30 de noviembre de 2006

Aún


Aún siento el calor del hueco que has dejado en la almohada, y el olor de tu cuerpo en las sábanas revueltas.

Aún suena el eco de mis gemidos en las esquinas del cuarto y puedo ver las marcas de tus dedos en los pliegues de mi cuerpo...

Pero no estás tú a mi lado en la cama.

Aún recuerdo cada suspiro, cada mirada y cada gesto. Recuerdo tus ojos prendidos de mis pechos. Recuerdo tu piel, tus caderas y tu sexo. Recuerdo el beso más delicado y la embestida más intensa.

Aún resbala la humedad entre mis piernas...

Y al levantar la vista te veo sonreír desde la puerta.

Aún nos queda pasión para empezar de nuevo.

27 de noviembre de 2006

Por qué

No sé por qué te quiero, pero creo
que no necesito ninguna razón para quererte.


23 de noviembre de 2006


El sol sale para mí cuando tú me das los buenos días.





Foto: Pascal Renoux

21 de noviembre de 2006

Me pides que te diga...




... lo que haría contigo, si pudiera...

... Si pudiera, pasearía contigo por las calles mojadas, escondiéndonos en los portales para morirnos de deseo en cada beso...

... te contaría al oído lo que sueño por las noches, los pensamientos que mis manos han sembrado por mi cuerpo...

... te daría cada poro, cada vello, me desnudaría para ti pero no sólo de ropa, te entregaría lo que no conoce nadie, a susurros y a gritos te pediría lo que sé que vas a darme...

... y en la luz fría del alba me dormiría acariciándote...

18 de noviembre de 2006

Si alguna vez...


Si alguna vez dos fueron uno, sin duda fuimos nosotros.
Si alguna vez un hombre fue amado por una mujer, ese fuiste tú;
si alguna vez una mujer fue feliz en un hombre,
comparaos conmigo, vosotras, si podéis.

Yo estimo este amor más que todas las minas de oro,
o todas las riquezas que el Oriente alberga.
Mi amor es tal que los ríos no lo pueden apagar,
y sólo tu amor podría recompensarlo.

Este amor es tal que no puedo pagarte de ningún modo,
y ruego a los cielos te retribuyan multiplicado.
Entonces mientras vivamos, perseveremos tanto en el amor,
para que cuando ya no vivamos, podamos vivir para siempre.

Anne Bradstreet, poetisa norteamericana - 1678

Foto: Craig Morey


12 de noviembre de 2006

Hoy...



...te espero
con las cortinas cerradas,
vestida sólo
con las paredes de mi casa...

8 de noviembre de 2006

Viajando




Voy conduciendo por una carretera poco concurrida, cerca de la costa. Estamos en verano y es esa hora de la tarde que ya no es tarde, pero tampoco noche. En el asiento del copiloto, mi compañero de viaje dormita a ratos. Él llevaba el volante cuando hemos salido de la ciudad y luego nos hemos cambiado para que descansara. No nos queda mucho para llegar a nuestro destino.

Sin embargo, a mí me gustaría que el camino no se nos acabara tan pronto. Hay algunas situaciones en las que todo lo que nos rodea está en su sitio, perfecto, como suspendido en el tiempo. Ésta es una de esas veces. El coche se desliza suavemente por la carretera, no hace calor, tengo a mi lado la mejor compañía, suena una música suave. Un momento feliz.

De vez en cuando vuelvo la vista hacia el asiento a mi lado. Ahora él acaba de despertarse. Nos miramos y sonreímos.

-¿Queda mucho?

-No, supongo que en un cuarto de hora o así llegaremos.

Noto que sigue mirándome y sonriendo, con aire travieso. Se despereza, estira los brazos, y como sin quererlo, su mano izquierda va a parar sobre mi pierna. La deja ahí, simplemente posada. Pero al cabo de un instante empieza a acariciarme el muslo, sobre la fina tela del pantalón. Me dice:

-Bueno, si falta poco para llegar, creo que será mejor que me dé prisa...

El coche no es muy amplio, pero aun así se acerca a mi asiento todo lo que le permite el cinturón de seguridad, y pone una mano en mi pecho, sobre la ropa. Lo acaricia así, sin mucho miramiento. Los pezones se marcan bajo la camiseta, los pellizca suavemente.

A esas alturas, estoy más que excitada, pero la carretera no es precisamente recta, y tengo que estar pendiente del volante. Sin embargo, no le pido que pare. Tampoco se lo pido cuando su mano baja por mi vientre y se posa confiada entre mis piernas, que abro un poco para facilitar sus movimientos.

Claro que no se queda ahí. Sube nuevamente hacia la cintura, se cuela por el elástico del pantalón y por debajo de las bragas. Dos dedos buscan la entrada del sexo y lo encuentran, húmedo y cálido. Las sensaciones me golpean como olas, pero no me permito cerrar los ojos un segundo. Sigo con la vista puesta en las revueltas de la carretera, sintiendo sus dedos atormentando mi clítoris y sus ojos fijos en mí, atentos a cada reacción, a cada suspiro y temblor de las piernas.

Según crecen las oleadas en mi vientre, mi respiración se agita y empiezo a jadear. Él responde aumentando el ritmo de sus dedos. Las curvas siguen, mis pies se mueven sobre los pedales, mis manos sujetan el volante y el cambio, ajenas por completo a lo que sucede en el resto de mi cuerpo. Siento llegar inevitable el orgasmo, pero consigo que se manifieste sólo en mis gemidos.

Mi compañero retira sus dedos mojados, los lame para limpiarlos y vuelve a su posición en el asiento. Mi cuerpo se ha relajado ya, el corazón late a su ritmo normal. Estamos a punto de llegar.

No me crees


Siempre pensando en ti,
aunque no me creas.

No me crees (Efecto Mariposa)

No sé pensar si no te veo,
no puedo oír si no es tu voz,
en mi soledad
yo te escribo y te entrego
en cada beso el corazón.

Se apaga el sol en mi ventana
y hace tiempo que ya no sé de ti,
dime cómo te ha ido,
si también estás sola
y si piensas en mí,
sigo aquí.

En todas las palabras, mil caricias y miradas,
tú me dabas lo que nadie me dio en mi vida.

Tu recuerdo me consuela, me desvela ,
me envenena tanto cada día.
¿Qué harías si te pierde este pobre corazón?

Y no me crees cuando te digo que la distancia es el olvido,
no me crees cuando te digo que en el olvido estoy contigo aunque no estés,
y cada día, cada hora, cada instante pienso en ti y no lo ves,
no me crees.

No sé soñar si no es contigo,
yo sólo quiero volverte a ver
y decirte al oído todo lo que te he escrito en este papel,
entiéndeme.

En todas las palabras, mil caricias y miradas
tú me dabas lo que nadie me dio en mi vida.

Tu recuerdo me consuela, me desvela ,
me envenena tanto cada día.
¿Qué harías si te pierde este pobre corazón?

Y no me crees cuando te digo que la distancia es el olvido,
no me crees cuando te digo que en el olvido estoy contigo aunque no estés,
y cada día, cada hora, cada instante pienso en ti y no lo ves.

Y no me crees cuando te digo que no habrá nadie que te quiera como yo,
cuando te pido que en el olvido no me dejes sin razón,
entretenerme en el recuerdo es el remedio que me queda de tu amor.

Y si me entrego a ti sincero
y te hablo al corazón
espero que no me devuelvas un adiós.

Y no me crees cuando te digo que la distancia es el olvido,
no me crees cuando te digo que en el olvido estoy contigo aunque no estés,
y cada día, cada hora, cada instante pienso en ti y no lo ves.

Y no me crees cuando te digo que no habrá nadie que te quiera como yo,
cuando te pido que en el olvido no me dejes sin razón,
entretenerme en el recuerdo es el remedio que me queda de tu amor.
No me crees.

Foto: Jean Jacques Dicker

7 de noviembre de 2006

Otra de Woody


Otro año más, uno de mis neoyorquinos favoritos vuelve a las salas de cine para estrenar su última película: Scoop. Esta vez toca comedia, y de su anterior obra (la maravillosa Match Point) repite escenario, Londres en vez de su Manhattan habitual, y actriz protagonista, una Scarlett Johansson que no sé de dónde saca el tiempo para rodar tantos papeles. De Scoop se ha dicho que es una obra menor; pero al menos yo pasé todo el rato que duró con la sonrisa en la boca, disfrutando de un guión a la altura de lo que se puede esperar de Woody, y no salí defraudada en absoluto. A fin de cuentas, de eso se trata cuando vas al cine...

6 de noviembre de 2006

Siesta


...la habitación está en penumbra a la hora de la siesta. Me he desnudado por completo y me he tendido boca abajo, sintiendo la sensualidad del roce de las sábanas en mi pecho. No voy a dormir: quiero que vengas, te dejo la puerta abierta. Abro un poco las piernas, el sexo tiembla de deseo imaginando tu mirada. Te siento entrar sin hacer ruido, te siento mirarme desde los pies de la cama. Tus manos vienen por donde yo las he llamado. Tu boca las sigue en su camino. Sonrío.



2 de noviembre de 2006

La ducha


Esta tarde ya no es tan calurosa, pero el ambiente de la habitación aún está cargado de suspiros, de gemidos, de la calidez de tu aliento en mi nuca y mis labios en tu cuello. Estamos tendidos uno al lado del otro, algo cansados pero aún con la tensión del deseo en nuestros cuerpos.

Tu piel y la mía relucen de sudor y de los restos de la fiesta de la que nuestras bocas y nuestros sexos han participado. El tuyo reposa sobre tu muslo, lánguido ya. Lo miro, me gusta verlo así. Sigues mi mirada, y luego la posas sobre mis piernas ligeramente abiertas. Tu mano empieza el mismo camino, me estremezco al sentirla primero posarse en mi sexo, acariciarlo después. Hago lo mismo con el tuyo. Durante un rato sólo hacemos eso, acariciarnos mutuamente, mirándonos a los ojos.

Pero no te queda mucho rato, has de irte en un momento. Te propongo que nos demos una ducha. Te llevo de la mano hasta el baño, abro el grifo, nos metemos bajo el agua. Pongo gel en mis manos y te enjabono con ellas: cuello, hombros, brazos, pecho. Las bajo por el vientre, me agacho para frotar tus piernas. Me miras desde tu altura, recorriendo el interior de tus piernas, mi cara a escasos centímetros de tu sexo otra vez dispuesto, sonríes.

Te hago darte la vuelta y enjabono tu espalda. No sólo con las manos: ahora también con mis pechos. Me pego a ti todo lo que puedo, para disfrutar esa maravillosa sensación de los cuerpos resbalando uno contra el otro. Llevo mis manos a tus nalgas, curioseo entre ellas, te arranco suspiros. No me olvido de lavarte la cabeza, deslizando mis dedos entre tu pelo, cosquilleándote la nuca...

Es mi turno. Cierro los ojos para concentrarme en tus manos sobre mi cuerpo. Siento el contacto del gel frío, rápidamente calentado por el agua que cae como lluvia sobre nosotros y tus manos esparciéndolo por mis pechos, durante mucho rato, sopesándolos, juntándolos, jugando con los pezones endurecidos. A regañadientes los abandonas, pasas rápidamente por los hombros, la cintura y el vientre. Te siento muy pegado a mí, tu sexo se cuela sin dificultad entre mis piernas, te mueves contra mí para que lo note ya durísimo.

Me pides que me vuelva. Apoyo los brazos contra la pared de la ducha y me dejo hacer: ahora tus manos me recorren la espalda, la acarician y la masajean. Las llevas hacia delante, a los senos, bajas una de ellas hasta el sexo mientras la otra explora por detrás. No te paras ya hasta que baja la humedad entre mis piernas, y no es agua...

Nos enjuagamos bajo el chorro de la ducha, salimos de ella. Pero no te dejo coger la toalla para secarte. En lugar de eso te seco yo, dando vueltas a tu alrededor, haciéndote mover de manera que pueda llegar a todos tus rincones. La toalla es grande, también puedo ir secándome yo mientras te froto por todas partes. De cuclillas ante ti, seco tus piernas. Estamos cálidos y suaves por la ducha, y tu sexo se me antoja irresistible ante mis labios. Lo acaricio con mi lengua mientras te miro. No necesitas mucho más para quedar seco, seco del todo...



Foto: Mario Testino

Tu voz



Tú sabes cuánto me gusta oír tu voz.

Como una caricia que baja
desde mi oído, por el cuello
erizándome la piel,
haciéndome respirar intensamente.

Me gusta oír tu voz de madrugada,
a cualquier hora, en realidad, eso no importa.

Pero a oscuras y en la soledad del lecho
acompasándose al movimiento de mis manos
tu sonido va directo al centro de mi cuerpo.
Y lo único que siento es que llegue de tan lejos.