22 de octubre de 2006

Homenaje



Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,

mi alma no se contenta con haberla perdido.
Pablo Neruda

abían pasado ya cinco días de mis vacaciones en la isla y estaban empezando a hacérseme tan monótonas como prometedoras parecían al principio. Aquella mañana no me apetecía bajar a la playa, de manera que me puse unas bermudas y una camiseta y me fui a dar un paseo por el puerto. Cuando ya me daba la vuelta para irme al hotel, la vi.

Estaba sola en una terraza, bajo una sombrilla, tomándose un helado. Miraba hacia el mar con aire ausente y de vez en cuando parecía acordarse de lo que estaba haciendo y tomaba una nueva cucharada. Concentré mi mirada en sus manos, de cuyo contacto había podido disfrutar en unas pocas ocasiones robadas. Cuando ya estaba a punto de acabar, me acerqué a ella por detrás y le tapé los ojos.

-Soy yo, ¿estás sola? –le susurré al oído.

Sin decir nada, asintió.

-Ahora no, ahora estás conmigo...

La sentí estremecerse bajo mis dedos. Se levantó, nos cogimos de la mano.

-Pero vámonos de aquí –le dije. Al venir había visto, a poca distancia de allí, que una de las lanchas del puerto se alquilaba por días. Una lancha pequeña, perfecta para dos. Hablé con el dueño y en un momento estábamos subidos en ella, en dirección a un lugar que yo conocía de haber estado allí en alguna ocasión.

Mientras yo llevaba el barquito, ella se puso de pie detrás de mí. Me abrazó por la cintura, su cuerpo contra el mío. Sus manos explorando bajo mi camiseta y acariciando mi pecho. Sus labios besándome en el cuello. Mi excitación aumentaba por momentos, el volumen que crecía bajo las bermudas lo mostraba claramente; ella no se privó de medir con su mano la intensidad de mi deseo, y yo, aunque no podía verla, la adivinaba sonriendo pícara, como siempre que me tocaba de aquella forma que tanto nos complacía a los dos.

Al cabo de un rato llegamos a una pequeña isla rodeada de rocas. Sin embargo, por uno de sus lados, casi invisible, se abría un paso por donde conduje la lancha, hasta llegar al interior de una cueva con una pequeña playita. Allí mismo, en la barca, comenzamos a besarnos, con la ansiedad de los que viven su deseo a distancia. Le abrí la blusa para besarle los pechos, le lamí los pezones, deliciosa fruta en mis labios. Recorrí con la punta de los dedos su piel cálida desde el cuello hasta el vientre, sintiéndola temblar con mi contacto.

Nos desnudamos allí mismo, sin prisas. Cogiéndola de la mano la invité a bajar de la barca, y nos tendimos en la arena, con medio cuerpo dentro del agua. Hacía algo de frío en la cueva, pero ninguno lo notábamos, salvo en la piel erizada, porque ambos ardíamos por dentro. Nos acariciamos hasta asegurarnos de que cada centímetro de nuestros cuerpos seguía siendo el mismo, nos besamos hasta dolernos los labios, nos susurramos al oído aquellas palabras que normalmente sólo podíamos decirnos a través de un hilo o de una pantalla. La recorrí entera con mi lengua hasta llegar a su sexo, húmedo de placer y de mar, salado sobre salado. El hueco de la cueva amplificaba sus gemidos, excitándome más, haciéndome intensificar mi caricia hasta que la sentí abandonarse. Fluir como el agua.

Poniéndonos de pie, nos metimos totalmente en el agua, que nos llegaba hasta la altura del pecho. Apoyándonos en una de las paredes de piedra, alisada por el mar, la tomé por las caderas y la apreté contra mí. Ella se enlazó a mi cuerpo con brazos y piernas, entregada por entero, de una manera como no le había notado nunca antes. Era maravilloso sentir aquella ingravidez, aquella ligereza en la que parecíamos flotar. La penetré despacio, gozando cada centímetro. Sin prisa, deleitándome en su abrazo. Cara a cara, mi boca jadeando contra la suya. Moviéndonos al ritmo del oleaje hasta corrernos ambos.

Nos quedamos en la misma posición, exhaustos, relajándonos. Sin embargo, estábamos tan pegados que podía sentir su corazón latiendo contra mi pecho. Aparté un poco la cara. Vi una lágrima correr por su mejilla.

-Qué te pasa...

No dijo nada, bajó los ojos. La tomé por la barbilla, obligándola a mirarme.

-Nada... es sólo que se me hace tan difícil pensar en no poder vernos...

-Tranquila, mujer, no estés triste... Lo intentaremos pronto, para el otoño, ¿de acuerdo?

-No, no puede ser... no te lo he dicho, me voy a casar... y a vivir al extranjero... no podemos encontrarnos más...

Regresamos en silencio al puerto.

Tal como ella dijo, no volvimos a vernos. No quiso que siguiéramos en contacto, y le prometí que no haría nada por intentarlo. Y lo cumplí, pero no puedo evitar que la nostalgia me apriete el corazón de vez en cuando, si veo algo que me recuerda su nombre, o su cara, o su cuerpo tan amado. Pero sé, o quiero saber, que en algún sitio ella es feliz. Quizá eso me basta.



Foto: Tumsha

3 comentarios:

Eduardo Parra Istúriz dijo...

"Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido...
Una vez me contó un amigo común, que la vió donde habita el olvido."

Joaquín Sabina.

Juanjo dijo...

Bonito poema...., bonita fotografía...., bonita historia....
Que la vida te vaya bonita....

niko dijo...

muy buen blog, te felicito