31 de marzo de 2007
29 de marzo de 2007
El universo
Y empapados de agua y luna,
Tu piel eran chispazos
Tus muslos extendidos
Sentí que me sentías
Disuelto en tus entrañas
Luis Eduardo Aute
26 de marzo de 2007
Desconocidos

Desconocidos. Hasta aquella noche éramos dos desconocidos que sabían el uno del otro poco más que el nombre. Un ascensor, una puerta levemente abierta y yo tras ella.
Oí sus pasos acercarse con el corazón golpeándome el pecho, le vi cruzar el umbral sin atreverme aún a mirarle. Allí estaba, sólo una fantasía hasta unos pocos minutos antes. Esperé apoyada en la pared, con las piernas temblando.
Vino despacio hacia mí, sus manos me buscaron. Con timidez al principio, suavemente, enlazando mi cintura, recorriendo mis caderas. "¿Estás nerviosa? Yo sí..." Y era cierto, también le temblaban las piernas. Nos abrazamos, me gustó el olor de su cuerpo cálido. Le desabroché la camisa, acaricié su pecho. Deshizo el nudo de mi bata y la dejó caer por mis hombros. Nos miramos, sonreímos. "He preparado un baño..."
Le conduje de la mano hacia el baño, que había dispuesto ya, iluminado sólo por algunas velas. Allí acabamos de desnudarnos, todavía algo tímidos, y entramos en la bañera. Él se sentó dentro de ella y yo me apoyé contra su cuerpo, gozando de la sensación de dejarme resbalar contra él, contra su sexo dispuesto, mientras sus manos me recorrían ya sin miedo. Busqué por primera vez sus labios con los míos, sólo rozándolos al principio, aprendiéndolos a conciencia.
Salimos de la bañera, nos secamos ligeramente con una toalla el uno al otro y nos dirigimos a la cama. Me hizo tumbarme, tomó un frasco de aceite de masaje que había traído y se puso una buena cantidad en las manos. Cerré los ojos y esperé. Al poco noté la resbaladiza humedad, el frío que rápidamente se volvía calor, el olor vegetal del aceite. Sus dedos rodeando mis pezones, bajando por mi talle, amasando mi vientre y mis caderas. Llegando a su meta, al sexo inevitablemente húmedo, ardiendo, esperando sus dedos, cada vez más mojados y resbaladizos, del aceite, del sudor, de mi savia. Entrando y saliendo y empezando a enloquecerme. Y luego una sensación repentina como un latigazo: su lengua en mi clítoris, en mis labios, su aliento, hasta que ya no supe dónde estaba...
Pero quedaba mucha noche por delante... tendido a mi lado, le miré con más detalle, el cuerpo delgado, la cintura estrecha que me gustaba coger entre mis manos, el sexo erguido y ansioso que acaricié a mi vez con labios, lengua y senos. Penétrame, le pedí, porque a mí me lo pedía a gritos todo el cuerpo. Entró en mí con suavidad, encontramos nuestro ritmo, nos mecimos juntos sobre las sábanas como si nunca hubiéramos hecho otra cosa. Podríamos haber estado así eternamente, no importa la postura, da igual quién estaba encima, o detrás o a un lado.
Nos quedamos el uno junto al otro, dormidos a ratos. Casi al amanecer, empezó a colarse una luz gris por la ventana de la habitación. Miré su rostro relajado y besé sus labios. Respondió a mi beso como si me hubiera esperado, al principio suavemente, cada vez con más ansia, saboreándonos, explorándonos con lenguas y dientes, profunda y apasionadamente. Gradualmente se fue colocando encima, abrí mis piernas para recibirle y entró de nuevo en mí, muy despacio, sintiendo cada centímetro, cada poro, concentrados nuestros cuerpos, todas nuestras sensaciones, en su sexo y el mío, dejándonos llevar hasta el infinito mientras la mañana asomaba por la ventana...
25 de marzo de 2007
21 de marzo de 2007
Contigo

Ayer venía en el coche oyendo esta canción, una de mis favoritas de Sabina. Creo que todos deberíamos conocer alguna vez en la vida un amor como el que canta aquí.
Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escena del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado
con ganas de llorar.
Yo no quiero vecínas con pucheros;
yo no quiero sembrar ni compartir;
yo no quiero catorce de febrero
ni cumpleaños feliz.
Yo no quiero cargar con tus maletas;
yo no quiero que elijas mi champú;
yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta,
brindar a tu salud.
Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardin;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Yo no quiero juntar para mañana,
no me pidas llegar a fin de mes;
yo no quiero comerme una manzana
dos veces por semana
sin ganas de comer.
Yo no quiero calor de invernadero;
yo no quiero besar tu cicatriz;
yo no quiero París con aguacero
ni Venecia sin tí.
No me esperes a las doce en el juzgado;
no me digas "volvamos a empezar";
yo no quiero ni libre ni ocupado,
ni carne ni pecado,
ni orgullo ni piedad.
Yo no quiero saber por qué lo hiciste;
yo no quiero contigo ni sin ti;
lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Joaquín Sabina
20 de marzo de 2007
Ven

Ven aquí,
vamos a volvernos locos esta noche,
derrámate entero en mi cuerpo,
quiero sentirte en mis labios, en mis pechos, en mi sexo,
lámeme, muérdeme, coge de mí lo que quieras.
No me pidas permiso, no me pidas perdón.
Porque cuanto más te doy más entera me siento.
15 de marzo de 2007
7 de marzo de 2007
De por aquí

Ya hace unos cuantos añitos, una persona que por aquel entonces estaba muy cercana a mí me habló de la obra de un autor que yo no conocía: Vicent Andrés Estellés, nacido en Burjassot (Valencia), prolífico poeta y periodista, que escribía en catalán, en un lenguaje muy cotidiano y sobre temas también cotidianos, con una especial atención al sexo. Reproduzco aquí uno de sus poemas y su traducción, en la que tendréis que perdonarme los errores que pueda haber (se admiten correcciones).
No hi havia a València dos amants com nosaltres.
Feroçment ens amàvem del matí a la nit.
Tot ho recorde mentre vas estenent la roba.
Han passat anys, molt anys; han passat moltes coses.
De sobte encara em pren aquell vent o l'amor
i rodolem per terra entre abraços i besos.
No comprenem l'amor com un costum amable,
com un costum pacífic de compliment i teles
(i que ens perdone el cast senyor López-Picó).
Es desperta, de sobte, com un vell huracà,
i ens tomba en terra els dos, ens ajunta, ens empeny.
Jo desitjava, a voltes, un amor educat
i en marxa el tocadiscos, negligentment besant-te,
ara un muscle i després el peço d'una orella.
El nostre amor es un amor brusc i salvatge
i tenim l'enyorança amarga de la terra,
d'anar a rebolcons entre besos i arraps.
Què voleu que hi faça! Elemental, ja ho sé.
Ignorem el Petrarca i ignorem moltes coses.
Les Estances de Riba i les Rimas de Bécquer.
Després, tombats en terra de qualsevol manera,
comprenem que som bàrbars, i que això no deu ser,
que no estem en l'edat, i tot això i allò.
No hi havia a València dos amants com nosaltres,
car d'amants com nosaltres en son parits ben pocs.
No había en Valencia dos amantes como nosotros.
Ferozmente nos amábamos de la mañana a la noche.
Todo lo recuerdo mientras tiendes la ropa.
Han pasado años, muchos años; han pasado muchas cosas.
De súbito aún me toma aquel viento o el amor
y rodamos por el suelo entre abrazos y besos.
No comprendemos el amor como una costumbre amable,
como una costumbre pacífica de cumplidos y telas
(y que nos perdone el casto señor López-Picó).
Se despierta,súbitamente, como un viejo huracán,
y nos tira por el suelo a los dos, nos junta, nos empuja.
Yo deseaba, a veces, un amor educado
y en marcha el tocadiscos, negligentemente besándote,
ahora un hombro y después el lóbulo de una oreja.
Nuestro amor es un amor brusco y salvaje
y tenemos añoranza amarga de la tierra,
de ir a revolcones entre besos y arañazos.
¡Qué queréis que haga! Elemental, ya lo sé.
Desconocemos a Petrarca e ignoramos muchas cosas.
Las Estancias de Riba y las Rimas de Bécquer.
Después, tumbados en el suelo de cualquier manera,
comprendemos que somos bárbaros, y que eso no debe ser,
que no estamos en la edad, y todo eso y aquello.
No había en Valencia dos amantes como nosotros,
pues amantes como nosotros pocos son paridos.
¿Te gustaría a ti que fuéramos como los amantes del poema?






