30 de abril de 2007


Siempre en mi mente, aunque estés lejos.


Foto: Skalabrin

26 de abril de 2007

Sin


Un día sin ti nunca es un día.
Son nada más que veinticuatro horas
con un mismo nombre,
un tiempo de labor,
una jornada,
una parte mínima del año,
la séptima porción de una semana.

Dante Bertini, amorimas

Foto: John Peri

24 de abril de 2007

Pídeme...


-Me encanta saber que siempre estás dispuesta para mí.
-Lo estoy.
-Y que siempre hagas lo que te pido.
-Me gusta mucho que me pidas cosas...
-Ahora querría pedirte algo especial...
-Dime, soy toda oídos.
-Quiero que mañana cuando te vistas te pongas falda y no lleves nada debajo. Quiero que vayas a trabajar y pases así toda la mañana. Sin llevarte las bragas en el bolso.
-Lo haré.

A la mañana siguiente me despierto algo más pronto de lo normal, con la excitación ya hormigueando en mi cuerpo. Me ducho, me pinto, abro el armario para el ritual de la elección de la ropa. Me decido por una blusa blanca y una falda gris. Como ya hace calor, prescindo de las medias. Abro el cajón de la ropa interior, echo un vistazo. Quizá hoy me habría puesto unas bragas de encaje rosa que me gustan mucho. Vuelvo a cerrar el cajón.

En el ascensor, me encuentro con mi vecino de enfrente, un hombre mayor que yo con el que suelo coincidir por las mañanas. No me cae bien. Normalmente no nos decimos más que buenos días y hoy no es una excepción. Le miro de reojo, atenta a su expresión. La misma de siempre.

Al salir a la calle me saluda un soplo de brisa. Mentalmente agradezco que la falda sea de un tejido algo pesado; tengo la impresión de llevar escrito en la frente que no hay nada bajo ese tejido. Siento la desacostumbrada sensación del roce de la tela contra las caderas; los muslos se deslizan entre sí de una forma distinta.

El trayecto hacia la parada del autobús es breve, pero esta vez lo hago a paso más ligero de lo normal, casi sin darme cuenta. Subo al vehículo, me siento con las piernas cruzadas cubriéndolas todo lo que puedo con la falda. El viaje se hace eterno, pero nadie parece notar nada.

Llego al trabajo. Sigo con la rutina de todos los días, pero a cada momento que pasa mi excitación va en aumento. Temo manchar la falda, la silla, temo que el olor a sexo se haga pronto demasiado evidente. El contacto de la piel con la tela, la humedad creciente... De vez en cuando, si no hay nadie cerca, deslizo una mano por entre mis piernas, siento la calidez del hueco entre ellas, me enciende aún más saber que está así porque él me lo ha pedido.

A mediodía se conecta al messenger.

-¿Has hecho lo que te dije?
-Así es.
-Mete una mano debajo de la falda sin que te vean.
-Lo estoy haciendo...
-¿Estas húmeda?
-Mucho.
-Quiero que me lo demuestres. Así como estás, abre las piernas bajo la mesa. Hazte una foto con el móvil y envíamela.

Miro a mi alrededor. Los compañeros están en sus puestos, aunque tan cerca que sólo con levantarse me verían. La mesa me cubre lo suficiente como para que no se aprecie nada, pero si hago una foto así no tendría luz suficiente. Muevo la silla hasta quedar parcialmente fuera de la mesa, levanto un poco la falda, hago la fotografía. Se la envío. Un instante después suena el teléfono.

-Te has portado muy bien, me encanta la foto.
-Es un placer...
-¿Quieres más placer aún?

Mientras hablamos, me levanto y me dirijo al baño, me encierro. Ahora sí, mi mano libre se cuela entre mis piernas sin ningún impedimento, llega al sexo ansioso, lo acaricia siguiendo la cadencia que me marca la voz al otro lado de la línea, voz que se vuelve jadeante a mi compás, hasta que los dos no somos más que un puro gemido. Me apoyo en la pared, agotada. Aún puedo oírle decir:
-Espero pedirte más cosas...
-Espero poder complacerte...



Foto: Patrick Mangin

23 de abril de 2007


El mayor error que puedes cometer en la vida es temer constantemente que puedes cometer uno.

Elbert Hubbard (1856-1915)

Imagen: Angrymouse, via DeviantArt

23 de abril, una rosa y un libro

Foto: Martin Kovalik

Publicidad de la editorial Szex Plaza


Aunque a mí me gustan ambas cosas cualquier día del año.

22 de abril de 2007

Si pudiera


Si pudiera
llevaría conmigo cada beso que me has dado.

Los besos más suaves como roces de pestañas
con la emoción de los labios que se acercan
el aliento que se siente
besos leves que prometen caricias ligeras como pétalos de rosa.

También me llevaría los besos largos y pausados
que me dejan al borde mismo del delirio
aprendiendo la exacta forma de tu boca
con la lengua, los labios y los dientes.

Llevaría sobre todo
esos besos que son como comernos y bebernos
esos besos que me hacen olvidarme del aliento
y que llegan directos al centro de mi cuerpo.

Pero pensándolo bien
mejor no llevarme ninguno de tus besos
mejor compártelos conmigo cada día
y dame un beso nuevo en cada beso.

Imagen: Luis Royo

17 de abril de 2007

Sin que sepas de mí


Cuando tú no estás las mañanas se tiñen de canciones tristes.

No puedo obligarte a que me quieras.
Sabe Dios que no puedo dejar de quererte.
La espina del dolor rasga mi pecho.
Sé que no te alejará la niebla de los días.
No hay un solo motivo por el que quiera olvidarte.

Seré, sin molestarte, sin que sepas de mí,
gozne que hará girar la puerta de tu sueño.
Sé que no me olvidarás.
Sé que no te olvidaré en la niebla de los días.

Seré, sin que sepas de mí.
Seré lo que yo quiera ser.
El deseo en los besos que des.
Seré lo que tú quieras ser.
Seré. Sin que sepas de mí.

El guante que cubra tu mano,
la mano que arañe tu espalda,
alfanje a tu cuerpo ceñido,
seré en tus labios su fina curva.

A tu hoguera de pavesas llego y soy bien recibido.
Bebe y llénate la copa que te ofrezco siendo otro.
No te guardo rencor porque hayas abandonado.
Sé que no te alejarás. Sé que no te alejarás.
vives tras tu muralla.

Seré, sin que sepas de mí.
Seré lo que yo quiera ser.
El deseo en los besos que des.
Seré lo que tú quieras ser.
Seré. Sin que sepas de mí.

El guante que cubra tu mano,
la mano que arañe tu espalda,
alfanje a tu cuerpo ceñido,
seré en tus labios su fina curva.

Seré trino irisado de jade,
nazarí, palabra de poeta,
alfanje bruñido en siglos,
blanco de lirios. Aljibe y agua.

Manolo García (El último de la fila)

Foto: Taras Tumanovsky

15 de abril de 2007

Lo que me gustaría hoy...


Hoy haría contigo el amor en silencio.

Sin palabras hermosas, ni vulgares. Sin susurros al oído ni gritos al viento. Dejaría que sólo mi cuerpo diga todo lo que desee: que te marque el compás el temblor de mis piernas, el vello que se eriza, las manos que se apoyan en tus manos.

Porque sé que no necesitas preguntar lo que me gusta: te lo dice mi humedad, mis gemidos, mis movimientos. Porque tú sabes cuándo parar y cuándo seguir hasta donde parece imposible.

Y cuando hayamos llegado más allá de las palabras, mis labios dejarán los tuyos para decirte:

-Te quiero.


Foto: Jim Young

Retornos del amor en la noche triste



Ven, amor mío, ven, en esta noche
sola y triste de Italia. Son tus hombros
fuertes y bellos los que necesito.

Son tus preciosos brazos, la largura
maciza de tus muslos y ese arranque
de pierna, esa compacta
línea que te rodea y te suspende,
dichoso mar, abierta playa mía.

¿Cómo decirte, amor, en esta noche
solitaria de Génova, escuchando
el corazón azul del oleaje,
que eres tú la que vienes por la espuma?

Bésame, amor, en esta noche triste.
Te diré las palabras que mis labios,
de tanto amor, mi amor, no se atrevieron.

Amor mío, amor mío, es tu cabeza
de oro tendido junto a mí, su ardiente
bosque largo de otoño quien me escucha.

Óyeme, que te llamo. Vida mía,
sí, vida mía, vida mía sola.


Rafael Alberti

11 de abril de 2007

Mira


A veces, cuando me doy placer, me gusta que me mires.

Aunque yo cierre los ojos, concentrada en mis sensaciones, siento tu mirada recorriéndome el cuerpo, imagino que mis dedos son los tuyos, pienso en cuánto te excita saber que te entrego lo que siento.

Me gusta que me pidas, que me guíes, que me lleves.

Me gusta sentir tu voz en un susurro, conduciéndome al límite, hasta hacer que me vacíe y me sienta tan llena sin embargo...


Foto: Emil Schildt

4 de abril de 2007

Primavera


Esta mañana iba por una calle céntrica, andando en dirección al trabajo y como siempre con prisas. Coches, gente y ruido. Pero delante de mí, ajena a todo eso, iba volando una mariposa. Se ha posado en la acera y me he quedado mirando sus alas rojas y negras. La primavera estaba en las alas de esa mariposa, en el olor a azahar de los naranjos de la plaza, en las flores recién abiertas en los jardines.

No sé si será la primavera, pero ahora mismo te deseo como nunca.