4 de febrero de 2007

Suavidad




Íbamos andando por la calle, un día especialmente nublado y frío. J me propuso subir a su casa y acepté sin pensarlo dos veces: ya hacía tiempo que no nos veíamos a solas y ambos podíamos percibir claramente el deseo transpirando la piel del otro.

En el ascensor, se pegó a mí hasta arrinconarme en una esquina, metió una mano bajo mi falda y tanteó los bordes del tanga, metió los dedos por la parte de delante, jugueteó con el vello del pubis. Retiró la mano sonriendo con picardía, como si se le hubiera ocurrido algo muy gracioso.

Ya en su casa, me hizo pasar al salón y sentarme en el sofá negro que tan bien recordaba de alguna otra vez. Se arrodilló ante mí y me quitó los zapatos. Empezó a masajearme los pies, cosa que agradecí porque los tenía muy fríos. Después, con manos suaves pero firmes, ascendió, muy despacio, por las pantorrillas.

Lejos de relajarme, me sentía cada vez más excitada. Sobre todo cuando el masaje, tras un rato que se me hizo eterno, llegó a las rodillas. Fue levantando la falda, lo justo para no estorbar sus movimientos, un poquito más arriba cada vez. Me hizo abrir un poco más las piernas, me quitó las medias. Me desabrochó la falda y la sacó tirando hacia abajo, haciéndome incorporar un poco. Después tomó delicadamente el tanga por sus bordes y lo bajó por las piernas. Se quedó enredado en mis tobillos.

Entonces J se levantó y me contempló, desnuda de cintura abajo, abierta para él, con el sexo y los muslos perlados de humedad. Aún estaba vestido, aunque yo suponía que no por mucho tiempo, porque era más que evidente su excitación. Pero suponía mal: dio media vuelta y salió del salón, para volver al momento cargado con varios objetos que dejó en el suelo ante mí. "Levántate". Así lo hice; puso una toalla doblada en el sofá y me indicó que me sentara de nuevo. Tomó una brocha de afeitar y la mojó en un barreñito con agua, para seguidamente pasarla entre mis piernas.

El contacto de la brocha con mi sexo me hizo arquear el cuerpo, como si toda la impaciencia que sus manos me habían hecho sentir se hubiera acumulado allí. Pero él siguió imperturbable humedeciendo la zona con agua, y yo decidí dejarme hacer y concentrarme en las sensaciones.

Después, vino el jabón. Notaba la brocha subiendo y bajando, haciendo círculos por el monte de Venus, los labios mayores y algo más abajo. Estuvo pasando la brocha mucho más rato de lo necesario, y cada vez que me rozaba el clítoris daba un respingo. El jabón me producía una sensación extraña, fresca y picante a la vez, una especie de suave escozor. Finalmente, debió suponer que ya había suficiente, dejó de enjabonar y poco después percibí el primer contacto de la cuchilla.

La pasó despacio por toda la zona, tirando de la piel con una mano mientras la otra rasuraba, registrando bien todos los pliegues, con cuidado para no cortarme. A la vez pasaba los dedos por las partes ya afeitadas e insistía en algunos sitios. Supuse que había acabado cuando volví a sentir la brocha, esta vez sólo con agua, para retirar los restos de jabón. Por fin me secó con otra toalla y me tendió un espejo de mano. "Por si quieres ver cómo ha quedado".

Puse el espejo ante mi sexo, ahora perfectamente suave y sin un solo vello, pero también evidentemente ansioso, hinchado y ardiente. Me retiró el espejo de las manos. "Y ahora un poco de crema, no sea que se irrite". Tomó un pellizco de crema de un bote y con dos dedos la extendió por el pubis y los labios exteriores, con movimientos suaves y deliberados.

Yo me sentía cada vez más blanda, todas las sensaciones de mi cuerpo concentradas en aquellos escasos centímetros, ahora completamente expuestos y sensibles. La humedad no tardó en manar en gotas blancas y translúcidas que él tomó con la yema de sus dedos y esparció como si hubiera sido la crema que antes me puso para suavizarme. Cerré los ojos y dejé caer la cabeza en el respaldo del sofá. En aquel momento podía hacerme lo que quisiera, lo que se le ocurriera, toda yo estaba concentrada en aquella piel rosada e hinchada, flor mojada de lluvia. Dejé de saber dónde estaba cuando sentí la punta de su lengua acompañando a sus dedos, acariciándome el clítoris con toda la lentitud del mundo, haciéndome olvidar de todo, allí, en su sofá, sobre una toalla...

Foto: Didier Carre

14 comentarios:

Humbert dijo...

me gusta el tacto de un monte de venus rasurado, aunque con el tiempo...deja de ser tan suave. tengo que probar a, cuando me encuentre con uno "que pica", hacer lo mismo que j. por cierto, ¿después no cogiste tu la brocha?

un placer

Eduardo Parra Istúriz dijo...

Uff... qué clase de texto. Me quedé con ganas de haber sido yo, y no J. También me encanta rasurarla a ella, y lo hago de vez en cuando, un día cualquiera, sin que ella sospeche nada... es divino.

fuerademi dijo...

si...es tal como lo has descrito. Sensual, erótico y ummm comodísimo para jugar luego con nata? chocolate? ron?... El elige el menú mientras a mí me entusiasma servir de mantel.
besos y mas besos.

Anónimo dijo...

Acabo de descubrir tu blog y me encanta. Lo leeré a menudo. No puedo votarte por que no concurso, pero te invito a que visites mi nuevo blog: http//:quitatelo.blogspot.com

Marte dijo...

Me hiciste dar ganas de hacer lo mismo con mi pareja. El detalle está en que tendría que controlar el temblor en las manos por el deseo, jejeje! Pero me gustó la idea de J. Un beso húmedo...

Catira dijo...

Que exquisito como de algo cotidiano surge un texto tan erótico y expresivo. La sensación del sexo rasurado es muy rica, la sensación de tener a alguien rasurándotelo es increíble.
Besos

valeria dijo...

Quien no lo haya probado alguna vez, debería hacerlo...
Es una sensación estupenda que invita al juego inmediatamente.
Un beso, Anäis

Anónimo dijo...

A mí, afeitarme a diario la barba me fastidia, pero tal y como lo narras tú aquí habrá que replantearlo de otra manera más sexy, de manera que pueda convertirse en algo más llevadero.
Saludos,
http://www.enunblog.com/Aguirre

Anónimo dijo...

La primera vez que me afeitaron fue en Polonia, fue mi perversa helenka.... yo tambien la afeité a ella. Ese día descubrí lo que es follar de verdad desnudos....

Vagamundos

Miranda dijo...

nena, solo puedo decir:
ummmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm
mil besos

Juanjo dijo...

El día 4 de Febrero es mi cumpleaños, no podía recibir mejor regalo Anaïs...

Rebeca Rodríguez dijo...

Me han encantado tus relatos. SOn una maravilla para la literatura erótica. Enhorabuena.

Hermes dijo...

La situación que describes es muy morbosa.

Hugo dijo...

rasuradita es hermosa para lamerla a fondo. Doy fe