28 de febrero de 2007

Tuya



la que soy hoy
la de mañana

la mujer salvaje
la delicada

lo que enseño y lo que escondo
lo que digo, lo que hago
lo que escribo y lo que siento

en cuerpo, voz y pensamiento
toda tuya, toda entera

así me doy a ti
así te quiero.

Foto: Pascal Renoux

23 de febrero de 2007

Una frase de esas que se suelen decir a menudo y que normalmente resulta ser un topicazo es la que reza que los peores enemigos de las mujeres son las propias mujeres. Pero a la vista de artículos como este, aparecido hace unas semanas en la revista XL Semanal, y cuya autora es Carmen Posadas, no sabría yo qué decir. Reproduzco algunos fragmentos:

Para nosotras, la Johansson no es más que una gordita sin más atractivo que unos labios (demasiado bembones para mi gusto) unas caderas (anticuadamente redondas) y un aire general de niña buena como el de la vecinita de enfrente. Para ellos, en cambio –y cito textualmente la respuesta más habitual–, es “puro sexo”.
Vaya por delante que no es que la Johansson me parezca la mujer más bella que se puede ver actualmente por las pantallas, pero desde luego yo no la etiqueto de "gordita". De verdad, señora Posadas, ¿a usted esta chica le parece gorda?


Entonces, en su opinión yo debo ser algo así como la Venus de Willendorf, ¿no? Más adelante, el artículo sigue:

Y es que, rindámonos de una vez a la evidencia, los hombres, todos, las prefieren redondas, por no decir gordas. Sin embargo, tan mediatizados estamos por la tele y las revistas, que pensamos que los cánones de belleza son lo que vemos en las pasarelas (...) Mientras tanto, nosotras, las mujeres normales, hemos creado otros modelos a los que deseamos parecernos, esencialmente de dos tipos, diría yo.

Esto me hace gracia. Usted es una mujer normal, ¿las "gorditas" no? ¿En serio que a todos los hombres les gustan llenitas? Va a ser por eso que las modelos de pasarela talla 36 no se comen un rosco las pobres, ¿no? En fin, para rematar la jugada, continúa:

...he buscado consuelo y explicación a este desencuentro estético en la Antropología. Y lo he encontrado. Según esta rama de la ciencia, el hecho de que los hombres se sientan atraídos por una mujer para mí tan poco atractiva, tiene una clara razón: por mucho que las modas intenten desviar los gustos, el mandato biológico es más fuerte. Y ese mandato hace que ellos se sientan atraídos por las hembras que (creen) pueden portar mejor su semilla. (...) A nosotras, por nuestra parte, nos atraen los machos más fuertes y –ojo al dato– los más infieles. ¿Por qué? Porque el mandato genético hace que los machos más atractivos sean los que procuran cubrir al mayor número de hembras posibles y extender así su estirpe. Total, que por muy sofisticados y superferolíticos que nos hayamos vuelto, por mucho avance de la humanidad en los terrenos de la ciencia o de la tecnología, resulta que lo que un sexo busca en el otro es lo mismo que buscaba hace millones de años: gorditas y machotes.
Pues mira qué pena, tantos siglos de evolución para que resulte que los que siguen cortando el bacalao hoy en día sean "gorditas y machotes". Ya veis, todas luchando contra los michelines para que luego resulte que las gordas sean las que se llevan el gato al agua. Qué queréis que os diga: creo que resulta una generalización demasiado de brocha gorda, valga el mal chiste. Y a vosotros, ¿qué os parece?

18 de febrero de 2007

Despertar


Nada me gusta más que despertarme con tu mano en mi cintura y tu voz en mi oído...


... y empezar el día besando, acariciando, llenándome de ti, amor...




Fotos: Pascal Renoux

16 de febrero de 2007

No te salves


Dejo aquí un nuevo poema que me envía otro de mis visitantes (gracias Pablo). Al final me vais a hacer todo el trabajo...




No te quedes inmóvil al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca.

No te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.

Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

Mario Benedetti


Ya te he dicho...


... que me encantan las corbatas, ¿verdad?


14 de febrero de 2007

Amor condusse noi ad una morte


Un lector habitual de este escondite me remite el poema que sigue. Espero que os guste tanto como a mí.

Amar es una angustia, una pregunta,
una suspensa y luminosa duda;
es un querer saber todo lo tuyo
y a la vez un temor de al fin saberlo.

Amar es reconstruir, cuando te alejas,
tus pasos, tus silencios, tus palabras,
y pretender seguir tu pensamiento
cuando a mi lado, al fin inmóvil, callas.

Amar es una cólera secreta,
una helada y diabólica soberbia.

Amar es no dormir cuando en mi lecho
sueñas entre mis brazos que te ciñen,
y odiar el sueño en que, bajo tu frente,
acaso en otros brazos te abandonas.

Amar es escuchar sobre tu pecho,
hasta colmar la oreja codiciosa,
el rumor de tu sangre y la marea
de tu respiración acompasada.

Amar es absorber tu joven savia
y juntar nuestras bocas en un cauce
hasta que de la brisa de tu aliento
se impregnen para siempre mis entrañas.

Amar es una envidia verde y muda,
una sutil y lúcida avaricia.

Amar es provocar el dulce instante
en que tu piel busca mi piel despierta;
saciar a un tiempo la avidez nocturna
y morir otra vez la misma muerte
provisional, desgarradora, oscura.

Amar es una sed, la de la llaga
que arde sin consumirse ni cerrarse,
y el hambre de una boca atormentada
que pide más y más y no se sacia.

Amar es una insólita lujuria
y una gula voraz, siempre desierta.

Pero amar es también cerrar los ojos,
dejar que el sueño invada nuestro cuerpo
como un río de olvido y de tinieblas,
y navegar sin rumbo, a la deriva:
porque amar es, al fin, una indolencia.

Xavier Villaurrutia

Foto: Jean Jacques André
Recordando el primer día.

Para los que lo celebren

Amor no es mirarse el uno al otro, sino mirar los dos en la misma dirección.
Antoine de Saint-Exupéry









Felicidades a todos los que estáis enamorados...













... y dobles felicidades si, además, sois correspondidos.

12 de febrero de 2007

Va de memes...


Desde el Diario de Humbert me llega un nuevo meme, que no puedo dejar pasar porque está relacionado con una de las cosas que más me gustan en la vida: los libros. Así pues, pongo manos a la obra y sigo sus instrucciones, que Humbert ha modificado ligeramente para la ocasión:

1.- Toma el libro que tengas más cercano.
2.- Ábrelo por la página 123.
3.- Deja pasar las 4 primeras frases.
4.- Anota las 5 siguientes.
5.- Publícalas en tu blog o en los comentarios de este.

Con lo cual nos queda algo así:

Percibía todas las cosas con una helada exactitud tras la que se vislumbraba algunas veces la naturalidad con que es posible deslizarse hacia la locura. Aprendió que para quien pasa mucho tiempo solo en una ciudad extranjera no hay nada que no pueda convertirse en el primer indicio de una alucinación; que el rostro del camarero que le servía el café o el del recepcionista a quien entregaba la llave de su habitación eran tan irreales como la presencia súbitamente encontrada y perdida de Lucrecia, como su propia cara en el espejo de un lavabo.
Nunca dejaba de buscarla y casi nunca pensaba en ella. Del mismo modo que a Lisboa la niebla y las aguas del Tajo la aislaban del mundo, convirtiéndola no en un lugar, sino en un paisaje del tiempo, él percibía por primera vez en su vida la absoluta insularidad de sus actos: se iba volviendo tan ajeno a su propio pasado y a su porvenir como a los objetos que lo rodeaban de noche en la habitación del hotel. Tal vez fue en Lisboa donde conoció esa temeraria y hermética felicidad que yo descubrí en él la primera vez que lo vi tocar en el Metropolitano.

¿El autor y la obra? Bueno, una variación del meme podría consistir en adivinarlos. Valga como pista que el autor es español y está casado con otra escritora. Esta vez no le paso el marrón a nadie; quien quiera recibirlo es bienvenido.

Foto: Dusia Sobol


Te estoy esperando...
no tardes.


Foto: Niko Guido

9 de febrero de 2007

Siluetas


La luz que dibuja los cuerpos
el abrazo perfecto
la cama deshecha

los sexos alerta
reconociéndose
manos escribiendo versos en la piel

siluetas marcadas para siempre
en las sábanas
y en la memoria.


Foto: Jean Jacques Andre

4 de febrero de 2007

Suavidad




Íbamos andando por la calle, un día especialmente nublado y frío. J me propuso subir a su casa y acepté sin pensarlo dos veces: ya hacía tiempo que no nos veíamos a solas y ambos podíamos percibir claramente el deseo transpirando la piel del otro.

En el ascensor, se pegó a mí hasta arrinconarme en una esquina, metió una mano bajo mi falda y tanteó los bordes del tanga, metió los dedos por la parte de delante, jugueteó con el vello del pubis. Retiró la mano sonriendo con picardía, como si se le hubiera ocurrido algo muy gracioso.

Ya en su casa, me hizo pasar al salón y sentarme en el sofá negro que tan bien recordaba de alguna otra vez. Se arrodilló ante mí y me quitó los zapatos. Empezó a masajearme los pies, cosa que agradecí porque los tenía muy fríos. Después, con manos suaves pero firmes, ascendió, muy despacio, por las pantorrillas.

Lejos de relajarme, me sentía cada vez más excitada. Sobre todo cuando el masaje, tras un rato que se me hizo eterno, llegó a las rodillas. Fue levantando la falda, lo justo para no estorbar sus movimientos, un poquito más arriba cada vez. Me hizo abrir un poco más las piernas, me quitó las medias. Me desabrochó la falda y la sacó tirando hacia abajo, haciéndome incorporar un poco. Después tomó delicadamente el tanga por sus bordes y lo bajó por las piernas. Se quedó enredado en mis tobillos.

Entonces J se levantó y me contempló, desnuda de cintura abajo, abierta para él, con el sexo y los muslos perlados de humedad. Aún estaba vestido, aunque yo suponía que no por mucho tiempo, porque era más que evidente su excitación. Pero suponía mal: dio media vuelta y salió del salón, para volver al momento cargado con varios objetos que dejó en el suelo ante mí. "Levántate". Así lo hice; puso una toalla doblada en el sofá y me indicó que me sentara de nuevo. Tomó una brocha de afeitar y la mojó en un barreñito con agua, para seguidamente pasarla entre mis piernas.

El contacto de la brocha con mi sexo me hizo arquear el cuerpo, como si toda la impaciencia que sus manos me habían hecho sentir se hubiera acumulado allí. Pero él siguió imperturbable humedeciendo la zona con agua, y yo decidí dejarme hacer y concentrarme en las sensaciones.

Después, vino el jabón. Notaba la brocha subiendo y bajando, haciendo círculos por el monte de Venus, los labios mayores y algo más abajo. Estuvo pasando la brocha mucho más rato de lo necesario, y cada vez que me rozaba el clítoris daba un respingo. El jabón me producía una sensación extraña, fresca y picante a la vez, una especie de suave escozor. Finalmente, debió suponer que ya había suficiente, dejó de enjabonar y poco después percibí el primer contacto de la cuchilla.

La pasó despacio por toda la zona, tirando de la piel con una mano mientras la otra rasuraba, registrando bien todos los pliegues, con cuidado para no cortarme. A la vez pasaba los dedos por las partes ya afeitadas e insistía en algunos sitios. Supuse que había acabado cuando volví a sentir la brocha, esta vez sólo con agua, para retirar los restos de jabón. Por fin me secó con otra toalla y me tendió un espejo de mano. "Por si quieres ver cómo ha quedado".

Puse el espejo ante mi sexo, ahora perfectamente suave y sin un solo vello, pero también evidentemente ansioso, hinchado y ardiente. Me retiró el espejo de las manos. "Y ahora un poco de crema, no sea que se irrite". Tomó un pellizco de crema de un bote y con dos dedos la extendió por el pubis y los labios exteriores, con movimientos suaves y deliberados.

Yo me sentía cada vez más blanda, todas las sensaciones de mi cuerpo concentradas en aquellos escasos centímetros, ahora completamente expuestos y sensibles. La humedad no tardó en manar en gotas blancas y translúcidas que él tomó con la yema de sus dedos y esparció como si hubiera sido la crema que antes me puso para suavizarme. Cerré los ojos y dejé caer la cabeza en el respaldo del sofá. En aquel momento podía hacerme lo que quisiera, lo que se le ocurriera, toda yo estaba concentrada en aquella piel rosada e hinchada, flor mojada de lluvia. Dejé de saber dónde estaba cuando sentí la punta de su lengua acompañando a sus dedos, acariciándome el clítoris con toda la lentitud del mundo, haciéndome olvidar de todo, allí, en su sofá, sobre una toalla...

Foto: Didier Carre

1 de febrero de 2007


¿Sabes lo que haré esta noche, verdad?

Foto: John Tisbury