normalmente sólo podíamos decirnos a través de un hilo o de una pantalla. La recorrí entera con mi lengua hasta llegar a su sexo, húmedo de placer y de mar, salado sobre salado. El hueco de la cueva amplificaba sus gemidos, excitándome más, haciéndome intensificar mi caricia hasta que la sentí abandonarse. Fluir como el agua.

Poniéndonos de pie, nos metimos totalmente en el agua, que nos llegaba hasta la altura del pecho. Apoyándonos en una de las paredes de piedra, alisada por el mar, la tomé por las caderas y la apreté contra mí. Ella se enlazó a mi cuerpo con brazos y piernas, entregada por entero, de una manera como no le había notado nunca antes. Era maravilloso sentir aquella ingravidez, aquella ligereza en la que parecíamos flotar. La penetré despacio, gozando cada centímetro. Sin prisa, deleitándome en su abrazo. Cara a cara, mi boca jadeando contra la suya. Moviéndonos al ritmo del oleaje hasta corrernos ambos.

Nos quedamos en la misma posición, exhaustos, relajándonos. Sin embargo, estábamos tan pegados que podía sentir su corazón latiendo contra mi pecho. Aparté un poco la cara. Vi una lágrima correr por su mejilla.

-Qué te pasa...

No dijo nada, bajó los ojos. La tomé por la barbilla, obligándola a mirarme.

-Nada... es sólo que se me hace tan difícil pensar en no poder vernos...

-Tranquila, mujer, no estés triste... Lo intentaremos pronto, para el otoño, ¿de acuerdo?

-No, no puede ser... no te lo he dicho, me voy a casar... y a vivir al extranjero... no podemos encontrarnos más...

Regresamos en silencio al puerto.

Tal como ella dijo, no volvimos a vernos. No quiso que siguiéramos en contacto, y le prometí que no haría nada por intentarlo. Y lo cumplí, pero no puedo evitar que la nostalgia me apriete el corazón de vez en cuando, si veo algo que me recuerda su nombre, o su cara, o su cuerpo tan amado. Pero sé, o quiero saber, que en algún sitio ella es feliz. Quizá eso me basta.



Foto: Tumsha

19 de octubre de 2006

Pasa la vida...


Pasan los años, las estaciones, las hojas caen... Hoy, un otoño más para mí, un año más de vida, y en muchos aspectos el comienzo de un sendero nuevo. Y como regalo para todos vosotros y para mí misma, un precioso video de uno de mis grupos favoritos.


17 de octubre de 2006

Lo que te haría esta noche...

Esta noche
si me dejaras
me pasaría mirándote
horas enteras.
Si me dejaras
conocería tu cuerpo
hasta poder recordarlo
con los ojos cerrados.
Dejaría tras la puerta
la vergüenza
el miedo
la soledad.
Si me lo permitieras
recorreríamos
los caminos que llevan
a esos rincones míos
que sólo tú sabes.
Y esperaría
que estuvieras dormido
para decirte al oído
(sin despertarte)
que te quiero.

Foto: Gabriele Rigon

11 de octubre de 2006

Ausencia


Es de noche y otra vez me faltas.
Cuando no estás
no me calma el roce de las sábanas.
Mis manos te piensan
y mi mente te toca
pero no me basta.
Sigo esperando tu voz
para llenar el silencio de mi madrugada.



Fotos: O'bone, Gabriele Rigon

5 de octubre de 2006

Tú sabes que...



Sabes muy bien que mi mente está todo el día puesta en la llegada de la noche, que cada palabra tuya hace que me humedezca todavía más, que la espera del placer se me hace cada vez más dura. Sabes que deseo tu sexo dentro del mío, en mi boca, entre mis manos. Sabes que me vas a hacer correrme como si fuera la última vez y aún así desearé más todavía...


Foto: Pascal Abadie

3 de octubre de 2006

Ritual secreto (II)

Mi cuerpo, fiesta fértil y lasciva.
Poséeme solitaria, desnuda ante tu noche,
siémbrame semillas olorosas a sal.
Mírame desnuda
con la hermosa sospecha
que mi vientre será fértil a tu salada lluvia.




Mi caverna, tibia y silenciosa, guarida perfecta
de tu solitario cuerpo,
Mi boca es suave entre tus dientes,
mi lengua, pájaro que anida en tu boca.
Por mi carne fluye sudor de hierro
y me prendo
como alga marina a tu confuso mar.



Soy la obra inconclusa
con infinitas posibilidades para un final.
Me entrego fácil a tus brazos,
con el misterioso encanto de un ritual.



2 de octubre de 2006

Ritual secreto (I)

Ritual secreto (I)
Orietta Lozano


Amante mío, estoy desnuda, más fresca que el agua azul
para tu noche de amor.
Cada extremo de mi boca,
cada esquina de mis miembros
se apresuran como ágiles peces
hacia tus tibias aguas.




Amante mío, yo deseo la mordedura de tus dientes
y me encamino temblorosa hacia cada uno de tus dedos,
me detengo a mirar tu cuerpo a través de oscura cerradura
e incontenible deseo se posa en mis húmedos senos.



Por tí se escapa la sequedad de mi boca,
mi mirada de brújula perdida en tus rincones,
floto voluptuosa en tus profundas aguas
y me abro como flor nocturna a tu plácida noche.